Aprendiendo a despedirnos de uno mismo

VENERABLE KARMA TENPA

Este artículo pertenece a una serie de cuatro artículos del Venerable Karma Tenpa, publicada en BDE y titulada Aprendiendo a despedirnos

Puede leer el tercer artículo de esta serie aquí

Este es el cuarto y último artículo de la serie Aprendiendo a despedirnos. A lo largo de este recorrido hemos aprendido a despedirnos de distintos velos que condicionan la mente y estrechan la mirada manteniendo al yo en su propia prisión.

Primero, aprendimos a despedirnos de las certezas que generan ansiedad en el yo, esas ideas de control y permanencia con las que intentamos protegernos del cambio y de la pérdida. Al reconocer la impermanencia, descubrimos que la incertidumbre no es una amenaza, sino la puerta a una forma más viva de habitar el mundo.

Después, aprendimos a despedirnos de los enemigos internos, esas fuerzas que desde dentro nos castigan con culpa, orgullo o miedo. Entendimos que no son enemigos externos que haya que vencer, sino aspectos de nosotros mismos que esperan ser vistos con compasión para transformarse en un pasado comprendido.

Más adelante, aprendimos a despedirnos de los malentendidos que nos separan entre las personas. Vimos que buena parte de nuestras heridas nacen de una visión confusa de la realidad, de la tendencia a interpretar desde el ego lo que en verdad pertenece al entramado de la interdependencia.

Habiendo recorrido estos aprendizajes llegamos ahora al umbral más profundo: aprender a despedirnos del sí mismo. No para negarlo, sino para ver más allá de él, allí donde la vida puede vivirse sin el peso constante de la defensa y del control. Este aprendizaje, que nos enseña a soltar incluso la idea de quién creemos ser, también nos prepara para la propia muerte, ese momento en que toda identidad se disuelve y solo permanece la claridad de lo que siempre fue libre.

El misterio del yo 

La enseñanza del Buda sobre anatman —la ausencia de un yo inherente— fue una ruptura radical con las visiones metafísicas de su tiempo. Frente a la idea de un alma permanente (atman), el Buda enunció que lo que llamamos «yo» es una composición cambiante de cinco skandhas (agregados): forma, sensación, percepción, formaciones mentales y conciencia. Ninguno de ellos, por sí mismo ni en conjunto, posee sustancia duradera. Esta comprensión se profundiza en la originación interdependiente (pratityasamutpada), que muestra cómo todos los fenómenos —incluida la identidad— surgen condicionados unos por otros.

Las escuelas filosóficas posteriores del budismo desarrollaron interpretaciones de esta ausencia de entidad propia: las realistas (Vaibhashika y Sautrántika), que analizaron los fenómenos como compuestos momentáneos dotados de existencia convencional; y las especulativas (Chitamatra y Madhyamaka), que subrayaron la vacuidad de todo fenómeno, incluso de la mente que los percibe. En conjunto, estas perspectivas coinciden en un mismo punto: el yo no es algo en sí mismo, sino una construcción dependiente del lenguaje, la memoria y el deseo.

Hoy, voces contemporáneas de la ciencia y la filosofía vuelven sobre esta antigua comprensión. En una conversación en agosto de 2022, publicada en el blog de Mind & Life, la filósofa budista Anne C. Klein y el neurocientífico Anil Seth coincidieron en que el error básico de la percepción —tanto en el plano espiritual como en el cognitivo— es tomar por real y permanente lo que está en continua transformación.

«La naturaleza del yo: Perspectivas del budismo y la ciencia cognitiva. Una conversación con Anne Klein y Anil Seth». Mind & Life, Agosto 30, 2022. Fuente: https://www.mindandlife.org/insight/the-nature-of-self/

Klein explicó que el yo que sentimos como sólido es una visión errónea: una ilusión funcional que surge del hábito de pensar «yo soy» como algo separado del mundo. Para el budismo, esta confusión es la raíz del sufrimiento, porque nos hace vivir desde la defensa y la comparación.

Anil Seth, desde la neurociencia, propuso una visión complementaria: no existe una esencia objetiva e independiente de la mente que defina la identidad. El yo es una construcción útil, un modelo predictivo que el cerebro genera para mantener la coherencia de la experiencia. En este proceso, la sensación de identidad no es sino una hipótesis que el cuerpo y la mente actualizan en cada instante.

Ambas perspectivas coinciden en la importancia del cuerpo y la experiencia directa. No vemos el mundo tal como es, sino tal como somos: moldeado por la historia perceptiva y emocional que nos configura.

El gran arquitecto del yo

El pensamiento discursivo, el gran arquitecto del yo, refuerza la narrativa de un protagonista que interpreta y controla la vida. Cada pensamiento repite: «yo estoy aquí», «yo siento esto», «yo necesito aquello». Y cuanto más insistimos en ese relato, más sólida parece la ilusión de ser un «alguien» separado del flujo de la experiencia.

La práctica meditativa ofrece una vía de desintoxicación: al observar la mente descubrimos que los pensamientos son fenómenos pasajeros, no las historias que cuentan ni los juicios que generan. Somos la conciencia que los percibe. Cuando dejamos de identificarnos con el pensamiento, el yo narrador pierde su poder y surge una quietud lúcida que no depende de lo que ocurre.

Al atender el cuerpo, la respiración y las sensaciones sin interpretarlas, nos aproximamos a una comprensión más libre del yo, una atención encarnada que corrige la percepción dualista y revela una conciencia más amplia, donde el yo deja de ser una frontera y se reconoce como parte de un todo interdependiente.

Aprender a despedirnos del sí mismo implica, también, liberarnos de la tiranía del pensamiento. No se trata de dejar de pensar, sino de dejar de ser pensados por nuestra mente. Dejar que el silencio revele lo que está más allá del discurso: una presencia abierta y despierta que no necesita un nombre para existir.

El amor como experiencia mayor 

Si en medio de esta constante transformación todos anhelamos algo estable, algo en lo que confiar, busquemos entonces refugio en el amor, entendido no solo como vínculo emocional, sino como fuerza vital que nos ancla ante el cambio constante. Esa búsqueda, sin embargo, exige recuperar una comprensión más profunda del amor, lejos de las formas superficiales con que suele entenderse en nuestra cultura. Bell Hooks**, por ejemplo, lamenta que nuestra cultura haya reducido el amor a una emoción privada, desvinculada de la ética y del compromiso. Para ella, amar es un acto consciente, una elección que requiere voluntad, cuidado y responsabilidad.

M. Scott Peck*** definió el amor como «la voluntad de extender el propio yo para favorecer el crecimiento espiritual de uno mismo o de otra persona». El amor, así entendido, no se opone a la libertad, sino que la expande: al cuidar al otro, dejamos de girar alrededor de nuestra autoimagen.

Imagen cortesia de Agnes D. Beltran

El amor consciente es una vía de expansión de la identidad. Nos saca del encierro del yo y nos invita a percibir la vida desde una totalidad compartida. Amar es hacer permeables las fronteras del yo hasta descubrir que lo que sentimos como propio incluye también a los demás.

Humanidad compartida: una salida de la prisión del yo

El Dalai Lama, Matthieu Ricard y Pema Chödrön, entre otras muchas relevantes voces budistas, coinciden en que la compasión es el antídoto más eficaz contra la ilusión del yo separado. Al reconocer que todos los seres buscan felicidad y temen el sufrimiento, la frontera entre «yo» y «otros» se disuelve. Esta expansión natural de la identidad, del «yo» al «nosotros», transforma la mente al descentrarla del ego. La compasión incondicional —que incluye también a uno mismo— suaviza la autoexigencia y abre un espacio de ternura. Cuando dejamos de defendernos, el yo se aquieta y surge una claridad compartida, una conciencia que mira sin juicio.

Reconocer nuestra humanidad compartida es comprender que los demás son un reflejo de lo que también somos. Todos atravesamos miedo, deseo, pérdida y esperanza. Desde esa comprensión, el amor y la compasión dejan de ser emociones añadidas a la práctica espiritual y se revelan como su fruto natural: cuando dejamos de proteger nuestra imagen, el corazón se abre y podemos ver y escuchar con mayor profundidad.

Despedirse de uno mismo como antesala de la muerte

Morir no es solo el fin biológico de la vida, sino un proceso de despojamiento, una rendición gradual que nos invita a soltar lo que creíamos ser. En este sentido, aprender a despedirnos del sí mismo es aprender a dejar ir las capas de identidad que hemos confundido con nuestra verdadera naturaleza.

Como la muerte, el cambio es inevitable, todo se transforma a cada instante. Sin embargo, el cambio no garantiza la transformación. La transformación ocurre cuando ese cambio penetra en lo más profundo de la conciencia, cuando nos atraviesa hasta alterar la manera en que nos reconocemos. Es una metamorfosis interior tan radical como la del paso de la oruga a la mariposa: en ella, la antigua forma se disuelve para dar lugar a algo que no puede preverse ni controlarse.

En ese tránsito descubrimos que somos más que nuestra historia personal. Las fronteras que creíamos inamovibles comienzan a desvanecerse, y en su lugar surge una paz inesperada, una sensación de pertenencia que no excluye a nadie. Esa expansión de la conciencia, donde el yo deja de ser el centro, es un anticipo de lo que puede sernos revelad: la libertad de ser sin necesidad de poseer, de existir sin un nombre, de amar sin condición.

Despedirse del sí mismo es, en este sentido, un ensayo luminoso para morir bien. Es aprender a rendirse voluntaria y amorosamente antes de ser obligado a hacerlo. Es reconocer que la vida no nos pertenece, sino que pasa a través de nosotros, y que en esa entrega total se encuentra el verdadero descanso. No es renunciar a la vida, sino entregarse plenamente a ella para dejar de aferrarnos al relato que nos separa del presente y descubrir que, más allá del pensamiento, la identidad y el miedo, existe una presencia silenciosa que no nace ni muere.

Cada práctica espiritual apunta, en el fondo, a este mismo gesto: soltar. Soltar las certezas, los enemigos, los malentendidos y, finalmente, al propio yo que los sostenía. Lo que queda después no es vacío, sino plenitud. La vida misma respirando sin resistencia. Y tal vez sea eso lo que, en último término, nos prepara para morir: comprender que nunca fuimos un yo separado, sino un instante del infinito reconociéndose a sí mismo.

Cada día me pregunto cómo morí al día que ya se marchó. El yo de ese día ya no está. Morí bien si pude despedirme de las certezas habitando la incertidumbre; morí bien si los enemigos internos se transformaron en sabias voces; morí bien si los malentendidos se disolvieron en la experiencia de amar y ser amado. Si así fue, entonces renazco ligero al día siguiente, libre de los pesos del ayer. Tal vez cada amanecer sea un pequeño bardo, un tránsito donde se nos ofrece, una y otra vez, la posibilidad de morir a lo que fuimos y despertar, más plenos y abiertos, a lo que somos.

*Enlace al artículo “La naturaleza del yo: Perspectivas del budismo y la ciencia cognitiva. Una conversación con Anne Klein y Anil Seth” https://www.mindandlife.org/insight/the-nature-of-self/

** Bell Hooks (1952–2021) fue una pensadora, escritora y activista estadounidense. Su obra explora el amor, la justicia y la intersección entre raza, género y clase.
*** M. Scott Peck (1936–2005) fue un psiquiatra y escritor estadounidense. Su pensamiento unió psicología, espiritualidad y responsabilidad moral.

Venerable Karma Tenpa es un monje budista, argentino, residente en España. En el año 2007, recibió de parte de S. E. Situ Rinpoché la ordenación de guelong (monje completamente ordenado). En la actualidad reside y da enseñanzas en el Centro budista Kagyu Dechen Ling de Madrid, vinculado al Centro de enseñanzas y retiros Dag Shang Kagyu, en Huesca, España. Docente invitado «Budismo vajrayana y tibetano» de la Universidad Rovira i Virgili y Fundación Dharma-Gaia. Fundador de la «Comunidad virtual Bienvenido a tu mente». Desde ella comparte, por diversos medios de comunicación, enseñanzas de atención plena  y compasión para la vida cotidiana. Participa en la formación de voluntarios en el acompañamiento espiritual en el proceso de morir en la Fundación Metta Hospice (https://fundacionmetta.org/).

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