Las caravanas del Dharma (I): la Ruta de la Seda y la llegada del budismo a China

DANIEL MILLET GIL 

Este artículo forma parte de nuestra edición especial: «Descifrando el budismo chino»

Puede leer el artículo previo de esta serie haciendo clic aquí

El budismo penetró en el «Imperio del Centro» desafiando los desiertos de la cuenca del Tarim. Las caravanas que surcaban estas regiones hostiles transportaban algo más valioso que la seda, jade o especias: llevaban consigo las enseñanzas del Dharma. Si bien la teoría más aceptada sitúa su llegada a principios del siglo I e. c., durante el ocaso de la dinastía Han (25–220), la evidencia sugiere que no fue un evento súbito, sino una filtración gradual por la Ruta de la Seda, más que una propagación directa desde la India. Aunque existieron otras puertas —como las rutas marítimas desde el sudeste asiático hacia los puertos del sur, que abordaremos en otro momento—, aquí exploraremos por qué la Ruta de la Seda se erigió como la vía privilegiada y cómo el Dharma actuó de puente entre culturas.

La caravana de Marco Polo viajando hacia las Indias. Abraham Cresques, Atlas Catalán

Cuatro factores principales —históricos, militares, culturales y espirituales— explican la llegada del budismo a China en el siglo I e. c. Hablamos de la sólida presencia del budismo que ya existía en Asia Central (Gandhāra y Bactria); del dominio político que la dinastía Han ejercía sobre las vías comerciales; de la importancia estratégica de esta red de caminos y, finalmente, de un contexto de crisis espiritual en China hacia el final de la dinastía. En esta primera parte, nos centraremos en los dos primeros factores.

La presencia del budismo en Asia Central

La difusión del budismo hacia el norte y el este desde la India se llevó a cabo a través de varias vías comerciales y de peregrinación que conectaban el subcontinente indio con Asia Central. En la literatura china antigua, esta región era conocida como la «Región Occidental» (西域) y abarcaba Partia (安息), el territorio de los yuezhi (月氏), precursores del Imperio Kushán; Sogdiana (粟特), asociada con Kangju (康居); además de Khotan (于阗) y Kucha (龟兹). Junto con Bactria, Gandhāra, Margiana y Ferghana —ubicadas en los actuales Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán, el noroeste de China e Irán—, esta región fue el escenario de diversos centros donde el budismo arraigó, se tradujo, interpretó y reinterpretó antes de llegar a China. Puede afirmarse que dichos centros funcionaron como laboratorios de síntesis, en los que múltiples tradiciones espirituales confluyeron para dar origen a nuevas maneras de entender y comunicar las enseñanzas del budismo.

En los primeros siglos de nuestra era, traductores y monjes budistas provenientes de estos reinos y territorios de Asia Central viajaron a China, fomentando tanto la propagación del budismo como el intercambio cultural e intelectual entre ambas regiones. Este arduo trabajo de traducción y exégesis fue fundamental para consolidar el budismo como una de las religiones principales de China, así como para su ulterior desarrollo en formas adaptadas al contexto chino.

Este proceso de difusión en Asia Central, según la tradición, fue impulsado inicialmente por el emperador Aśoka de la dinastía Maurya en el siglo III a. e. c., tras el «Tercer Concilio Budista», celebrado en el año 250 a. e. c. en Pāṭaliputra (actual Patna, India). De acuerdo con crónicas cingalesas, Aśoka habría promovido la fe más allá de las fronteras de su reino mediante nueve misiones diplomáticas y religiosas, destacándose regiones del noroeste como Gandhāra y Bactria (Mahāvasa, cap. XII; Dīpavasa, cap. VIII). Aunque su alcance histórico es objeto de debate, esta narrativa refleja la existencia de conexiones transregionales muy tempranas entre la India y Asia Central, preparando el terreno para la futura difusión budista.

Bactria (norte del actual Afganistán) se convirtió en un punto de inflexión en los siglos III–II a. e. c. debido a su posición estratégica como puerta a la Ruta de la Seda. Durante la época greco-bactriana, el reinado de Menandro I (Milinda) cristalizó, a través del Milindapañha, el diálogo entre el pensamiento griego y el budismo. Asimismo, en el terreno artístico, Bactria, junto con el centro de Mathurā, desempeñó un papel clave en la introducción de la imagen antropomórfica del Buda, lo que desplazó los patrones anicónicos. Sus monasterios, especialmente los de Balkh, se destacaron como importantes centros de traducción y enseñanza. Tras la conquista por los yuezhi en el siglo II a. e. c., la región se integró en el Imperio Kushán, manteniendo su papel como cruce de influencias helenísticas y budistas.

Mapa del reino greco-bactriano en su apogeo (180 a. e. c..). Wikipedia.

Gandhāra (noroeste de Pakistán y este de Afganistán) fue un foco importante entre el siglo III a. e. c. y el V e. c., donde confluyeron tradiciones indias, griegas y persas. Su arte elevó la iconografía budista al fusionar el naturalismo y los drapeados helenísticos con la figura del Buda, dejando una impronta duradera en Asia. Los manuscritos en corteza de abedul de Gandhāra se cuentan entre los testimonios budistas más antiguos, y evidencian pluralidad doctrinal y lingüística en el budismo temprano.

Cabeza del Buda, c. 100–300 e. c.., dinastía Kushán, esquisto gris oscuro, Gandhāra (Pakistán), 38,7 x 23,5 cm. © Trustees of the British Museum.

Sogdiana (actuales Uzbekistán y Tayikistán) articuló el comercio y la religiosidad mediante redes de traducción e intermediación cultural. En fuentes chinas, el clan  «Kang» (康) se vincula con orígenes sogdianos. Intelectuales y traductores como Kang Ju, Kang Menxian, Kang Shenkai y Dharmasatya destacaron en la reinterpretación y difusión de textos, mientras que la proyección mercantil sogdiana cobró mayor peso entre los siglos IV y VII.

Margiana y Ferghana (Turkmenistán y valle de Ferghana) funcionaron como corredores culturales que facilitaron el tránsito de ideas religiosas, artísticas y filosóficas. Ferghana, célebre por los  «caballos celestiales», desempeñó un papel clave en la diplomacia y la capacidad militar de la dinastía Han, reforzando los intercambios transregionales.

Khotan, situado en el desierto de Taklamakán, fue un oasis que conectaba la India con China y un punto de encuentro entre las civilizaciones chinas, indias y tibetanas. Durante los siglos II y III e. c., el budismo llegó a Khotan desde el oeste bajo la influencia del Imperio Kushán. Entre los siglos VII y X e. c. se consolidó el mahayana en Khotan, como lo evidencian los manuscritos y las traducciones al idioma local. El monje chino Faxian lo describió como un próspero centro con miles de monjes mahayana. Entre las traducciones al idioma local destacan el Prajñāpāramitā («La perfección de la sabiduría»), el Vimalakīrtinirdeśa («La enseñanza de Vimalakīrti») y el Sukhavativyuha («La descripción de la Tierra Pura»). Figuras como Mokṣala, activo en 291, contribuyeron a la difusión del budismo en China.

Kucha (en la ruta norte del Tarim) fue uno de los reinos oasis más influyentes. En el siglo III e. c., albergó comunidades śrāvakayāna y mahāyāna, con numerosos monasterios y estupas. Su legado más perdurable fue su contribución a la traducción: la tradición atribuye a Kumārajīva alrededor de 300 versiones, aunque los catálogos modernos reconocen entre 80 y 100 traducciones completas o parciales, fundamentales para el canon chino. A pesar de su declive hacia el siglo VIII, debido a presiones político-militares, su impacto cultural fue profundo y duradero.

Por su parte, Partia (en el actual Irán) actuó como un puente cultural entre el mundo griego y la India, facilitando el intercambio de bienes e ideas. De esta región provino An Shigao, un príncipe que renunció a su rango para ordenarse monje y que, entre c. 148 y 180 e. c., tradujo numerosos textos al chino, destacándose por su notable adaptación terminológica. Junto con An Xuan, consolidó a Partia como un intermediario clave en la expansión del budismo hacia el este.

En cuanto a Escitia, una vasta región habitada por pueblos nómadas, su aporte fue decisivo entre los siglos II y IV e. c., gracias a traductores como Lokakṣema, Zhi Yao, Zhi Qian y Dharmarakṣa, quienes introdujeron y estabilizaron importantes corpus doctrinales en chino. Finalmente, desde la India —cuna del budismo—, traductores como Zhu Foshuo, Dharmapāla y Dharmakāla (siglos II–III e. c.) llevaron directamente las enseñanzas a China, consolidando la transmisión en su tradición originaria.

Fresco del siglo IX de las Cuevas de los Mil Budas en Bezeklik, cerca de Turfan, Xinjiang, China. En la escena Praņidhi n.º 6 del Templo n.º 9, según Mariachiara Gasparini, los hombres a la derecha (uno con barba y cabello negros, y otro con barba y cabello rojos) serían sogdianos, un pueblo del este de Irán.

El Imperio Kushán: un catalizador cultural

Entre los años 30 y 375 e. c., esta potencia fue la pieza clave que garantizó la estabilidad en la Ruta de la Seda. En su apogeo, el Imperio Kushán controlaba las rutas desde el norte de la India hasta Asia Central, y su patrocinio activo de la religión fue fundamental. Su gobierno cosmopolita creó las condiciones ideales: los monasterios florecieron como centros de traducción y las caravanas transportaban no solo mercancías, sino manuscritos sagrados, ideas y prácticas budistas, permitiendo que tanto el mahayana como algunas escuelas del nikaya encontraran un terreno fértil para su expansión hacia China.

El Imperio Kushán se originó a partir de la migración histórica de los yuezhi (yüeh-chi, 月氏), un pueblo nómada que habitaba las estepas de la actual provincia de Gansu, China, durante el primer milenio e.c. Derrotados por los xiongnu en el 176 a.e.c., los yuezhi se dividieron en dos grupos. Los yuezhi mayores emigraron hacia el noroeste, atravesando el valle del Ili, Sogdia y llegando a Bactria, donde la tribu kushana fundó un imperio clave para el desarrollo de la Ruta de la Seda y la expansión del budismo hacia China. Por su parte, los yuezhi menores se desplazaron hacia el sur, estableciéndose cerca de la meseta tibetana. Algunos se integraron con el pueblo qiang en Qinghai, fundaron el estado-ciudad de Cumuḍa (actual Kumul/Hami) o se mezclaron con poblaciones locales. Esta migración no solo transformó el panorama político de Asia Central, sino que también impulsó el intercambio de tecnologías y conocimientos entre Oriente y Occidente.

Durante el reinado de Kaniṣka I (127-151 e. c.., aproximadamente), el budismo experimentó uno de sus momentos de mayor expansión y desarrollo. La tradición sarvāstivāda sitúa en su reinado un «Cuarto Concilio» en Cachemira, una asamblea que habría contribuido a sistematizar textos y comentarios budistas. Bajo su patrocinio, el arte de Gandhāra alcanzó máximo esplendor. Durante esta época se acuñaron monedas con imágenes del Buda y se construyeron numerosos monasterios y estupas, incluida la famosa estupa de Peshawar, que, según fuentes chinas, alcanzaba los 120 metros de altura. Este periodo marcó un momento decisivo en la transformación del budismo de una religión regional a una fe transregional, lo que facilitó su integración en el tejido cultural de China.

Las regiones de Asia Central no fueron meros espacios de tránsito, sino verdaderos campos de experiencia cultural en los que el budismo experimentó profundas transformaciones. Su ubicación estratégica en la intersección de civilizaciones india, persa, helenística y nómada permitió un rico intercambio de ideas y prácticas religiosas. La Ruta de la Seda actuó como un sistema nervioso cultural por el que comerciantes, monjes viajeros y embajadores transportaban no solo mercancías, sino también arte, filosofía y espiritualidad, convirtiendo los monasterios budistas en centros de conocimiento cosmopolita. Figuras como Kumārajīva, aunque posteriores, ejemplifican cómo estos intercambios dieron lugar a traducciones clave del sánscrito al chino, lo que enriqueció la doctrina budista.

Las comunidades budistas de Asia Central reinterpretaron activamente el budismo, traduciendo textos a lenguas locales como el sogdiano, el bactriano y el khotanés. Este proceso implicaba mucho más que una traducción literal: suponía una reelaboración conceptual que enriquecía la doctrina original. En Gandhāra, surgió un estilo artístico único que fusionaba elementos grecorromanos con la iconografía budista, dando lugar a esculturas del Buda con rasgos occidentalizantes mediante técnicas helenísticas, lo que constituye un testimonio de esta extraordinaria síntesis cultural. Esta adaptabilidad fue crucial para preparar al budismo para su expansión hacia China, donde interactuaría con el confucianismo y el taoísmo, transformándose en formas propias como el budismo chan (zen).

II – El dominio militar, político y cultural de la Ruta de la Seda en el siglo I e.c.

Desde los inicios de la dinastía Han, el imperio enfrentó un desafío geopolítico colosal: la confederación xiongnu. Estos poderosos jinetes y guerreros nómadas de las estepas al norte de China representaban una amenaza constante para las fronteras y la estabilidad del imperio. Además, bloqueaban el acceso de la dinastía Han a las codiciadas tierras occidentales, dificultando así su expansión territorial y comercial.

Fue el emperador Wu de los Han (141-87 a. e. c.) quien comprendió que resolver la cuestión de los xiongnu exigía una estrategia multidimensional. Su ambiciosa visión no se limitaba a la fuerza bruta; integraba el dominio militar con una sofisticada red de alianzas diplomáticas para aislar a sus enemigos. El objetivo era doble: debilitar el poder de los nómadas y, simultáneamente, abrir nuevas rutas comerciales que transformarían la geopolítica de la región.

Zhang Qian deja al emperador Han Wudi aprox. del 130 a. e. c.. para su expedición diplomática a Asia Central. Mural en la cueva 323, cuevas de Mogao, circa siglo VIII e. c.

En 138 a.e.c., esta estrategia se concretó con el envío del emisario Zhang Qian en una misión diplomática que resultaría ser un punto de inflexión histórico. Aunque al principio no logró la alianza militar que buscaba y fue capturado y retenido por los xiongnu durante una década, su expedición reveló un panorama geográfico-cultural nuevo. Zhang Qian regresó a China tras su extraordinario viaje con información valiosa para la corte Han sobre la existencia de reinos muy prósperos en Asia Central, posibles rutas comerciales y recursos estratégicos, incluidos los codiciados «caballos celestiales» de Ferghana, lo que transformó la comprensión china del Oeste y sentó las bases para la futura expansión Han.

La política imperial se materializó en la ocupación de territorios estratégicos. Los Han imperaron en el corredor de Hexi y la cuenca del Tarim con gran fuerza militar y política. Situaron guarniciones y forjaron alianzas con reinos locales. Tal expansión no se limitó a una conquista geográfica; se concibió como un proyecto de integración cultural y económica que modificaría drásticamente el sistema de intercambios entre Oriente y Occidente.

En el siglo I e.c., el Imperio Han ya había consolidado un área de dominio sin precedentes sobre la Ruta de la Seda, transformándola de un simple corredor comercial en un complejo sistema de intercambio político, económico y cultural. El control se extendía más allá de los límites geográficos tradicionales, estableciendo una red de influencia que conectaba China con Asia Central, el subcontinente indio y los territorios del oeste. La supremacía de los Han se manifestaba en una sofisticada infraestructura: un sistema de postas y guarniciones militares garantizaba la seguridad de las caravanas. Además, se establecieron puntos de control estratégicos en el corredor de Hexi y la cuenca del Tarim, permitiendo no solo la protección de las rutas comerciales, sino también el control efectivo de los flujos de mercancías y personas.

Lo que había comenzado como una necesidad geopolítica de contención se convirtió gradualmente en un corredor de intercambio único. La Ruta de la Seda empezó a tomar forma, no solo como un camino comercial, sino también como un conducto de intercambio cultural profundo. Comerciantes de diversas regiones transitaban por estas rutas, transportando no solo mercancías, sino también ideas y prácticas culturales.

Más allá del comercio, los Han promovieron una estrategia de integración cultural notable. El budismo comenzó a penetrar en la sociedad china, introduciendo nuevas perspectivas filosóficas. Artistas, monjes y comerciantes de diversas regiones no solo transitaban las rutas, sino que también se asentaban, generando un mestizaje cultural único.

Así quedó preparado el escenario geopolítico: con las rutas abiertas por la ambición de los Han y los centros emisores de Asia Central en plena ebullición. En la próxima entrega, analizaremos por qué esta red viaria cobró una importancia comercial, cultural y religiosa sin precedentes y, fundamentalmente, exploraremos el vacío espiritual que vivía China al final de la dinastía; un terreno fértil que esperaba, sediento, las semillas del Dharma.

Bibliografía

  1. Benjamin, Craig (2007). «The Yuezhi: Origin, Migration and the Conquest of Northern Bactria». Brepols, Turnhout.
  2. Foltz, Richard (2010). «Religions of the Silk Road: Premodern Patterns of Globalization». Palgrave Macmillan, Nueva York.
  3. Hansen, Valerie (2012). «The Silk Road: A New History». Oxford University Press, Oxford.
  4. Lamotte, Étienne (1988). «History of Indian Buddhism: From the Origins to the Saka Era». Peeters Publishers, Lovaina.
  5. Liu, Xinru (2010). «The Silk Road in World History». Oxford University Press, Nueva York.
  6. Thapar, Romila (2002). «Aśoka and the Decline of the Mauryas». Oxford University Press.
  7. Zürcher, Erik (2007). «The Buddhist Conquest of China: The Spread and Adaptation of Buddhism in Early Medieval China». Brill, Leiden.
  8. Salomon, Richard (2018). «The Buddhist Literature of Ancient Gandhāra». Wisdom, Boston.
  9. Rong, Xinjiang (2013). «Land Routes of the Silk Road in the Han to Tang Periods», en Susan Whitfield (ed.), «The Silk Road». British Library, Londres.

Puede leer la segunda parte de este artículo haciendo click aquí