El arte de soltar: una crítica del yo en tiempos de autoobsesión

BUDDHISTDOOR EN ESPAÑOL

En una época que ha convertido la identidad en consigna y mercancía, El arte de soltar. Un manual de sabiduría budista para vivir con desapego llega como una invitación incómoda y, precisamente por eso, necesaria. Allí donde la cultura contemporánea insiste en la importancia de afirmarse, distinguirse y narrarse sin descanso, este volumen propone una hipótesis mucho menos complaciente: buena parte del sufrimiento humano nace de la necesidad de sostener la ficción de un yo estable, autónomo y permanente.

La tesis, por supuesto, no es nueva. Tiene más de dos milenios y atraviesa buena parte de la tradición budista. Sin embargo, uno de los méritos de este libro, seleccionado e introducido por Jay L. Garfield, Maria Heim y Robert H. Sharf, consiste en presentarla no como una reliquia doctrinal ni como una fórmula espiritual de consumo rápido, sino como una cuestión filosófica de fondo y como una práctica de desidentificación que interpela de lleno al presente. La edición española publicada por Ediciones Kōan permite así recuperar una pregunta decisiva: ¿qué ocurre cuando dejamos de pensar la vida como la expresión de una esencia personal fija y empezamos a verla como una trama de procesos, relaciones y dependencias?

La aparición del libro se inscribe en una evolución deliberada del proyecto editorial de la colección en la que se publica. Como explica Eva Congil, editora de Ediciones Kōan: «Nuestra colección Sabiduría clásica para lectores modernos lleva años acercando al lector contemporáneo textos de Séneca, Epicteto, Cicerón, Platón, Ovidio, entre otros. Son ediciones que parten de las publicaciones académicas de Princeton, pero que nosotros presentamos en traducciones nuevas al español, sin el aparato bilingüe, pensadas para leer y aplicar a la vida diaria». Sin embargo, en algún momento surgió una pregunta que empujó a ampliar ese marco: «Había una pregunta que nos rondaba desde hacía tiempo: ¿por qué limitarnos al mundo grecolatino? La sabiduría clásica no es solo occidental».

Cuando Princeton University Press presentó esta antología en inglés, la editorial vio en ella una oportunidad clara. En palabras de Congil: «Vimos claramente que era la oportunidad que esperábamos para ampliar el catálogo y abrirnos a la sabiduría de Oriente con el mismo rigor y la misma vocación de lectura con contexto contemporáneo y con la mirada puesta en nuestra cotidianeidad». El libro responde también a una paradoja cultural muy actual: «Vivimos rodeados de mindfulness (atención plena), meditación y retiros de silencio, pero muchas veces sin acceso a las fuentes originales que lo inspiran. Este libro ofrece esas fuentes sin filtros, con traducciones directas de los textos originales».

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Uno de los aciertos más claros del volumen está en su arquitectura. En lugar de presentar el budismo como un bloque homogéneo, El arte de soltar recorre tres grandes momentos de esa tradición: las enseñanzas del budismo temprano, la elaboración filosófica del Camino Medio y la radicalidad experiencial del budismo chan. Esa estructura no solo ordena bien la lectura; también permite entender que la doctrina del no yo no es un eslogan espiritual ni una intuición vaga, sino una constelación de argumentos, análisis y ejercicios de pensamiento que, con registros muy distintos, convergen en una misma tarea: desmontar la creencia en una identidad sustancial.

La primera parte, centrada en el canon pali y en la tradición budista temprana, ofrece quizá el acceso más pedagógico al problema. Allí aparecen los célebres cinco agregados —experiencia física, sensaciones, percepciones, formaciones mentales y consciencia— como modo de analizar aquello que solemos llamar «persona». Este gesto es decisivo porque desplaza la pregunta: en vez de partir de la existencia indiscutida del yo, el budismo invita a examinar qué encontramos cuando observamos nuestra experiencia.

Ese análisis evita además dos malentendidos frecuentes. Como señala Congil: «El budismo distingue con mucho cuidado entre negar un yo permanente y separado (eso sí lo niega) y negar la existencia convencional de las personas (eso no). Seguimos existiendo como personas funcionales; simplemente no hay un “piloto” fijo dentro».

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En ese punto, el libro entra en diálogo con el clima cultural contemporáneo. La presión por construir una identidad reconocible —en redes sociales, en el desarrollo personal, en la narrativa autobiográfica permanente— parece hoy casi incuestionable. Congil lo formula de manera muy clara: «Vivimos en una época que nos empuja constantemente a construir y defender una identidad: marca personal, redes sociales, narrativa del yo. Incluso el desarrollo personal dominante nos dice “encuéntrate a ti mismo”, “sé tu mejor versión”. El arte de soltar presenta una idea radicalmente distinta: lo que llamamos “yo” no es una entidad fija que haya que encontrar o proteger, sino un proceso en cambio constante».

La segunda parte del libro, dedicada a Nāgārjuna, Tsongkhapa y Chandrakirti, lleva la cuestión a un nivel filosófico más exigente. Si en el budismo temprano el análisis se orienta a mostrar que el yo no aparece cuando examinamos la experiencia, la tradición Madhyamaka amplía el argumento a todos los fenómenos. La vacuidad no es solo la ausencia de un yo sustancial; es la ausencia de existencia intrínseca en cualquier cosa.

La tercera parte, dedicada al budismo chan, cambia de registro. Si el budismo temprano trabaja mediante análisis de la experiencia y el Camino Medio afina la argumentación lógica, el Chan apuesta por una pedagogía de la interrupción. Aquí importa menos demostrar que provocar un desplazamiento inmediato en la percepción.

Parte del trabajo editorial consistió precisamente en evitar que conceptos centrales del budismo se interpretaran de manera simplificada. «Había tres confusiones que nos preocupaban especialmente», explica Congil. «La primera: que el desapego se entienda como frialdad o indiferencia. El desapego budista no es dejar de sentir, sino experimentar la vida sin aferrarnos a ella. La segunda: que la vacuidad (śūnyatā) se confunda con la Nada, con un vacío existencial nihilista. Vacuidad en budismo significa ausencia de esencia fija; las cosas existen, pero relacionalmente. Y la tercera: que “no yo” se lea como “no existes”».

La traducción al español planteó también desafíos importantes. Como señala la editora: «El inglés usa self tanto para el yo cotidiano como para el concepto filosófico. En español tuvimos que decidir, caso por caso, si traducir self como “yo”, “yo permanente”, “identidad” o “sí mismo”, según el matiz de cada pasaje». Ese trabajo implicó preparar previamente un glosario terminológico y criterios de traducción para mantener la precisión conceptual del original.

Todo ello contribuye a que El arte de soltar desborde el marco de la simple divulgación espiritual. No estamos ante un libro de bienestar con barniz oriental ni ante un recetario para serenarse en diez pasos. Su apuesta es más exigente, porque obliga a examinar algunos de los presupuestos más íntimos de la subjetividad moderna.

En una cultura que convierte el yo en proyecto permanente, el libro propone una posibilidad distinta: aprender a vivir sin tratar de fijar del todo aquello que somos. Leído hoy, El arte de soltar funciona a la vez como antología filosófica, archivo espiritual y crítica cultural. Y su intuición central sigue resultando tan incómoda como liberadora: quizá la vida no necesita un yo sólido para tener sentido.