Despedirse de los malos entendidos
VENERABLE KARMA TENPA
Este artículo pertenece a una serie de cuatro artículos del Venerable Karma Tenpa, publicada en Buddhistdoor en Español y titulada Aprendiendo a despedirnos
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«Nos hemos convertido en el homo urbanus»
Jeremy Rifkin
La civilización empática
Históricamente, hemos pasado de vivir en pequeñas comunidades de parentesco, de entre 30 y 150 miembros, a organizarnos en asentamientos cada vez más complejos. Ese número limitado, conocido como el número de Dunbar, responde a la capacidad cognitiva humana para mantener vínculos estables y significativos dentro de un grupo reducido.
Con el tiempo, esas formas de convivencia se transformaron en aldeas, ciudades y, finalmente, en megalópolis que hoy superan los 10 millones de habitantes. Según datos recientes de Naciones Unidas, más del 56 % de la población mundial vive ya en entornos urbanos, y existen más de treinta ciudades que concentran poblaciones millonarias, como Tokio, Delhi, Shanghái, São Paulo o Ciudad de México.
Aunque nuestra mente está condicionada para relacionarnos en pequeños grupos donde los malentendidos podían resolverse cara a cara, hoy habitamos en sociedades inmensas donde la distancia, el anonimato y la complejidad multiplican los roces y las confusiones. Aprender a despedirnos de los malentendidos se convierte entonces en una necesidad vital: ya no basta con la confianza inmediata de la aldea, necesitamos cultivar una nueva perspectiva acompañada de compasión que nos permita habitar entre millones sin perdernos en la desconfianza ni en la competencia.
Porque en estos nuevos paisajes urbanos, parafraseando a Marina Garcés, hemos acabado por aceptar casi como un dogma la irreversibilidad de la catástrofe. Tras la modernidad, que soñó con un futuro común, y la posmodernidad, que celebró un presente inagotable, nos encontramos en un tiempo en el que creemos que solo sobreviviremos compitiendo los unos contra los otros.
Esta filósofa contemporánea, española, nos interpela preguntando: «¿Y si nos atrevemos a pensar de nuevo la relación entre saber y emancipación?». Saber no es solo acumular información, sino comprender el mundo, pensarnos a nosotros mismos y reconocer lo que nos limita. Y la emancipación, siguiendo su inspiración y llevándola al terreno de la reflexión budista, es liberarnos de esas ataduras que nos mantienen sometidos: la ignorancia fundamental, el aferramiento extremo al yo, el deseo insaciable que nos esclaviza y la aversión que nos enfrenta.
El horizonte de esta emancipación no es solo vivir de manera autónoma, justa y compartida, sino hacerlo desde una vida que cuide lo que decimos y hacemos, para favorecer la convivencia, con una mente cultivada en la serenidad y la atención, capaz de discernir en medio del ruido y la confusión, y con una mirada lúcida que reconozca nuestra interdependencia y transforme los límites del yo en una apertura hacia los otros.
Aceptar este desafío supone reeducarnos para construir un mundo más habitable, cultivando valores que alivien el sufrimiento ajeno. En el fondo, de lo que se trata es de despedirnos de los malentendidos que nacen de nuestros sesgos y aflicciones: creer que las emociones son permanentes, que las críticas nos definen o que el éxito de otros nos disminuye. En este empeño, las enseñanzas budistas se revelan especialmente oportunas, pues nos recuerdan que comprendernos y comprender al otro es la base de toda transformación compartida.
En la tradición budista se explica que el origen de todos los malentendidos de nuestra mente está en mirar la realidad de manera equivocada: vemos como sólido lo que en el fondo es cambiante y transitorio, tratamos como objetos externos lo que en realidad es experiencia luminosa de la conciencia y separamos en dualidades —yo y lo otro, dentro y fuera— lo que en su esencia es unidad inseparable.
Por eso, la práctica espiritual no consiste en inventar una nueva visión del mundo, sino en deshacer esa mirada distorsionada. El Bodhicaryavatara —un texto clásico de Shantideva— ya contraponía la «visión errónea» con la «visión correcta», mostrando que el camino es aprender a reconocer la confusión y volver a mirar con claridad. Y Longchenpa (siglo XIV, una de las figuras más importantes del Dzogchen) lo expresó con claridad: «La visión errónea consiste en tomar las apariencias como reales, los pensamientos como el yo y las emociones como intrínsecas». Reconocerlo es el primer paso para liberar la mente de sus engaños.
Creemos que la tristeza nos define, cuando es solo un estado pasajero. Algo similar ocurre con la crítica: el orgullo y la inseguridad la convierten en una condena interior. Y al interpretar el éxito ajeno como nuestra derrota, surge la envidia y el aferramiento al yo. La visión dualista fabrica así un campo de batalla imaginario donde la confusión sustituye a la claridad y genera constantes malentendidos.
Ecología de las relaciones personales
Veámonos como hebras de un mismo entramado, más unidas por lo que compartimos que separados por lo que nos distingue. Frente al sentimiento de rivalidad y separación, tenemos la posibilidad de trascender el individualismo egoísta y dar a nuestra vida un propósito mayor en el encuentro con los demás.
Muchos malentendidos nacen de no comprender los motivos del otro. Todos creemos tener «santas razones» para lo que hacemos. Sin embargo, cuanto más nos abrimos a la escucha generosa, a una palabra que no hiere o a un silencio compasivo, más descubrimos lo que mueve al otro y ensayamos responder en vez de reaccionar. A veces basta con negociar la tensión para desactivar la espiral del conflicto.
En este camino hay modelos inspiradores que transmiten serenidad y confianza, y contramodelos que despiertan crispación. Los primeros nos muestran un horizonte posible; los segundos nos recuerdan, como decía Spinoza, que lo esencial no es juzgar ni detestar, sino comprender.
No se trata de soportar a los demás, sino de despedirnos de los malentendidos que proyectamos sobre ellos: cualidades que no poseen, expectativas que no pueden cumplir, imágenes que responden más a nuestras heridas que a su realidad. Así como la biodiversidad es fuente de salud, también la «psicodiversidad» puede ser beneficiosa, al decir de Christophe André en ¡Viva la libertad!.
La fuerza silenciosa de la humildad
La humildad y la sencillez nos permiten afirmar nuestras opiniones sin aferrarnos rígidamente a ellas. Nos abren a la no conclusión, desde donde emergen soluciones más amplias que trascienden la visión parcial.
La humildad nos aligera del fardo del «yo que todo lo sabe», ese que nos encierra en viejas certezas y nos devuelve a la frescura de lo inmediato: cada instante llega como nuevo aunque lleve consigo el eco de lo ya vivido.
Desde lo individual a lo colectivo, la humildad y la sencillez claman por respuestas éticas y medioambientales. Como señala David Loy: «Las catástrofes ecológicas muestran con evidencia que es necesario resolver la dualidad entre nosotros y el mundo natural si queremos sobrevivir y crecer en el nuevo milenio».
Finalmente, el budismo enseña que nuestra esencia es bondad básica, más allá del tiempo y del espacio. Cada ser es, en lo profundo, un buda, aunque lo olvidemos y nos identifiquemos con una personalidad limitada y aflictiva. La visión más honda nos recuerda que todo lo que aparece —la mente, los fenómenos, el mundo— surge desde una pureza original, se despliega de manera natural y está siempre acompañado por la fuerza compasiva que nos une a todo lo existente. Comprender esto es despedirse de los malentendidos que nos hacen ver separación donde hay unidad o conflicto donde hay posibilidad de encuentro.
Despedirnos de los malentendidos como preparación para la muerte
Si en la vida cotidiana despedirnos de los malentendidos nos abre a relaciones más claras y compasivas, en el umbral de la muerte cobra una hondura todavía mayor. La reconciliación aparece como la forma más humana y espiritual de preparar el adiós con mayor claridad y confianza. La reconciliación con los demás y con uno mismo nos entrena para soltar culpas y viejas heridas, de modo que podamos reconocer la verdad sin resistencias. Es un gesto de reconciliación con la propia historia y con los vínculos afectivos para sanar fracturas y transformar la tristeza en gratitud y alivio.
Cultivar ahora relaciones claras y sanas es ya una preparación para ese instante. Vivir reconciliados, libres de malentendidos, nos permite llegar al final con un corazón más ligero, abiertos a la amplitud de una vida que se entrega sin obstáculos.
Venerable Karma Tenpa es un monje budista, argentino, residente en España. En el año 2007, recibió de parte de S. E. Situ Rinpoché la ordenación de Guelong (monje completamente ordenado). Participa en la formación de voluntarios en el acompañamiento espiritual en el proceso de morir en la Fundación Metta Hospice. Creador e impulsor de la Comunidad virtual Bienvenido a tu mente.
Vinculado al Centro de Enseñanzas y retiro Dag Shang Kagyu y su Centro en Madrid Kagyu Dechen Ling
Enlaces:
Web: www.karmatenpa.com
Comunidad virtual Bienvenido a tu mente: https://karmatenpa.com/comunidad-virtual-bienvenido-a-tu-mente
Instagram: karma_tenpa
