Iluminando la web: la práctica del budismo y el ciberespacio

Catón Carini

En las últimas décadas, nuestra vida cotidiana se ha transformado de forma significativa debido al desarrollo de nuevas tecnologías de la información y la comunicación que impactan cada vez más en ámbitos tan variados como la economía, la educación, la política, la religión y las relaciones interpersonales. Hoy en día, es posible comprar o vender casi cualquier cosa, pagar servicios, consultar las finanzas personales, hacer una carrera universitaria o encontrar pareja a través del ciberespacio.

En este contexto, la práctica de la espiritualidad se ha visto afectada en un grado tal que recién empezamos a comprender. La posibilidad que brinda el ciberespacio de sortear fronteras temporales, espaciales y culturales contribuye en gran medida al acercamiento a diversas tradiciones religiosas. El budismo se ha visto especialmente atravesado por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y ha sido pionero en consagrar internet como un espacio sacramental. A través de las pantallas de las computadoras personales y los teléfonos móviles es posible leer textos anteriormente inaccesibles, escuchar a maestros zen, lamas tibetanos y monjes theravada de cualquier parte del mundo y participar de comunidades transnacionales. Así, los practicantes budistas tienen la oportunidad de vivir su religión no solo asistiendo a templos de piedra y madera, participando de rituales presenciales, o siguiendo a referentes de carne y hueso, sino también comprometiéndose con sanghas virtuales y aprendiendo de maestros de todo el mundo. 

Probablemente, la actitud entusiasta del budismo hacia los avances tecnológicos se pueda explicar por el hecho de que esta tradición espiritual siempre ha estado a la vanguardia al momento de incorporar nuevas formas de transmisión de su enseñanza, de manera que su difusión estuvo desde el inicio asociada al desarrollo de innovaciones tecnológicas.  Por ejemplo, el budismo fue pionero en la utilización de la escritura cuando, bajo el reinado del rey Vatta Gamani de Sri Lanka cerca del año 50 a.C, se fijó por escrito en tablas de piedra el Canon Pali.

Fuente: singularityhub.org.png

Además, muchas de las prácticas budistas se apoyan en el uso de la imaginación, la visualización y el sonido, por lo que resuenan fuertemente con la naturaleza audiovisual del mundo online. De modo que internet es especialmente apropiado para transmitir, por ejemplo, las experiencias sensoriales del budismo vajrayana. Existe entonces una afinidad entre el espacio virtual online y la dimensión de la espiritualidad que se construye a través de las prácticas tradicionales de visualización y recitación de mantras. Asimismo, el mundo virtual de internet, con sus avatares y sus identidades fluidas, se acopla bien a la concepción budista del individuo y el mundo que los entiende como entidades impermanentes e ilusorias. En esta línea, se podría hacer un paralelismo entre las identidades fluidas de las redes y la concepción budista del cuerpo humano como un vehículo que empleamos para transitar el -aparentemente real- mundo del samsara.

El maestro tibetano Namkhai Norbu transmitiendo un retiro vía webcast. Fuente: Comunidad Dzogchen Internacional

Actualmente, existe una multitud de aplicaciones para los smartphones relacionadas con el budismo, tales como Awaken* y Headspace** que ofrecen meditaciones guiadas y enseñanzas de diferentes maestros budistas. También existen dispositivos con tecnología digital tales como un robot “sacerdote” budista*** que recita sutras durante los servicios fúnebres en Japón, o un mokugyo*** -instrumento de percusión tradicional- que reproduce en una pantalla las sílabas del Sutra del Corazón a medida que se va percutiendo, e incluso un mala**** -rosario tibetano- con un chip que permite contar las recitaciones de mantras. Pero quizás la transformación más significativa en este sentido sea la posibilidad de comunicar a distancia y en vivo a los líderes religiosos con sus discípulos, a menudo dispersos por todo el mundo.

Como antropólogo ocupado en explorar la historia de los grupos budistas formados en la Argentina durante las últimas décadas, tuve oportunidad, durante mi trabajo de campo, de conocer algunas experiencias de uso de las nuevas tecnologías en estas comunidades. Una de ellas es la del maestro zen Daniel Terragno, quien dirige desde el año 1999 la sede local de la reconocida organización fundada por Robert Aitken, la Diamond Sangha. Además de su visita al país dos veces al año para dirigir los retiros de verano e invierno, desde su residencia en Sebastopol, Estados Unidos, se comunica frecuentemente con sus estudiantes vía Skype, ya sea durante los encuentros grupales o en entrevistas privadas (dokusan). Otro caso que ilustra el fenómeno referido es el del maestro tibetano Namkhai Norbu, fundador de la Comunidad Dzogchen Internacional quien, hasta su reciente muerte, transmitía sus retiros de enseñanza en vivo y en directo vía webcast. A través de este medio, mantenía el contacto con sus discípulos dispersos por todo el mundo. Estos ejemplos no son excepciones, todo lo contrario. Líderes de la talla del Dalai Lama o el Karmapa también realizan un uso intenso del ciberespacio, brindando enseñanzas, iniciaciones y empoderamientos de distintos seres búdicos tales como Chenrezig y Tara Verde por medio de transmisiones en vivo en Youtube.

El maestro zen Daniel Terragno compartiendo el dharma y saludos de fin de año. Fotografía de Sonia Miriam Ortiz, responsable argentina de la sangha Viento del Sur

Podemos observar, entonces, una creciente tendencia al desplazamiento de la vivencia del budismo al ciberespacio, de modo tal que sus prácticas pierden anclaje en los contextos temporales y espaciales tradicionales y se establecen nuevos ambientes de culto en entornos virtuales. De esta forma, el budismo es conocido, aprendido y experimentado a través de flujos comunicacionales que circulan por redes digitales.

Por otra parte, es preciso mencionar que, si bien internet proporciona un espacio sacramental donde es posible realizar actividades como las aquí descriptas, no tiene de por sí una naturaleza espiritual, ya que la misma es producida mediante la delimitación de lugares especialmente consagrados para tal fin y de códigos éticos que rijan la conducta en dichos espacios. De hecho, gran parte del contenido de internet se encuentra en las antípodas de un uso espiritual, ya que esta tecnología puede fomentar prácticas compulsivas como la adicción a los videojuegos, las redes sociales y el celular, el multitasking, el consumismo y el narcisismo. Asimismo, internet a menudo es escenario de conductas abusivas y violentas e incluso tiene un lado oscuro, la darkweb o darknet, una especie de inframundo virtual donde se promueve el tráfico de drogas, armas y órganos humanos, la pornografía infantil y el asesinato a sueldo.

Estos fenómenos constituyen manifestaciones extremas del patrón de reacción habitual de la mente que se mueve entre los polos del deseo y la aversión, la avidez y la ira, el apego y el rechazo. Pensemos, por ejemplo, cómo el “me gusta” o el “me enoja” de las redes sociales fomenta este tipo de reacciones.  De modo que el avance generado por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación va de la mano con la necesidad de disponer de un marco ético que propicien su uso adecuado.

Flyer de una transmisión en vivo por Youtube del Dalai Lama. Fuente: Goa Institute of Management- GIM TV

En los próximos años, probablemente las distintas vertientes budistas incrementarán el empleo de tecnologías innovadoras, abriendo el juego a transformaciones más profundas en el ámbito del ritual, la meditación y la transmisión de la enseñanza. Pienso aquí en las posibilidades que implica, por ejemplo, el uso de dispositivos tales como el Google Glass, el cual posibilita acceder a una realidad aumentada, o los cascos de Realidad Virtual, que habilitan la inmersión interactiva en mundos alternativos. Por ejemplo, no resulta descabellado, imaginando nuevas experiencias espirituales multimediadas, contar con lentes de realidad aumentada que nos permitan contemplar las deidades tántricas del vajrayana en un holograma, reproduciendo de forma digital lo que desde hace cientos de años se visualiza internamente con el ojo de la mente. ¿Reemplazarán estas tecnologías el ejercicio de la imaginación con fines meditativos, o solo se trataría de una herramienta complementaria que contribuya, como las pinturas budistas tibetanas (tankas), a aprender la correcta forma de representarse estas divinidades?

Resulta difícil aventurar respuestas definitivas frente a un fenómeno relativamente reciente. Pero si es posible subrayar aquello que el budismo puede ofrecer a la hora de realizar un uso positivo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Pienso aquí en la importancia de poseer una guía de conducta moral (sila), cultivar una actitud consciente, alerta y atenta (samadhi) y desarrollar la sabiduría (pañña) que discrimine cuando uno ha caído en patrones de avidez y aversión que producen sufrimiento (dukka) en el ámbito del ciberespacio. En este sentido, creo que el budismo es una tradición religiosa que puede proporcionar herramientas sumamente valiosas, contribuyendo, de esta forma, a “iluminar” la red.

* New Mindfulness App Takes Aim at Socially Conscious Meditators (Buddhistdoor Global)
** Can Your Smartphone Help You Meditate? (Buddhistdoor Global)
*** Latest Buddhist Gadget from Japan: a Fish-shaped Karaoke System for the Heart Sutra (Buddhistdoor Global)
**** Acer to Enter Buddhist Tech Market with “Smart” Prayer Beads (Buddhistdoor Global)

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Catón Eduardo Carini es licenciado en antropología por la Universidad Nacional de la Plata (UNLP), magister en antropología social por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y doctor en antropología por la UNLP. Trabaja como investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina y como profesor de Antropología Cultural y Social en la UNLP. Se interesó en el budismo en 1999 cuando comenzó a practicar meditación zen con el maestro francés Stéphane Thibaut de la Asociación Zen de América Latina. Posteriormente, se abocó a la práctica de la meditación vipassana en centros vinculados al maestro birmano S. N. Goenka, así como a la práctica de la tradición dzogchen del vajrayana, bajo la guía del maestro tibetano Chogyal Namkhai Norbu.

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