Daoísmo: sustrato espiritual transformador en la recepción del budismo en China (Parte I)
DANIEL MILLET GIL
Este artículo forma parte de nuestra edición especial «Descifrando el budismo chino».
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En la entrega anterior, analizamos cómo el budismo, al llegar a China durante la dinastía Han Oriental (25-220 e.c.), encontró un paisaje espiritual y filosófico vibrante y multifacético. El Dharma, por lo tanto, no arribó a un terreno cultural desierto y yermo, sino a una civilización milenaria donde numerosas prácticas y creencias ancestrales, con orígenes que se remontan a los primeros tiempos de la historia china, habían impregnado tanto las costumbres cotidianas como la cosmovisión de aquella sociedad. Como analizamos previamente, por aquel entonces el confucianismo ya se había consolidado como el sistema de pensamiento o la ideología oficial del imperio.
Entre las corrientes espirituales autóctonas, el daoísmo o «taoísmo» * desempeñaba un papel destacado en la cultura china. Su comprensión en términos de naturaleza, historia y alcance es, por lo tanto, esencial para analizar la singular transformación que el budismo experimentó en este territorio.
El surgimiento de escuelas budistas con características distintivamente chinas —como chan, tiantai y tierra pura— solo puede entenderse al examinar cómo el sustrato espiritual daoísta, centrado en el Dao, la meditación y la armonía con la naturaleza, influyó en cómo se recibieron, reinterpretaron y adaptaron las enseñanzas budistas provenientes de la India. En este artículo, dividido en dos partes, exploramos cómo el daoísmo, junto con la religiosidad popular y el confucianismo —cada uno aportando su influencia particular— configuraron un contexto espiritual que marcó profundamente la introducción y la posterior evolución del budismo en China.
En este artículo, nos enfocamos en la época del «budismo chino temprano», un periodo que se extiende desde la llegada del budismo a China durante la dinastía Han Oriental hasta su consolidación como una religión significativa bajo la dinastía Sui, es decir, aproximadamente entre el siglo I e.c. y el siglo VI e.c. A lo largo de estos siglos, el budismo se fue incorporando a la cultura china mediante la traducción e interpretación de textos, la creación de escuelas filosóficas y espirituales propias, y su creciente aceptación en diversos sectores de la sociedad china. Fue una etapa decisiva en la que esta tradición buscó arraigarse y establecer un diálogo activo con las corrientes intelectuales y espirituales preexistentes.
En este contexto, el daoísmo (tanto en su vertiente filosófica como religiosa) actuó como el principal interlocutor y puente inicial para que el budismo pudiera arraigar y expandirse. Proporcionó al budismo un valioso lenguaje conceptual, una terminología ya conocida, prácticas de cultivo interior y una cosmovisión y rituales que fueron cruciales para su desarrollo e integración en la cultura china. No obstante, esta misma influencia taoísta fue una moneda de dos caras. Especialmente en la terminología y las interpretaciones utilizadas en la traducción de los textos budistas, el daoísmo introdujo malentendidos y distorsiones de conceptos clave, cuya corrección tardaría siglos en lograrse.
Así pues, la influencia del daoísmo —y, en menor medida, del confucianismo— fue fundamental en la manera en que las enseñanzas del Buda fueron interpretadas y adaptadas en China. Aunque se buscó realizar una traducción lo más literal posible de las doctrinas budistas al chino, era imposible ignorar las formas de pensamiento que, durante siglos, habían moldeado la concepción de la vida y el papel del ser humano en esta existencia transitoria. Estas tradiciones culturales y filosóficas impregnaron las interpretaciones budistas, transformando y adaptando las enseñanzas originales para armonizarlas con los valores y perspectivas arraigados en la sociedad china.
Los orígenes del daoísmo: del chamanismo a la filosofía
Los orígenes históricos remotos de algunos aspectos de lo que posteriormente se conocerá como daoísmo, según estudios del sinólogo francés Henri Maspero en su obra El Daoísmo y las religiones chinas (1971), se pueden rastrear hasta la China antigua. Sin embargo, su relación con prácticas prehistóricas, como las ceremonias llevadas a cabo por los wu (巫), especialistas rituales que se comunicaban con entidades espirituales y utilizaban técnicas de trance, es objeto de debate académico. Algunos investigadores sugieren conexiones con tradiciones espirituales de la China neolítica; por ejemplo, el culto a los ancestros, que era una práctica común y también se refleja en el daoísmo. No obstante, establecer una continuidad histórica directa entre estas prácticas antiguas y el daoísmo requiere cautela metodológica, dado que las evidencias son parciales.
La evidencia arqueológica documenta la existencia de precursores del pensamiento daoísta en la China preimperial. En el yacimiento de Mawangdui, ubicado en Hunan, se han descubierto textos antiguos que datan aproximadamente del siglo II a.e.c. Estos manuscritos, escritos en seda, revelan sofisticadas prácticas de longevidad y técnicas respiratorias, lo que indica que ya existían tradiciones de cultivo físico-espiritual bien establecidas antes de la formalización del daoísmo en los siglos II y III e.c., cuando esta tradición emergió como una religión organizada, con sus propias escrituras canónicas, jerarquías sacerdotales y estructuras institucionales definidas.
Al igual que el confucianismo, el daoísmo emergió durante el turbulento período de los Estados Combatientes (475-221 a.e.c.), una era marcada por el «florecimiento de las cien escuelas de pensamiento» (bǎijiāzhēngmíng). En este contexto, comenzaron a gestarse las primeras formulaciones del pensamiento daoísta, que parecen haber surgido de las brumas de la historia y la tradición. Tradicionalmente, se atribuye a Laozi, figura casi mítica, la creación del Daodejing («Tao Te Ching»), un texto considerado la piedra angular del daoísmo filosófico. Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que este venerado texto fue compilado de manera gradual entre los siglos VI y III a.e.c., integrando una rica variedad de material que fluía de tradiciones orales previas.
El descubrimiento en 1993 de los manuscritos de Guodian, fechados alrededor del 300 a.e.c., ha proporcionado evidencia concreta de que el Daodejing ya se encontraba en circulación durante el período de los Estados Combatientes. Junto a este texto, el Zhuangzi, obra atribuida a Zhuang Zhou (aproximadamente 369-286 a.e.c.), representa otro pilar fundamental del daoísmo filosófico temprano. A través de parábolas y narrativas que desafían las convenciones del pensamiento racional, el Zhuangzi desarrolla muchos de los conceptos esenciales del daoísmo.
La dicotomía entre daoísmo filosófico y religioso: una revisión crítica
Los primeros intentos académicos de estudiar el daoísmo, a menudo en contextos misioneros cristianos, reflejaron ciertas ideas preconcebidas y actitudes de Occidente. Esto llevó a una clara separación entre lo que se consideraba el «daoísmo filosófico» de los textos clásicos de Laozi y Zhuangzi y el «daoísmo religioso» que surgió más tarde. Muchos académicos vieron una ruptura significativa entre estos dos enfoques, aunque esta idea ya tenía antecedentes en la erudición china tradicional. Se cuestionaban cómo se relacionaban las ideas profundas de los antiguos filósofos con las interpretaciones más simples y a menudo supersticiosas que hacían los devotos religiosos.
En cambio, la investigación contemporánea ha comenzado a valorar el daoísmo religioso, que ahora es un enfoque principal en los estudios daoístas. A diferencia de los estudios anteriores que se centraban en los textos «filosóficos», algunos investigadores han propuesto que el término daoísmo debería usarse unicamente para referirse a las formas organizadas de religión daoísta que se desarrollaron a partir del siglo II e.c. Otros académicos han adoptado una visión más amplia, sugiriendo que existe un hilo común que une las diferentes expresiones del daoísmo, aunque a veces minimizan las diferencias entre el daoísmo «filosófico» y el «religioso».
Conceptos fundamentales del daoísmo filosófico
El término Dao (道, Tao), sobre el cual se fundamenta esta tradición espiritual, ya aparecía en textos antiguos como el I Ching («El libro de los cambios») —uno de los textos más antiguos de la literatura china—, con el sentido de «camino» o « método». Por lo tanto, esta noción no se originó con el desarrollo formal del daoísmo como filosofía. No obstante, los pensadores daoístas (道家, dàojiā) la transformaron en principio esencial.
Mientras el confucianismo, de Confucio (551-479 a.C.), enfatizaba la moralidad, la estructura social y el orden político, el daoísmo surgió como una crítica a la sofisticación artificial y a las convenciones sociales. Laozi (老子), figura semilegendaria a quien se atribuye el Dàodéjīng, y Zhuangzi (庄子, circa 369-286 a.C.) desarrolló una filosofía que revalorizaba la simplicidad natural frente a las complejidades de la civilización.
El Dàodéjīng (道德經), clásico del daoísmo filosófico, comienza destacando la naturaleza indescriptible del Dao con las palabras: 道可道,非常道 (dào kě dào, fēicháng dào), traducidas como: «El Dao que puede ser expresado no es el Dao eterno e inmutable». Para los daoístas, el Dao es el principio cósmico que origina y sustenta el universo, un misterio descrito como «vacío pero inagotable» y «sin forma, pero completo». Este concepto unifica las dualidades del ser (yǒu) y el no-ser (wú), manifestándose como fuerza impersonal que engendra el yin y el yang, de los cuales emergen todas las cosas.
El Dao no se concibe como un ser supremo, sino como un flujo natural y armonioso que actúa espontáneamente, sin propósito ni intención. Su esencia es la simplicidad y serenidad inherentes a la naturaleza, regulando el orden y la transformación del cosmos. Al integrar las dualidades, el Dao refleja el equilibrio universal, operando sin esfuerzo ni objetivo, y simbolizando la conexión profunda entre las manifestaciones de la realidad.
Junto al Dao, el concepto de De (德, dé) constituye otro pilar fundamental del daoísmo, como evidencia el propio título del Dàodéjīng («Clásico del camino y la virtud»). El De puede entenderse como la manifestación particular del Dao en cada ser; la «virtud» o el «poder» inherente que cada entidad posee para realizar su naturaleza esencial. A diferencia de la concepción confuciana de la virtud como cualidad moral adquirida mediante el esfuerzo, el De daoísta representa la potencia natural que emerge cuando el individuo vive en armonía con el Dao.
Otra noción fundamental del daoísmo es la de wu wei (无为, wú wèi), que se traduce literalmente como «no-acción» o «no-hacer». Sin embargo, esta traducción puede ser confusa, ya que no implica inactividad o pasividad. En realidad, el wu-wei se refiere a una forma de actuar que está en total armonía con la naturaleza espontánea del Dao, lo que significa actuar sin esfuerzo forzado ni artificial. El Dàodéjīng ilustra este concepto al afirmar: «El Dao permanente no actúa, pero nada queda sin hacer» (道常不为,但无所不为。dào cháng bù wéi, dàn wú suǒ bù wéi). Esta frase subraya que, aunque el Dao no actúa de manera intencionada, todo sigue su curso natural.
El daoísmo también plantea una importante reflexión sobre la relatividad del conocimiento y el lenguaje. El Zhuangzi expone una epistemología relativista que cuestiona radicalmente la posibilidad de conocimiento absoluto. Célebres parábolas como «El sueño de la mariposa», sugieren la limitación inherente a toda perspectiva particular y la arbitrariedad de las distinciones conceptuales. Esta crítica al lenguaje anticipa algunas posiciones que serán centrales en el budismo mādhyamika y chan/zen.
Además, el daoísmo valora profundamente la naturaleza y la conexión del ser humano con el entorno natural. Se fomenta una relación de respeto y armonía con la naturaleza, considerando que el ser humano es parte de un todo más grande. Esta conexión se refleja en la práctica de la meditación que es un componente esencial del daoísmo. A través de la meditación, los individuos cultivan la paz interior, la claridad mental y una mayor conexión con el Dao. El ámbito fundamental del daoísmo es el mundo de la naturaleza —que abarca dimensiones sobrenaturales o trascendentales adicionales— en contraste con la preocupación del confucianismo por el ámbito social.
Del daoísmo filosófico al religioso
La transformación del daoísmo desde una orientación predominantemente filosófica hacia formas más institucionalizadas y religiosas, se produjo gradualmente durante los últimos siglos de los Estados Combatientes y se aceleró durante las dinastías Qin y Han. Como hemos mencionado, esta evolución no debe entenderse como una ruptura radical, sino como un proceso en el que los conceptos filosóficos se fueron entretejiendo con prácticas rituales, técnicas de cultivo personal y estructuras organizativas.
La dinastía Han proporcionó un marco político más o menos estable que facilitó la sistematización y expansión de las tradiciones daoístas. Durante este período surgieron los primeros indicios de organizaciones daoístas estructuradas. Hacia el final de la dinastía Han tardía, encontramos comunidades como la de los «Maestros Celestiales» (tianshi dao), fundada tradicionalmente por Zhang Daoling en el 142 e.c. en Sichuan, que estableció un sistema jerárquico de maestros y una práctica ritual codificada.
Prácticas y técnicas de cultivo en el daoísmo religioso
Las prácticas de cultivo personal son fundamentales en el daoísmo religioso, con raíces en técnicas desarrolladas desde épocas pre-Han. Estas prácticas buscan armonizar cuerpo y mente, promoviendo un crecimiento espiritual que conecta con el Dao.
Entre las técnicas más destacadas se encuentran los ejercicios físicos y respiratorios, conocidos como dǎoyīny tūnà. Estos incorporan movimientos inspirados en la naturaleza y los animales para movilizar el qì y facilitar su circulación. La absorción consciente del qi de elementos naturales permite conectar con las energías del universo.
El daoísmo también enfatiza la dieta y la abstención. Se recomienda evitar los cereales (bìgǔ) para prevenir el envejecimiento prematuro, sugiriendo en su lugar el consumo de «drogas» vegetales, hongos medicinales y «esencias» derivadas de fenómenos naturales.
La alquimia, tanto externa como interna, se centra en la búsqueda de la inmortalidad. La alquimia externa implica la creación de elixires a partir de sustancias minerales y vegetales, mientras que la alquimia interna se enfoca en refinar las energías dentro del cuerpo, utilizando los «campos de cinabrio» para optimizar la circulación del qi. Estas prácticas buscan no solo la longevidad, sino también la transformación espiritual.
Finalmente, las técnicas de visualización (cūnxiàng) y las meditaciones sobre la vacuidad (zuòwàng) son componentes esenciales. Estas prácticas permiten a los practicantes visualizar deidades y paisajes celestiales, así como trascender la conciencia ordinaria para lograr una unión profunda con el Dao. A través de estas experiencias, los daoístas buscan un estado de armonía y realización espiritual.
Para concluir esta primera parte sobre los orígenes y fundamentos del daoísmo, es importante señalar los elementos que prepararán el terreno para comprender el encuentro histórico entre el daoísmo y el budismo en China. Las prácticas meditativas daoístas de visualización interna (neiguan), el concepto de vacío (wu) y las técnicas de cultivo de la energía vital (qi) que hemos explorado, constituirán puntos de resonancia fundamentales cuando las enseñanzas budistas comiencen a difundirse en territorio chino a partir del siglo I e.c.
Notas:
*Los términos «daoísmo» y «taoísmo» hacen referencia a la misma tradición espiritual y filosófica china. «Taoísmo» proviene del sistema de romanización Wade-Giles, mientras que «daoísmo» utiliza el sistema pinyin, oficial en China desde la década de 1950. Ambos términos son correctos, aunque «daoísmo» es más común en publicaciones académicas contemporáneas.
Bibliografía:
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