La festividad budista del Loy Krathong en Chascomús: una celebración viva del patrimonio cultural laosiano en Argentina.

DANIELA MESA SÁNCHEZ Y CATÓN CARINI 

En el año 1979, aproximadamente doscientas sesenta y seis familias de campesinos laosianos llegaron a la Argentina huyendo de la guerra civil que había devastado su país y provocado un prolongado caos político y económico. Las familias refugiadas fueron acogidas en distintas regiones del país, principalmente en la ciudad de Posadas (Misiones) y en la localidad de Chascomús (Buenos Aires).

A lo largo de más de cuatro décadas, estos migrantes y sus descendientes se han integrado al entramado social argentino sin renunciar a su herencia cultural, dentro de la cual el budismo ha ocupado un lugar central. Un testimonio elocuente de esta continuidad es la celebración anual del Loy Krathong que la comunidad laosiana realiza cada noviembre en Chascomús. Esta festividad honra a Phra Mae Khongkha, la diosa del agua, y también rinde homenaje al Buda, en un momento de purificación simbólica, gratitud y renovación espiritual. La ceremonia incluye danzas tradicionales, gestos rituales y espacios de convivencia que expresan de forma viva el patrimonio cultural laosiano, adaptado al contexto argentino sin perder sus referencias simbólicas y afectivas al país de origen.

En lengua tailandesa, loy remite al hecho de dejar que algo se deslice flotando por el agua, mientras que krathong designa las pequeñas embarcaciones rituales hechas con tallos de plátanos, flores, incienso y velas. Esta celebración hunde sus raíces en las tradiciones del antiguo reino de Sukhothai, un Estado que floreció en el centro de la actual Tailandia entre los siglos trece y catorce, y en antiguas ceremonias de luz que circulaban desde hacía siglos en distintas regiones de la India. Algunos relatos señalan que, mucho antes de consolidarse en el Sudeste Asiático, existían festividades hindúes dedicadas a la gratitud hacia los ríos. Una de las más conocidas es el Diwali, una celebración de la luz en la que las personas encienden pequeñas lámparas y las depositan en aguas sagradas para agradecer la vida, la fertilidad y la protección recibidas. A través del intercambio comercial y cultural entre India y la península de Indochina, estas formas rituales se difundieron y fueron adaptadas por los pueblos locales. Siglos más tarde, ya en el siglo diecinueve, el rey Rama Cuarto describió cómo aquellas prácticas de raíz brahmánica habían sido reinterpretadas por el budismo tailandés como un modo de rendir homenaje al Buda mediante la luz que flota sobre el agua.

En el territorio que luego se consolidó como el reino de Sukhothai, donde las sociedades agrícolas celebraban el final de la temporada de lluvias con ceremonias que unían agua, luz y gratitud, estas influencias se transformaron en una tradición propia. En ese mismo universo cultural aparece la figura de Nang Noppamas, un personaje muy querido en las narraciones históricas y literarias asociadas al festival. Los relatos cuentan que era una dama de la corte real que confeccionó una delicada barca adornada con flores y hojas de plátano para ofrecerla durante una ceremonia de luz. Su presencia es visible en poemas, crónicas y relatos que, con el tiempo, dieron forma a la memoria cultural del Loy Krathong, hasta el punto de que hoy su nombre sigue vivo en distintos concursos y celebraciones que acompañan la festividad.

Cuando llega la luna llena del duodécimo mes del calendario lunar tailandés, un momento que suele coincidir con noviembre en el calendario occidental, las personas colocan el krathong en el agua como gesto de agradecimiento al río. Este acto también simboliza una renovación, una manera de dejar atrás las preocupaciones o las cargas personales que se desean soltar. Esa dimensión íntima convive con celebraciones públicas que varían según la región. En algunos pueblos, la ceremonia mantiene un tono sereno junto a ríos, lagos o estanques, mientras que en ciudades como Sukhothai, Ayutthaya o Chiang Mai se despliegan espectáculos de luz que combinan procesiones, barcazas ornamentadas y, en ciertos lugares, linternas que ascienden al cielo.

Krathongs sobre la laguna de Chascomús, Argentina.

La ceremonia del Loy Krathong de 2025 en Argentina estaba anunciada para las siete de la tarde del sábado 22 de noviembre en el Muelle de Pescadores de Chascomús. Esta larga lengua de hormigón que se interna en la laguna funciona como un punto de reunión muy conocido en la ciudad. Unos momentos antes del inicio ya se había dispuesto una mesa en el playón de la costanera, justo en la entrada del muelle, donde se vendían los krathongs, pequeñas embarcaciones hechas en cartulina brillante y armadas como barcazas en forma de flor de loto, presentadas en una secuencia de colores intensos. Cada una sostenía una vela, un palito de incienso y algunas flores frescas. Tenían un valor de tres mil pesos argentinos, dos dólares aproximadamente, y se entregaban uno por persona o uno por pareja si compartían el mismo deseo. Tres mujeres de la colectividad laosiana atendían la mesa, luciendo trajes típicos coloridos y sonrisas cálidas que parecían permanecer incluso cuando no hablaban.

Entre quienes se acercaban a comprar los krathongs predominaba una mezcla de expectativa, curiosidad y respeto, como si ese pequeño objeto de papel contuviera una vía simbólica hacia algo íntimo. Miembros de la comunidad laosiana también circulaban con piezas muy distintas, se trataba de krathongs elaborados con materiales vegetales trenzados en hoja de plátano, con pétalos firmes y detalles minuciosos que evocaban de manera más directa las festividades de Laos. La coexistencia de ambos modelos reforzaba la convivencia entre expresiones adaptadas al contexto local y técnicas tradicionales de manufactura.

Las mujeres que atendían explicaban, con un español esforzado pero amable, que a los krathongs se les podía agregar alguna pequeña ofrenda, especialmente dinero, y que el acto de depositarlos en el agua expresaba un deseo, un agradecimiento y la voluntad de soltar aquello que ya no se quiere cargar.

Para el inicio de la ceremonia el lugar ya estaba colmado. Diversas familias laosianas, con sus descendientes nacidos en Argentina, se mezclaban con turistas y vecinos de Chascomús atraídos por el carácter exótico de la festividad. En el centro del playón se había improvisado un espacio ceremonial donde aguardaban dos monjes laosianos residentes en la colonia de Posadas. Vestían túnicas color azafrán y mantenían una presencia serena, marcando un punto de gravedad que contrastaba con el bullicio suave del público.

La ceremonia fue guiada por una mujer argentina que, sin ascendencia laosiana, mantenía un vínculo estrecho con la comunidad. Varios de sus integrantes habían trabajado en su taller textil durante más de veinte años. Se movía con familiaridad entre ellos y la saludaban con afecto. Con un micrófono y una guía, conducía las distintas etapas de la celebración.

También se encontraban en el lugar una decena de bailarinas que integraban una compañía de ballet laosiano, que  llevaban trajes tradicionales que brillaban con la luz del atardecer con faldas sinh de seda bordada, blusas ajustadas, brazaletes metálicos y peinados recogidos en rodete decorado con flores artificiales y peinetas ornamentadas. Había mujeres de todas las edades, incluyendo mujeres mayores. Al comenzar la música, se desplazaron con movimientos lentos y precisos. Las manos describían figuras simbólicas y los dedos se arqueaban con esa estética característica de la danza laosiana, donde cada gesto expresa armonía, gracia y respeto. El público seguía los movimientos con atención, como si cada paso encarnara una parte de la memoria colectiva de la comunidad.

Danzas tradicionales laosianas a cargo de las mujeres de la comunidad

Las primeras danzas fueron interpretadas sólo por ellas. Hacia el final de la representación, la locutora invitó a todas las personas presentes, laosianas y argentinas, a unirse. Muchas mujeres jóvenes de la colectividad se sumaron con entusiasmo, imitando las posturas de las bailarinas con orgullo visible. Varios argentinos sin antepasados laosiano participaron también, moviéndose con timidez, pero con una intención clara de integrarse a la experiencia y no sólo observarla.

Luego llegó el momento central del ritual. Los monjes caminaron lentamente hacia las escalinatas que descendían al borde del agua. Cada uno encendió la vela de su krathong y lo depositó con cuidado sobre la superficie calma de la laguna. Después se retiraron en silencio, dejando que las demás personas continuaran el acto ritual. Decenas de personas comenzaron entonces a acercarse. Con la caída del sol, la luz se volvió tenue y las pequeñas embarcaciones encendidas formaron una constelación irregular que se expandía lentamente sobre el agua.

Monjes theravada de la comunidad budista laosiana llevando los krathongs al agua

Tras liberar los krathongs, muchas personas comenzaron a dispersarse, pero quienes querían continuar la celebración fueron invitados al templo laosiano ubicado a pocas manzanas del muelle. Allí la fiesta continuó con comida tradicional y nuevos bailes, en un ambiente donde convivían familias de la colectividad, turistas y residentes locales. Al día siguiente, la comunidad volvió a reunirse en el templo Wat Luang Argentina, donde a las diez de la mañana los monjes realizaron una ceremonia budista que dio un cierre solemne al fin de semana festivo.

Comunidad de budistas laosianos en el templo "Wat luang Argentina"

La participación conjunta de laosianos y argentinos resignifica el Loy Krathong como un espacio donde una tradición migrante dialoga con su entorno en un marco de respeto y reciprocidad. La ceremonia se revela, así, como una práctica viva que testimonia la riqueza, de la diversidad religiosa en América Latina, y especialmente de un budismo étnico presente como una expresión tangible de cómo una comunidad migrante mantiene y recrea su herencia en un territorio que también siente ahora como propio.

Participación conjunta de laosianos y argentinos en la celebración del Loy krathong.

Referencias

Loy Krathong, the festival of lights. (s. f.). SAWADiscovery. Recuperado el 3 de diciembre de 2025, de https://www.sawadiscovery.com/guide-thailand/activity/loy-krathong-the-festival-of-lights

Thailand Foundation. (s. f.). Loy Krathong Festival – All You Need to Know. Recuperado el 5 de diciembre de 2025 de https://www.thailandfoundation.or.th/culture_heritage/loy-krathong-festival-all-you-need-to-know/

Cultura Colectiva. (s.f.). Loy Krathong, el festival de luces en Tailandia. Recuperado el 4 de diciembre de 2025, de https://culturacolectiva.com/historia/loy-krathong-el-festival-de-luces-en-tailandia/

Daniela Mesa Sánchez es Antropóloga colombiana de la Universidad de Antioquia, ha trabajado en diversos proyectos de Arqueología de rescate en su país natal interesándose particularmente en los fenómenos religiosos del ámbito de lo ritual y lo sagrado de las culturas prehispánicas. Se enfocó en el estudio de la antropología de la religión alrededor del año 2011 cuando comenzó a practicar meditación zen en la Fundación para vivir el zen con la línea del maestro André Reitai Lemort, elaborando su tesis de grado en dicha temática en el año 2015. También se interesa por el taoísmo filosófico, la literatura, la poesía y la pintura. Actualmente reside en Argentina en donde planea establecerse y continuar su carrera investigativa en los estudios budistas.

Catón Eduardo Carini (La Plata, Argentina, 1976) es licenciado en Antropología por la Universidad Nacional de la Plata (UNLP), máster en Antropología Social por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y doctor en Antropología por la UNLP. Actualmente se desempeña como investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con lugar de trabajo en el Instituto de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires y como docente de Antropología Cultural y Social en la Facultad de Psicología de la UNLP. Se interesa por la antropología de la religión, especializándose en los aspectos sociológicos, históricos, rituales y simbólicos de los centros budistas formados en la Argentina en las últimas décadas.