La teoría del «decrecimiento económico» y la felicidad interna bruta de Bután. Tangencias y lejanías 

DOUGLAS CALVO GAÍNZA

a. El «decrecimiento económico»: una teoría radical de Occidente

La teoría del decrecimiento constituye la más rotunda negación del concepto occidental de desarrollo continuo y crecimiento indetenible en términos económicos. Como alternativa, los «decrecentistas» ni siquiera apelan al «desarrollo sostenible», al que tienen por astuta estrategia verbal un mero cambio de nombres con el que se camuflan superficialmente las viejas confianzas en un desarrollismo e incremento socioeconómico imparables, maquilladas con algunos coloretes ecologistas.

A Bhutanese woman and child smile (Paula Bronstein: Getty Images)

Dice al respecto el principal teórico de esta corriente, Serge Latouche:

Generalmente, cuando hablamos de «desarrollo» pensamos en los países del Sur, mientras que, cuando hablamos de crecimiento, nos referimos más bien a los países del Norte, pero, en cualquier caso, es siempre la misma lógica de la acumulación, de la utilidad en el sentido económico. Y, simplemente, en el fondo, después de la caída del muro de Berlín en 1989 (…) el desarrollo, como un proyecto del Norte hacia el Sur, pierde su sentido, ya que solo hay una economía de mercado: es la lógica del mercado la que es la misma en todas partes. Sin embargo, curiosamente, el desarrollo no desaparece del horizonte: retoma una nueva vida con la adición del adjetivo «sostenible» porque, al mismo tiempo que el mundo está «unificado», es alcanzado por la crisis ecológica. Y, para afrontar la crisis ecológica sin modificar fundamentalmente el funcionamiento del sistema, encontramos esta estrategia verbal, esta extraordinaria invención lingüística del «desarrollo sostenible», un bonito oxímoron (Bellver, 2010, s. p.).¹ 

Serge Latouche, teórico del decrecimiento Fuente: https://share.google/CiRUFifKf3EzPDZb0

Para la propuesta del decrecimiento, toda sociedad que progresa económicamente se halla inherentemente sujeta a la desigualdad, la explotación irracional de los recursos naturales y el daño ecológico irreversible. De modo que la locomotora económica debe sofrenar, sin excusa ni pretexto, su carrera enloquecida para marchar, una vez más, de la mano con el poder regenerativo del planeta.

Para ello, el decrecentismo ostenta una agenda bastante bien definida. Por ejemplo, se propone la ruptura con la lógica capitalista de acumular sempiternamente más y más capital en una espiral infinita (que es igual de «infinita» en sus efectos destructivos para el planeta Tierra, sobre el que ha arrojado los indóciles corceles de la desertificación y el cambio climático). A cambio, se optaría por el retorno a la agricultura ecológica (y, en especial, la urbana), por cesar la dependencia del petróleo y acudir a las energías renovables, por reducir los medios de transportación como el automóvil, e incluso acortar el trabajo humano innecesario mediante la redistribución de las horas laborales.

Sin duda, esta propuesta reviste tintes anticapitalistas, como lo demuestra su lógica alternativa a la «acumulación por la acumulación», e incluso su barrunto de una distopía cuasi fascista que pudiese sobrevenirnos si no cambiamos de rumbos: una donde las masas remanentes en un océano de polución planetaria parecen quedar bajo el control autoritario de los magnates supervivientes y sus ejércitos. Triste destino (para nada imposible ni meramente ciencia ficción, en criterio de este autor) de una especie que actúa como si avanzara hacia su propia autodestrucción por la anhelosa persecución de un consumismo sin brida ni luz.

A cambio, el decrecentismo pretende la simplicidad de vida y la promoción del consumo responsable, por el retorno a una sociedad frugal y con respeto al ecosistema. Pero se habla acá mucho más que de un escapismo romántico y «neorrural»: se trata de un cambio decisivo de paradigma socioeconómico y de una renuncia al fetichismo que adora los preciados «logros» ganados tras la Revolución Industrial. Y, sin proponer exactamente una «re neandertalización» del *Homo sapiens*, resulta evidente que no podemos seguir así indefinidamente sin afrontar graves riesgos para nuestra propia supervivencia.

Resumiendo: el decrecentismo es bandera económica, ecológica, ideológica y política, la cual aspira a ser enarbolada sobre una sociedad verdaderamente sostenible, una donde el desarrollo no tenga como daño colateral la vida planetaria y la supervivencia de la especie. Claro, habrá muchos que fruncirán las cejas escépticamente y pronunciarán la sentencia inapelable: «Semejante sociedad es irrealizable, pura utopía». Pero ¿será realmente así, solo un sueño utópico? Oigamos a Latouche una vez más:

Una vez que uno se sale de la religión de la sociedad de consumo y crecimiento, una vez liberado del imperialismo de la economía, ahí nos podremos encontrar con la diversidad de las culturas (…) La idea es volver a entender el sentido de la medida. ¡Esta idea no es nueva! Las sociedades buscaron canalizar la falta de moderación y las filosofías se basaban en la sabiduría de limitar sus necesidades: la filosofía de Epicuro, la africana, el taoísmo y el budismo (CLAES, 2016, s. p.).² 

Resuena en esas líneas el optimismo. Pero, además, se citan ejemplos venerables del ayer humano. Efectivamente, en algunos momentos de nuestra historia fuimos (o, al menos, aspirábamos a ser) más libres de la esclavitud a la tecnología y al embrutecimiento del trabajo exhaustivo y frenético. En ciertos períodos de nuestro ayer, el ideal no era tener siempre más y mejor, sino, simplemente, saber tener o, incluso, no tener. Y los ejemplos aducidos por Latouche son más que pertinentes.

Mas ¿por qué limitarse uno a siglos ya fenecidos? Puesto que se habla del budismo, mención forzosa ha de hacerse de un esquivo reino actual en los Himalaya, donde la praxis ha desmentido la negación apriorística del planteamiento decrecentista y hasta lo ha apuntalado parcialmente. Nos referimos a Bután.

Tashichho Dzong es una impresionante fortaleza y monasterio budista en Thimphu, capital de Bután. Photo de Craig Lewis.

b. Bután: tangencias y lejanías con el decrecentismo

En el caso de Bután, lo primario a señalar es el aspecto práctico, tangible y realista de la persecución de las utopías. Es un reino predominantemente budista vajrayāna (escuelas Nyingma y Drukpa Kagyu), y esa espiritualidad basal ha influenciado, a qué dudarlo, la visión peculiar e «indígena» de los butaneses respecto al desarrollo. Esta aspira al bienestar no solo humano, sino de todas las especies, mediante la búsqueda de un manejo del medioambiente y de la sociedad humana dotado con sentido moral, metas a largo plazo y honda espiritualidad, en vez de conseguir simples instantes felices basados en el consumo de bienes materiales (obtenidos a costa del holocausto ecológico). La paz colectiva y el servicio mutuo, desarrollados en un fluir de armonía con la naturaleza y todos los seres sintientes, se revelan como muy superiores al individualismo consumista y materialista occidental y a su dogma del progreso indetenible, que ha tornado a las monótonas ciudades de acero y cristal en espacios donde el espíritu se encoge y los signos monetarios parecen ocupar el lugar del simbolismo espiritual.

Consiguientemente, el reino asentado sobre la cordillera no se abalanza tras abultadas cifras de vertical ascenso económico, sino que persigue la «Felicidad Interna Bruta» (FIB), considerando que el desarrollo nacional engloba por igual lo sociocultural, espiritual, político, económico y ecológico en un crecer mancomunado y armonioso. Y, en ese sentido, la propuesta butanesa se basa en una bien diversificada gama de índices, que incluyen:

i) Salud (física y mental, con reporte de salud del propio ciudadano, de sus días saludables y discapacidades).

ii) Educación (nivel de alfabetismo y asistencia escolar, conocimientos y valores).

iii) Estándares de vida (vivienda, salario e ingresos per cápita en los núcleos familiares). 

iv) Uso del tiempo (¿cuánto para trabajar y cuánto para dormir…?).

v) Buen gobierno (su garantía de derechos fundamentales y de participación política, entre otros aspectos).

vi) Diversidad y resiliencia ecológicas (o sea, la responsabilidad hacia el medioambiente, el daño a la vida silvestre y los problemas urbanísticos).

vii) Bienestar psicológico (satisfacción vital, emociones positivas y negativas; espiritualidad…).

viii) Vitalidad comunitaria (donaciones en tiempo y dinero, relaciones a nivel comunitario, familia, seguridad). 

ix) Diversidad y resiliencia culturales (perseverante habla del idioma nativo, participación cultural, dotes artísticos, código de vestimenta tradicional butanesa).

Como puede verse, al decir de una especialista: «En contraste con el desarrollo centrado en el PIB, que promueve el crecimiento económico excluyendo el desarrollo espiritual y mental (…), la naturaleza holística de la Felicidad Interna Bruta promueve la aproximación del camino medio, que mantiene el balance entre necesidades de la mente y del cuerpo». Por ende, «tanto el decrecimiento como la FIB apuntan a balancear las necesidades económicas con las espirituales y emocionales, maximizando el bienestar y minimizando el sufrimiento, matizando la felicidad externa con la interna y el bienestar material con el no material», ya que «la FIB es la secularización de un concepto budista que ubica una felicidad con sentido y valores más profundos en la vida, como el propósito central de esta última» (Verma, 2017, p. 484).³ 

Ahora bien, el decrecimiento y la FIB no son analogables del todo, obviamente. Pues, aunque los butaneses proponen que se modere el incremento económico y resaltan su *sui generis* escala (obviamente la más budista de los conceptos económicos, ya que apunta a la dicha espiritual como aquel índice que reemplaza la ciega fe en la cuantificación del espíritu humano), sin embargo, dicho reino apuesta asimismo por el vilipendiado «oxímoron» del crecimiento sostenible.

Vista de Bután Fuente: https://pin.it/7FYXqVuLM

En efecto, hay un punto clave de divergencia entre decrecentistas y butaneses. Para los primeros, la clave es una negación radical del ideal de crecimiento ilimitado y una irreductible orientación hacia el ambientalismo anticapitalista, la cual busca decrecer económicamente —es decir, ralentizar y redimensionar la maquinaria productiva global—. A su vez, el reino oriental sí pacta con un crecimiento económico moderado —es decir, con las ruedas girando menos aprisa—, pero donde el PIB se subordine a la dicha nacional o bienestar integral basado en principios budistas. No obstante, incluso desde aproximaciones que responden antagónicamente al tema del desarrollo («no» entre los seguidores de Latouche y «sí» entre los de la monarquía asiática), unos y otros concuerdan en que un irrevocable ascenso económico orientado al consumo no hace feliz a la humanidad.

Sin duda, el híperdesarrollo no ha traído la felicidad a la especie. Para ser críticos: más bien esa progresiva conversión en *Homo oeconomicus*, que ha fomentado el modelo predominante en Occidente, suele ir acompañada de un empobrecimiento del espíritu. Mercado único, mundo único, pensamiento único: una forma de totalitarismo sutil, solapado pero real, en el que la lógica del dinero condiciona, de manera implacable, la vida y la dignidad de millones de personas.

De hecho, espiritualmente, la sociedad de consumo se asemeja a una urna de brillante cristal, pero en donde se preserva en su más pura esencia la insatisfacción (*dukkha*). A este consumismo sin brújula, consustanciales le resultan el estrés y el antidepresivo o la droga…, con los que se buscan fatigosos atisbos de paz, hasta que se recobra de nuevo la conciencia y el interior se ve invadido por un vacío difícil de soportar, casi como un infierno tecnificado. Porque el *samsara* superdesarrollado sigue siendo samsárico.

Ese retorno a la frugalidad y el contentamiento, que predican decrecentistas y promulgadores de la FIB, así como su instigación a reaccionar con horror ante tal devastación del ecosistema y restaurar tanto ya perdido para, además, salvar lo que aún resta, representa una obvia tendencia de las religiones dhármicas del Oriente como el budismo (e, incluso más, su «primo» cercano: el jainismo). Hoy somos ecologistas por urgencia, donde los arahants del pasado lo eran por iluminación.

Arte sobre Buda ecológico. Fuente: https://pin.it/6sln9GXRK

De manera que hay considerables tangencias entre la teoría del decrecimiento y la experiencia butanesa: mucho para dialogar, comparar y formular. No obstante, nótese que la FIB ya ha rebasado el nivel de lo exclusivamente abstracto y teórico, mientras que aún el «decrecentismo» debe brindar señales más nítidas de su implantación exitosa. 

Notas

  1. Bellver Soroa, José (2010). Entrevista a Serge Latouche.
  2. Centro Latinoamericano de Ecología Social (CLAES) (2016). Texto citado sobre decrecimiento y sabiduría de la medida.
  3. Verma, Ritu (2017). Artículo sobre la Felicidad Interna Bruta (FIB) y su naturaleza holística.