Pedro Kaiten Piquero: «Lo urgente es ampliar aquello de lo que nos sentimos responsables»
BUDDHISTDOOR EN ESPAÑOL
En su nuevo libro, Todos los seres sintientes. Un manifiesto budista en defensa de los animales, publicado por Athenaica con prólogo de Gustav Ericsson, el maestro zen, pianista y traductor Pedro Kaiten Piquero propone mirar de frente el sufrimiento de los animales no humanos. En esta entrevista, reflexiona sobre práctica, compasión, interdependencia y responsabilidad cotidiana: qué ocurre cuando la compasión deja de ser una idea noble y se convierte en una forma concreta de mirar el mundo.
Pedro Kaiten Piquero es pianista, traductor y monje budista zen. Discípulo de Gudō Wafu Nishijima, ha traducido al español algunos textos de referencia del canon budista, entre ellos el Shōbōgenzō de Eihei Dōgen, en cuatro volúmenes; el Mūlamadhyamakakārikā de Nāgārjuna; y el Gakudō Yōjinshū de Eihei Dōgen, publicado por Athenaica en 2023. En 2017 recibió en Japón la transmisión del Dharma del venerable Peter Rōdō Rocca. Actualmente preside la comunidad Dōgen Sangha en España y compagina sus trabajos discográficos con la enseñanza en el Zendo Gudō y su labor en defensa de los animales desde la organización internacional Dharma Voices for Animals.
Su trayectoria reúne ámbitos que no siempre suelen encontrarse en una misma vida pública: la disciplina artística del pianista, el rigor del traductor, la práctica sostenida del zen y una preocupación ética cada vez más explícita por el sufrimiento de los animales no humanos. Esa confluencia atraviesa Todos los seres sintientes, obra en la que la compasión no aparece como un ideal abstracto ni como una emoción pasajera, sino como una práctica cotidiana.
El libro parte de la convivencia del autor con su perra Murphy, cuya presencia funciona como hilo conductor para desplegar conceptos centrales del budismo zen —la interdependencia, la impermanencia y la vacuidad— y relacionarlos con situaciones concretas: los mataderos, los laboratorios, las granjas industriales o las contradicciones de una cultura que condena ciertas formas de violencia mientras normaliza otras.
Sin adoptar el tono de la denuncia airada ni el del sermón moral, Todos los seres sintientes invita a revisar hábitos cotidianos desde un lugar que no es la culpa, sino la atención. El veganismo aparece aquí no como una meta de perfección, sino como un punto de partida para ampliar el círculo de lo que consideramos digno de respeto. En esta entrevista, Piquero reflexiona sobre la relación entre práctica espiritual, estudio, arte y responsabilidad ética; sobre la influencia de Nishijima Roshi; y sobre la posibilidad de que la compasión hacia todos los seres sintientes se convierta en una forma concreta de mirar, comprender y actuar.
BUDDHISTDOOR EN ESPAÑOL: Su trayectoria reúne música, traducción, práctica zen y activismo animal. ¿Cómo se han ido entrelazando estas dimensiones a lo largo de su vida?
PEDRO KAITEN PIQUERO: No lo sé. En mi juventud aprendí el oficio de la música mientras desarrollaba cierta formación intelectual motivada por la curiosidad. Durante mucho tiempo esas y otras actividades parecían separadas, pero luego se fueron entrelazando sin más. Ha sido un proceso de convergencia: distintas formas de atención a la realidad que, en algún momento, empezaron a resonar entre sí. El budismo y el compromiso con los animales no humanos llegaron después, no como ruptura, sino como continuación de ese mismo camino.
BDE: Fue el último discípulo de Gudō Wafu Nishijima y recibió la transmisión del Dharma en el linaje Sōtō. ¿Qué enseñanzas de Nishijima Roshi siguen marcando su comprensión del zen?
PKP: Roshi ha sido quizá la influencia más decisiva en mi vida, aunque cada alumno lo habrá vivido de un modo distinto. En mi caso, destacaría cuatro aspectos esenciales de su manera de transmitir el Dharma.
El primero consiste en comprender que el despertar no es algo especial ni separado de la vida convencional, sino una dimensión ordinaria de la existencia. No depende de estados alterados de conciencia, sino del estado equilibrado en zazen, donde el universo se manifiesta simplemente tal y como es.
El segundo es no reducir el Dharma ni a meras construcciones intelectuales ni a experiencias perceptivas o emocionales. Nishijima Roshi solía señalar, además, que estas visiones —que él llamaba idealista y materialista, respectivamente— pueden funcionar como acercamientos útiles a la realidad, pero son parciales y, por tanto, incapaces de agotarla por completo.
El tercero es que, en el budismo, resulta primordial mantener una relación sincera y directa con la existencia, incluso cuando esta resulta incómoda o no encaja con nuestras expectativas.
Por último, y quizá lo más importante, destacaría su insistencia en la práctica diaria de zazen como fundamento vivo del Dharma.
BDE: Ha trabajado con textos como el Shōbōgenzō, el Gakudō Yōjinshū y el Mūlamadhyamakakārikā. ¿Qué le han enseñado sobre la práctica, más allá de la doctrina o la filosofía?
PKP: El Shōbōgenzō es el texto al que más regreso, tanto en mi estudio personal como en el trabajo con mis alumnos en el zendo. Es un libro de referencia constante que permite a cualquiera adentrarse en lo cotidiano con una profundidad inusual.
El Gakudō Yōjinshū me parece una soberbia introducción al budismo: directa, sin excesiva mediación conceptual, muy cercana a la experiencia.
En cuanto al Mūlamadhyamakakārikā, lo que me interesa no es tanto su dimensión filosófica en sentido académico, sino su capacidad para desactivar la tendencia a fijar la realidad en conceptos rígidos. Esta dimensión aparece con especial claridad en los comentarios de Nishijima Roshi, en la versión que tuve el honor de traducir. Su lectura transforma la manera de mirar aquello que solemos dar por sentado.
BDE: ¿Qué relación encuentra entre la música, el silencio, la disciplina del cuerpo y la práctica de zazen?
PKP: El silencio no se opone al sonido; en el silencio hay sonido; en el sonido, silencio.
De forma análoga, la práctica de zazen no consiste en alcanzar una inmovilidad ideal, sino en sostener una atención que no se interrumpe ante el leve dinamismo natural de la postura. La experiencia muestra que cuerpo y mente no funcionan como ámbitos separados: los momentos de agitación física o mental no constituyen un obstáculo externo a la práctica, sino una parte integrante de ella, al igual que los momentos de estabilidad.
Algo similar ocurre en la música. No hay una forma correcta de «controlar» el cuerpo de manera absoluta, ni tampoco de abandonarlo por completo. La interpretación se configura en ese espacio intermedio entre la orientación consciente y la entrega al propio proceso corporal.
BDE: Su nuevo libro, Todos los seres sintientes, defiende a los animales desde una perspectiva budista. ¿Qué le llevó a escribirlo ahora?
PKP: El libro nació, por un lado, de una propuesta editorial y, por otro, del momento que estoy atravesando actualmente, en el que la práctica budista, junto con la liberación y el bienestar animal, ocupan un lugar central en mi vida.
Quise escribir un texto breve que pusiera en relación enseñanzas budistas y kōanes con situaciones muy concretas de la vida cotidiana, como la convivencia con mi perrita Murphy, para abordar desde ahí la cuestión del sufrimiento de los animales no humanos.
No se trata de un tratado de ética ni de un texto académico, sino más bien de una invitación a desplazar la mirada hacia aquello que permanece con frecuencia fuera de nuestra atención, sin exigir al lector una toma de posición previa.
BDE: La compasión hacia los animales suele abordarse desde lo sentimental, lo político o lo jurídico. ¿Qué aporta específicamente el budismo a esta cuestión ética?
PKP: Muchas aproximaciones contemporáneas a la compasión hacia los demás animales dependen en exceso del estado emocional o de marcos normativos ya establecidos.
Desde mi punto de vista, sin negarla, la compasión no se fundamenta en la empatía inmediata —ya que su ausencia no puede justificar la falta de respeto—, sino en la realización de la interdependencia que vincula a todos los seres.
Esto no resta importancia a la dimensión emocional, política o jurídica, que sigue siendo necesaria; más bien la sitúa en otro plano. Si nuestra relación con los demás animales depende únicamente de lo que sentimos o de lo que regulan las instituciones, siempre quedarán aspectos decisivos fuera de campo.
El enfoque budista, en cambio, intenta llevar la cuestión a una raíz más profunda: la manera en que construimos la idea de «otro» y la posibilidad misma de concebir a un ser como objeto de uso, antes incluso de que esa visión se traduzca en actos de daño o explotación.
BDE: ¿Qué transformación personal y colectiva considera más urgente en nuestra relación con los animales y con todos los seres sintientes?
PKP: Creo que lo urgente es ampliar aquello de lo que nos sentimos responsables.
En este sentido, resulta fundamental volver a los Preceptos Puros del budismo zen —evitar el mal, hacer el bien y ayudar a todos los seres sintientes— no como un código moral abstracto, sino como una práctica de atención que nos permite ver con mayor claridad las consecuencias de nuestros actos. No se trata de adoptar una actitud culpabilizadora, sino de cultivar una responsabilidad lúcida y sostenida.
Esto implica afinar la mirada en las decisiones más pequeñas e insignificantes, desde lo que comemos hasta la ropa que vestimos o las formas de entretenimiento que elegimos. Si el libro logra que el lector se acerque, aunque sea de forma mínima, a la realidad del sufrimiento de los animales no humanos, esa aproximación, por tenue que sea, ya tendrá valor en sí misma.
