El loto en el cafetal: budismo en las letras de Costa Rica
JOSÉ RICARDO CHAVES
Este artículo forma parte de nuestra edición especial «El budismo y literatura iberoamericana»
La aparición del budismo en Costa Rica comenzó sutilmente con la inmigración china desde la segunda mitad del siglo XIX, relacionada con la construcción de los ferrocarriles tanto al Atlántico como al Pacífico, tanto en calidad de mano de obra como como pequeño comerciante que coadyuvaba a las necesidades de los trabajadores. Sin embargo, este budismo no trascendió socialmente, sino que se quedó y murió con esos individuos pioneros, pues lo que a nivel colectivo se observó no fue la permanencia en sus viejos credos (recordemos que tampoco todos los chinos son budistas, hay también confucianos, taoístas y escépticos) sino su conversión al catolicismo, como bien lo muestra el testimonio de una de sus representantes, Hilda Chen Apuy.
En su libro autobiográfico De la vida, del amor y la amistad (2008) señala tal rasgo de la vieja inmigración china que tan bien se integró al país, con centro en Puntarenas, en la costa del Pacífico, procedente de Cantón y Macao, a diferencia de la inmigración más reciente, ya no rural, sino urbana, que habla en mandarín y no en cantonés, y que cultiva más sistemáticamente los vínculos con el viejo país sin descuidar los nuevos, para poder adaptarse sólo en parte. Tómese, por ejemplo, la negativa del padre de Doña Hilda Chen a enseñarle la lengua china, para forzar así su integración, algo inconcebible para los últimos chinos, para quienes la lengua de los ancestros es esencial, fundadora de identidad. Más adelante volveremos al caso de Chen Apuy.
El Buda étnico de Esparta
Un testimonio, no de conversión, sino de mantenimiento de las antiguas creencias, lo encontramos en una crónica de Jorge Cardona (1888-1975), de su libro Hombres y máquinas (1958), donde se narran sus experiencias con los ferrocarriles al Caribe y al Pacífico, a inicios del siglo XX. Jorge Cardona pertenece a un linaje literario notable: su padre fue Jenaro, uno de los primeros novelistas de Costa Rica; su hermano, Rafael, gran poeta modernista tardío y emigrado a México, al que se le comparó favorablemente con Darío; y su hijo, Alfredo, buen poeta y cultivador de literatura fantástica y de ciencia ficción, también binacional. El capítulo VI de su libro de memorias ferrocarrileras se titula «El altar de Buda» y menciona a un comerciante chino de Esparta, en la ruta a Puntarenas, José Acón, «que heredó, mejor que ninguno, no sólo la expresión del tipo asiático, sino la parsimonia de su estirpe silenciosa». Recuerda su ancho rostro, «su frente espaciosa como de humanista», no puede olvidar la larga trenza de pelo natural que casi le llega al suelo, ni el kimono descolorido en el que se aprecia un alado dragonzuelo en la espalda.
No obstante su budismo, este comerciante tenía el vicio del juego. Lo interesante es que la devoción y el juego compartían un mismo espacio físico, aunque separados por una cortina a la hora de apostar: «El aposento o sala de juego tenía al fondo un altar en honor a Buda, pequeña joya, quizá la única en toda Esparta. Relucía como un retablo estofado en oro y tan hermoso como los mexicanos de estilo barroco. Día y noche lo mantenía iluminado con farolitos en forma de torrecillas rojas, envuelto en una tímida niebla de incienso que ponía olor a sacristía y convidaba a la meditación». Se trata de «un oratorio que tenía bajo su custodia, junto con sus compañeros de nacionalidad que con él vivían, guardándole todos las más cumplidas muestras de respeto y cariño». Vemos aquí un budismo vivo en Esparta, pero sin mayores consecuencias para el resto del país.
El Buda teosófico
A finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, el budismo llegaba al país no sólo por la inmigración de asiáticos, sino también por las élites artísticas e intelectuales locales que se alimentaban del orientalismo y de la teosofía por entonces influyentes, y que también llegarían a las clases medias. No se trata de un budismo ortodoxo y asiático sino de uno leído desde la Europa decimonónica y construido en vínculo con el esoterismo de la época, que experimentaba un gran florecimiento, como no se veía desde el Renacimiento. Había también un budismo académico en Europa, de eruditos que traducían del sánscrito y del pali, y otro de aficionados y lectores curiosos, de viajeros y artistas, muchos de ellos alimentados por ese budismo pasado por el filtro de la teosofía.
Buenos ejemplos literarios en Costa Rica son dos poetas de inspiración teosófica, Roberto Brenes Mesén (1874-1947) y José Basileo Acuña (1897-1992), que escribieron poemas con el Buda como tema. El primero, además de escritor, fue un notable filólogo que incluso incursionó en el sánscrito; tiene un poema titulado «La prueba del fuego» (de su libro Voces del Angelus, de 1916), que dice así: «Se incendió el pinar entero/ de mi juventud pasada;/ fue como un castillo de hada/ sobre el oro de un brasero./ Entre llamas, sin sendero,/ mi pobre alma desolada/ se lanzó a correr, llevada / por algún poder austero./ Ante el resplandor del fuego/ elevó hasta Dios un ruego/ y cayó de hinojos, muda./ Y de pronto, entre dragones,/ sobre llamas y carbones,/ vino hacia ella el manso Buddha».
Por su parte, José Basileo Acuña escribió «El Buda» en 1951, nada menos que en la ciudad india de Sarnath, donde Gautama dio su primer discurso y puso así a «girar la rueda del Dharma», su discurso de liberación de la vida sufriente. Por entonces, Acuña vivía en la India y ocupaba un importante puesto en la sede mundial de la Sociedad Teosófica, en Adyar, Madrás. El poema dice así: «¡Oh refugio de paz, dulcísimo/ como miel exquisita de colmena;/ vaso de compasión, ternísimo/ como roce del mar sobre la arena!/ ¡Loto de soledad, mansísimo/ como la noche de silencio plena;/ pan de renunciación, castísimo/ como del cielo la quietud serena!/ ¡Oro de beatitud, purísimo/ como terso marfil de luna llena;/ viento de eternidad, suavísimo/ como soplo de Dios en las azucenas!».
Ambos poetas, junto con su teosofía, ven al Buda bajo la óptica cristiana, pues, aparte del vocabulario afín a la mística católica, introducen el concepto de Dios en sus versiones, asunto ajeno al budismo. Algo parecido hizo en pintura un teósofo hispano-costarricense por la misma época, Tomás Povedano de Arcos (1847-1943), uno de los fundadores de la primera logia teosófica en el país, la Virya, en 1904, cuando pintó a Buda, pues su acuarela debe más a la iconografía cristiana que a la budista, y pareciera ilustrar más bien al Cristo del Evangelio.
El Buda académico
Más atinada en su acercamiento al budismo fue la ya mencionada Hilda Chen Apuy (1923-2017), intelectual y escritora de origen chino, quien estudió arte y cultura asiáticos en Estados Unidos, México, Inglaterra, Holanda, Japón y la India. En este último país trabó una duradera amistad con el escritor y filósofo español Raimundo Panikkar (1918-2010), a quien rememora en uno de sus artículos: «Una tarde en Banaras, sentados frente a una taza de té, en las afueras de la gran Puerta de entrada de la Universidad, conversamos de distintas cosas que ahora no recuerdo. Solamente quedó en mi memoria una parte de la conversación, cuando mirándome de frente me dijisite: ‘tú y yo somos una mezcla de Oriente y Occidente: tenemos que servir de puente’ […] Puentes para la comprensión intercultural, interreligiosa, como tú lo has querido a lo largo de tu vida. […] Como en la tradición india quisiera sentarme a tus pies y reverenciarte como hace el discípulo ante su maestro» (2008: 77-78). En una de mis visitas a su casa, hace muchos años, doña Hilda me regaló justamente un libro de Panikkar: El silencio del Buddha: una introducción al ateísmo religioso (1996), que conservo como valioso recuerdo. Chen Apuy se dedicó a divulgar diversos aspectos de las culturas asiáticas en su país, no solo en sus clases y escritos —literarios y académicos—, sino también en conferencias, cursos y pláticas para un público amplio. En 1985 fue condecorada por el gobierno de Japón con la «Orden del Tesoro Sagrado», primera mujer latinoamericana en recibir dicha distinción, y en 1989 el gobierno de Taiwán la condecoró con la «Medalla de la Cultura».
Eunice Odio o el Buda incompatible con la creación estética
Después de las incursiones poéticas de Brenes Mesén y de Acuña en la primera mitad del siglo pasado, podrían mencionarse dos casos más recientes de autores con referencias budistas, ya en la segunda mitad. El primero es el de la poeta Eunice Odio (1919-1974), quien, ya establecida en México, tuvo oportunidad de conocer más de budismo y filosofías asiáticas, no solo por amistades como la poeta venezolana Olga Kochen —vinculada al hinduísmo y al yoga—, o por su relación amorosa con quien sería su marido, el pintor mexicano Rodolfo Zanabria (1927-2004), interesado sobre todo por el budismo Zen, sino también por su gusto por la literatura de los beatniks norteamericanos, como Jack Kerouac y William Burroughs —su preferido—, afines a un budismo libérrimo, y que ella tuvo oportunidad de leer con más detalle durante su estadía en Nueva York entre 1959 y 1962.
No obstante estos atisbos búdicos, Eunice Odio se mantiene en un campo que podríamos definir como de «esoterismo cristiano», tanto católico como rosacruz, que la alejan de la posibilidad de aceptar al budismo como eje filosófico, pues lo considera como contrario a su sentir poético. En una carta a su amiga Kochen, señala: «Yo, Olga, no quiero la paz, la serenidad y mucho menos el “desapasionamiento”. Si yo encontrara eso que dices, haría una poesía pacífica, serena y desapasionada, pero no conseguiría conmover las entrañas del hombre, porque yo misma no estaría conmovida. No, para la poesía sirve la constitución que Dios me dio: intranquila y apasionada. No quiero el Nirvana, sino la Poesía. Ten la seguridad de que ella me dará el conocimiento que necesito y me abrirá ‘una puerta’ si es que ‘debe abrirse’. […] El poeta no debe quererse tanto que aspire a cosas tan infinitamente bellas para sí como el nirvana. ¿Qué le quedaría, entonces, para dar al hombre? ¿Y cuál, si no ese, es el oficio y la obligación indeclinable del poeta? ¿Cuál, si no darle sus bienes a la criatura humana? Por otra parte, siendo como es un camino o método de conocimiento o, mejor dicho, de un ‘conocimiento especial’, puede abrir un camino de perfección, también especial, que sirve para ‘saber’ y ‘moverse’ en ese ámbito. Se puede asegurar que el poeta no tiene tiempo para el Nirvana; tiene que renunciar al Nirvana o dejar de ser poeta. Las disciplinas que llevan a ambos lugares, casi se oponen. O, al menos, yo lo veo así» (1996 I: 316-317).
Parecida incompatibilidad entre budismo y creación estética mostrará a uno de los personajes de su cuento «El rastro de la mariposa» (1968), un pintor —quizás basado en Zanabria—, quien exclama: «No soy ni nunca podré ser pintor zen». Siempre seré pintor a secas, inevitablemente pintor ante todo. Haga lo que haga, no logro desasirme del goce estético. Mi mente y mi espíritu no consiguen prenderse a la exaltación del koan, llamados por las apariciones de la belleza. […] Durante dos años noté que cuanto más me internaba en la senda del koan, tanto más me ligaba al goce estético en sí, en vez de desligarme de él… hasta que me fundí con él en forma tal que hemos llegado a ser una y la misma cosa… Yo… Un estado del alma, mientras sobre la tela hago nacer la animación que nunca cesa. Nada más quiero ni puedo ambicionar. El misterio del koan no me dio el Nirvana, pero sí el centro de mi equilibrio en la Tierra…Y presiento que algo más que tal vez nunca llegue a saber… Los designios del Altísimo son inescrutables» (1996 I: 282-283).
Un buda sincrético
Otro autor importante con luces búdicas en su escritura, que irrumpió en la segunda mitad del siglo pasado, fue Óscar Álvarez (1950), quien en la década del 70 fue distinguido dos veces con el Premio «Joven Creación de Cuento» de la Editorial Costa Rica por sus libros Herejías para topos (1977) y Enigmas y sacrilegios(1979). En 1977 recibió en Buenos Aires, Argentina, el Premio Latinoamericano de Cuento Jorge Luis Borges. Es sobre todo en su poesía y prosa breve donde afloran de manera sincrética las referencias budistas, tal como se aprecia en títulos como El templo del jaguar (1984), Monasterios de vidrio (1984) y El océano secreto(1995), en donde lo budista convive con diversidad de referentes esotéricos y religiosos, algo muy propio del ambiente New Age en que surgían, apenas equilibrado por los contrapesos de una práctica de budismo Zen del autor que se manifiesta en lo que se escribe. La brevedad ha sido siempre un sello de la escritura de Álvarez, tanto en la prosa como en la poesía, que, lejos de separarse como géneros distintos, tienden a juntarse en él. Esto ha llevado, sobre todo en el ámbito poético, a cierta incomprensión por parte de la crítica local hacia sus propuestas estéticas, que han pasado inadvertidas o malinterpretadas, lo que es una lástima, dado el aporte renovador que significaron en su momento. El propio autor pareciera haber aceptado algo de este rechazo crítico, pues su escritura literaria se debilitó en la producción de los últimos años, desplazada más bien por el ensayo político y social.
El recorrido anterior por la literatura costarricense del siglo XX nos ha permitido seguir el hilo rojo de una presencia búdica en sus textos, que incluye la descripción asombrada de Cardona, la aceptación teosófica de Brenes Mesén y Acuña, la reflexión cultural de Chen Apuy, el rechazo estético de Eunice Odio o el jugueteo Zen de Óscar Álvarez. Más allá de los aciertos y sacrilegios de sus posturas, sus pros y sus contras, lo cierto es que todos ellos testimonian el florecimiento literario del loto búdico entre los aromas ajazminados del cafetal costarricense.
Bibliografía
Cardona, Jorge. Hombres y máquinas. San José: Lehmann, 1958.
Chen Apuy, Hilda De la vida, del amor y la amistad. Un puente entre culturas. San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 2008.
———————– En el Pabellón de la Primavera. Cuentos, meditaciones y poemas en prosa. San José: Editorial Universidad Estatal a Distancia, 2012.
Odio, Eunice Obras completas I. San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 1996.
