Bhikkhu Anālayo en la cantera de las tradiciones
ÓSCAR CARRERA
Bhikkhu Anālayo, nacido en Alemania en 1962 y ordenado en Sri Lanka en 1995, es el investigador más prolífico hoy en el campo de los estudios comparativos sobre el budismo temprano. Su habilidad para barajar la literatura en lengua pali con otras fuentes budistas en sánscrito, gāndhārī, chino y tibetano lo convierte en uno de los pocos estudiosos capaces de una visión panorámica y multilingüe de determinados textos o conceptos. Sus publicaciones tratan de establecer genealogías de fuentes e ideas, al tiempo que facilitan las primeras traducciones a lenguas europeas de algunos de estos paralelos textuales, especialmente del corpus budista chino, que contiene voluminosas traducciones de escrituras índicas tempranas (āgamas) cuyos originales se perdieron.
Además de este trabajo con los materiales del primer budismo, Anālayo ha perseverado en varias otras líneas de investigación. Son importantes sus estudios sobre prácticas contemplativas, donde examina concepciones y teorías de la meditación, su evolución en el periodo «clásico» del budismo indio y sus adaptaciones por parte de autores y linajes actuales. Anālayo pasa en retiro solitario más de la mitad de su tiempo y atribuye a este régimen meditativo su extraordinaria prolificidad: su lista de publicaciones suma 527 títulos entre 2003 y 2025, la mayoría de los cuales vienen con enlaces de libre descarga.
Para muchos de nosotros, el Ven. Anālayo representa una pluma que, sin rehuir el tecnicismo o la controversia, va más allá del enfoque filológico o sociohistórico de otros estudiosos, adentrándose en el meollo de la meditación y sus categorías desde la perspectiva de un erudito que es, a la vez, practicante intensivo. Tras unas experiencias formativas con el zen, el método de Buddhadāsa Bhikkhu y otra escuela de vipassanā, Anālayo practicará durante muchos años la técnica vipassanā del maestro indo-birmano S. N. Goenka, al que dedicó un par de artículos histórico-doctrinales, donde mostraba conocimiento de los retiros avanzados de esta tradición. Con el tiempo, refinará esta línea sometiendo a las culturas meditativas modernas a análisis históricos y doxográficos desde una posición con más garantías de imparcialidad [1]. Sus dos asideros serán, por un lado, los textos budistas tempranos y, por otro, un énfasis en la contextualización histórica.
En el estudio de la meditación budista, toda contextualización depende de nuestro siempre creciente —pero siempre insuficiente— conocimiento de los contextos fundacionales del budismo indio y de la —cada vez menos insuficiente— historiografía de las tradiciones meditativas contemporáneas. Anālayo examina los escritos de practicantes e investigadores que se inspiran en los textos budistas tempranos para ilustrar tendencias recurrentes en la enseñanza meditativa de nuestros días, por ejemplo, el ensamblaje de ideas descontextualizadas o la redefinición de conceptos clásicos para encajarlos con el fruto de las propias experiencias. Su crítica se centra en las interpretaciones (o malinterpretaciones) de las fuentes budistas tempranas, y vale tanto para enseñantes contemporáneos como para periodos anteriores de la historia del budismo.
Así pues, numerosas páginas del corpus anālayiano aspiran a trazar desarrollos doctrinales en clave de exégesis textual, desde un método histórico-crítico con altos estándares académicos. Sin embargo, la antropología y la historia nos sugieren que el examen conceptual, comentarístico y «filológico» de textos es una forma entre muchas de inspirar cambios doctrinales, que se complementa y a menudo combina con funciones más mitopoiéticas, imaginativas y visionarias. Además, el resultado queda siempre distorsionado por cortapisas sociales, arquetípicas, psicológicas y contextuales que ya nos cuesta detectar en nosotros mismos, qué decir de las formas en que procesaran los textos las mentes de los habitantes de la neblinosa India prehistórica.
Pese a estos límites marcados por el propio modus operandi, la faceta crítica de Anālayo supone una permanente fuente de reflexión, pues constantemente redibuja la línea entre lo que podemos adivinar de la doctrina budista primitiva y sus recreaciones contemporáneas, ancladas por lo general en el vocabulario y los textos en lengua pali. Sin embargo, la tradición que tiene al llamado Canon Pali como autoridad raíz (Theravāda) es sólo una entre muchas. ¿Cómo entender la pluralidad de escuelas, la apabullante diversidad de filosofías y linajes que presenta lo que (hoy) llamamos bud-ismo? ¿Se puede reducir este abanico a un asunto de divergencias interpretativas en torno a una sola tradición troncal, el «budismo temprano»?
En los últimos años, el Ven. Anālayo ha instigado el diálogo entre tradiciones en varias de sus publicaciones, en especial con su libro Superiority Conceit in Buddhist Traditions (2020), que aborda cuatro «complejos de superioridad» en el seno del budismo. Entre las tradiciones criticadas figura la de su propia ordenación, el budismo theravāda, del que señala su pretensión de tener acceso directo a una doctrina troncal originaria, como si no hubiera construido una escolástica distintiva en torno a ella. En el budismo más secular en Occidente detecta, entre otras cosas, actitudes de soberbia y denigración de los budismos patrimoniales de Asia, un complejo de «salvador blanco» con continuidades con el pensamiento colonial. Cada uno de estos «complejos de superioridad» es descrito en términos de una distanciación de las ideas del budismo temprano, en páginas que rebajan el academicismo con el fin de llegar a un número más amplio de lectores.
Algunos reseñistas del libro han echado en falta otros «complejos de superioridad» que consideran centrales en el budismo. Uno podría ser la exaltación de las facultades del monje frente al laico; otro, el conferir una supremacía o primacía al «budismo temprano» (en sus reconstrucciones moderno-críticas) frente a las tradiciones vivas. En una entrevista en vídeo, sin embargo, Anālayo se distancia de esta última postura. Habla de crear una «síntesis personal» que evite los extremos de: 1) un batiburrillo de tradiciones y 2) enjuiciar las discrepancias entre tradiciones en términos de correcto o incorrecto. El ideal sería permitir que se sitúen «todos estos diferentes buda-constructos […] uno al lado de otro», comprendiendo su desarrollo en el tiempo y cómo para unas circunstancias históricas concretas todos son (o fueron) plenamente significativos. «Sostengo [mi buda histórico] de un modo en el que no creo un conflicto con estos otros budas».
Ese «buda histórico» se encarna en formas inevitablemente modernas, tanto en el budismo occidental como en el «oriental» [2]. Aquel que se guíe por el buda «histórico» y los textos «tempranos» no pertenece a un «budismo temprano», pues este es, por definición, irrecuperable. Declararse «budista temprano» sería equivalente a declararse «filósofo griego antiguo». La elección (de una reconstrucción particular) del budismo temprano como guía para entender los cambios históricos en el pensamiento budista respondería a una afinidad personal, más que a una superioridad intrínseca de esta reconstrucción, que invariablemente se «contamina» (crea síntesis modernas) cada vez que es injertada en el siglo XXI. Queda por explicar, sin embargo, cómo podría un «buda histórico» convivir «en paz» con otras tradiciones sin que estas se vean forzadas a renunciar a su historia propia (emic) y su legitimación dinástica: sin obligarlas a admitir, en otras palabras, su supuesto distanciamiento de las raíces históricas del budismo. También habría que justificar la predilección por las epistemes académicas modernas y sus frutos (sobre todo, por el constructo cambiante que llamamos historia), frente a modos de interpretación más tradicionales en el budismo.
La «síntesis personal» de la que habla Anālayo queda reflejada en su propia enseñanza meditativa, que combina cuatro técnicas de origen dispar: las cuatro bases de la atención (satipaṭṭhāna), los dieciséis pasos de la atención a la respiración (ānāpānasati), las cuatro moradas divinas (brahmavihāra), todas ellas inspiradas en los textos budistas tempranos, y una meditación en la vacuidad basada en las instrucciones del texto pali Cūḷa-suññata-sutta, pero profundamente influenciada por enseñanzas del Chan (Zen), Mahāmudra y Dzogchen. Cómo incorpora el autor estas últimas prácticas, que en sus contextos nativos se remiten a un entramado de ideas mahāyāna/vajrayāna sobre la vacuidad y la consciencia, se vislumbra en su libro más reciente, Morar en el vacío (traducido al español en 2025).
En esta obra, Anālayo se sitúa en varias encrucijadas. Como en el volumen Mindfully Facing Climate Change (2019), elabora adaptaciones creativas del material budista temprano, con base en dos textos canónicos (bastante enigmáticos ambos). Dichas (re)interpretaciones no renuncian a los esquemas del budismo más antiguo, pero evidencian un regusto ocasional de Dzogchen y de otras corrientes como la ecología o la meditación mindfulness contemporánea, con atención a los escenarios de la vida cotidiana. Su objetivo es crear un «gran espacio común» para las enseñanzas sobre la vacuidad a uno y a otro lado. En obras como esta se despliega una dimensión nueva que en cierto modo completa un proyecto bioacadémico, revelándonos con transparencia al maestro sapiencial detrás del erudito.
Aunque de lenguaje técnico y pensado para practicantes avanzados, Morar en el vacío no pretende ser un estudio sobre el encaje de la vacuidad en las categorías budistas tempranas (a lo que Anālayo dedicara ya un volumen), sino un manual de meditación con soporte académico, que sin embargo aventura interpretaciones originales para la armonía del conjunto [3]. Por momentos, las instrucciones de meditación se transforman en una secuencia progresiva de vacíos y ausencias escalonados, buscando selectivamente la vacuidad sin caer en ella como noción general, lo que a la vez cumpliría con las exigencias de las fuentes budistas tempranas (donde el vacío tiende a ser «vacío de») y se acompasa con las lecturas menos esencialistas del Madhyamaka. Se vislumbra, así, un campo en el que los kits ideológico-doctrinales se acallan por unos momentos y afluentes lejanos convergen y se armonizan en la experiencia vivida, en una esfera psicoemocional y contemplativa sin la cual no se entienden los desarrollos contemporáneos e históricos del budismo y, diría uno, de cualquier tradición escolástica o erudita. El futuro del budismo, y quizás de muchas otras esferas de la cultura humana, pasa por conocer y reconocer esos silencios, esos vacíos, esas intersecciones.
Notas:
[1] Si bien en 2011 reformulaba aspectos de la enseñanza de Goenka (como su teoría de los saṅkhāras) para hacerla concordar mejor con los textos budistas tempranos y en 2006 identificaba cierto pasaje preservado en chino como parte de «las raíces antiguas» de su método meditativo, en 2018 Anālayo habla de este oscuro pasaje como «un precedente» y reorienta su mirada hacia las últimas generaciones del linaje.
[2] Budismo occidental del que Anālayo se afirma parte sin por ello tenerlo por más que «otra rama que crece del árbol bodhi, ni intrínsecamente mejor ni intrínsecamente peor que las tradiciones budistas asiáticas».
[3] Por ejemplo, para la percepción del espacio, cuyo lenguaje se asocia con estados de absorción (jhāna) meditativa (en teoría no discursiva), Anālayo opta aquí por la interpretación menos absorcionista, que termina prestándose a ejercicios para la vida cotidiana.
