El desafío de permanecer desafiado

VENERABLE KARMA TENPA

Este es el tercer artículo de una serie de cuatro denominada Nuestras vidas urbanas, en la que desarrollo con un entendimiento personal, e inspirado por el texto Los ocho puntos del entrenamiento de la mente de Gueshe Langri Tampa, mi convencimiento de cómo las extraordinarias enseñanzas enunciadas varios siglos atrás, tienen plena vigencia en nuestras sociedades contemporáneas y urbanas.

Puede leer la segunda parte de este artículo aquí

La vida más allá de su naturaleza biológica y de las detalladas descripciones científicas es para muchos, entre los que me encuentro, un gran misterio. Un misterio que en nuestro nacimiento abre la invisible puerta a todo lo que llegará a continuación y se marchará en algún momento.  Así nos desafía la vida para ajustar lo que se mueve en nosotros, comprender lo que nos ocurre, por qué nos ocurre y, sobre todo, cómo estamos con eso que ocurre. Necesitamos desarrollar la cualidad de la aceptación, humildad ante la verdad, para poder vivir desde dentro del modo más constructivo posible hasta llegar a reconocer quienes auténticamente somos.

Shutterstock | Lincoln Beddoe

Convencionalmente entendemos que los desafíos son algo a superar y que, superados, la victoria nos corona, pero en este nuevo artículo de la serie «Nuestras vidas urbanas», apunto a contrariar esta inercia y permanecer en el desafío mismo, aprendiendo a vivir desde un paradigma mayor, el del amor y la compasión, dándole un significado mayor a nuestras vidas.

El «desafío» que planteo en este artículo surge de los versos 5 y 6 del texto Los ocho puntos del entrenamiento de la mente de Gueshe Langri Tampa.

Verso 5:

Cuando otros debido a la envidia

me maltraten acusándome y despreciándome,

que acepte la derrota

y les ofrezca a ellos la victoria

¿A que, en este preciso instante, te estás revolviendo en tu asiento? Querer explorar este verso y no huir de él, es todo un desafío como lo es reconocer cuáles son mis sufrimientos, cuáles son las causas de estos pesares, cómo puedo soltar el dolor. Ninguna lista se completa si no están presentes nuestras propias derrotas, caídas, decepciones o cualquiera de las embestidas que la vida nos propina.

Salir de la guarida

¿Cómo salir del pequeño mundo competitivo de todos contra todos? ¿Nos damos cuenta de hasta qué punto nos circunscribimos al modelo de victoria y derrota? ¿Qué podemos hacer cuando nos vemos en ese modelo en el que no cabe otra opción más que la de sentirnos condenados o condenar? Exploremos la posibilidad cierta de vivir en un estado de apertura, creativo y amistoso con nuestras experiencias. Un espacio mayor donde poder gestionar la reactividad emocional, conservando nuestra sensación de integridad ante las demandas y manipulaciones del exterior, y ante los miedos y compulsiones del interior. Aprendamos a despedirnos de nosotros mismos con amor por lo que no pudimos ser y agradecimiento por lo que sí somos, y ofrecer desde esa libertad la extraordinaria posibilidad de que las cosas manifiesten lo que son para poder también ser nosotros mismos lo que auténticamente somos.

¿Solo victoria y derrota?

Antes de continuar, una aclaración para no generar malentendidos al tomar el palo por el lado equivocado: desde la metáfora «para mí la derrota y para ellos la victoria» estamos transitando entre observar a un «yo particular», el de la identidad personal, y el ser conscientes de las dimensiones mayores que nos constituyen, la psicológica, la ontológica, y la espiritual, pero al tiempo podemos ocuparnos naturalmente por la atención y el cuidado que nos merecemos. Este desafiante verso no justifica las arbitrarias agresiones ni, tampoco, propone la indefensión. Si queremos jugar a la comba debemos tomar la cuerda por ambos extremos, si queremos llegar a quienes somos debemos atender a todos estos aspectos, los relacionales y trascendentales, hasta encontrar lo sagrado en lo cotidiano, la llegada en la despedida y el amor en el desamor, podemos generar una victoria de todos, la victoria de la comprensión, del perdón y de la compasión sobre el rencor, la ira, el desprecio y el enojo.

Estamos yendo hacia esa dimensión profunda o espiritual, que se refiere a nuestra identidad última, de la que han hablado siempre sabios y místicos de todas las tradiciones para comprender cómo este olvido, o ignorancia original, se plasma inmediatamente en confusión y sufrimiento. Solo la comprensión adecuada de nuestra verdadera identidad dota de sentido a toda nuestra visión y posibilita la experiencia de plenitud. Si paulatinamente vamos sabiendo quiénes somos y el potencial que hay en nosotros, si nos vamos recordando la belleza que anida en cada uno de nosotros, a partir de ese reconocimiento encontraremos una manera de gestionar el malestar básico. Toda práctica seria cambiar nuestra manera de mirar la vida.

¿Quién pregunta es quién responde?

Una de las preguntas que nos hacemos es ¿quién soy yo?, ¿qué soy yo? y la graciosa paradoja es que quien pregunta, el «yo», cree tener la respuesta, pero la auténtica aparecerá cuando deje de preguntar. Pero el yo, al que le encantan más las preguntas que las verdades, no concibe recibir como respuesta el silencio, la mejor respuesta entre todas las posibles, y busca afanosamente en el dolor, el sufrimiento, la alegría, el descontento, la frustración o la satisfacción esa anhelada respuesta que le confirma yo soy quien sufre, yo soy quien está alegre, yo estoy descontento, frustrado o satisfecho. Desde una suerte de «ignorancia fundamental» cree encontrar un yo estable en lo inestable, alimentando su ansiosa necesidad de control congelando lo impermanente a través de los mecanismos de apego, rechazo o indiferencia.

¿quién soy yo?, ¿qué soy yo?

La mayoría de las veces solo podemos hacer algo solo dentro de nosotros mismos, cuidando nuestras necesidades, pero previniéndonos de nuestra reactividad. La « derrota» puede ser el movimiento espiritual por excelencia, el de la paz y la libertad. Pocos buscan la paz desde la sencillez, pocos quieren ser él mismo, casi siempre se piensa en la paz después de haber vencido al otro imponiéndole su idea de paz.

La dupla derrota y victoria, nos lleva a dialogar con nosotros mismos abriéndonos a la vulnerabilidad para investigar qué hay. No me limito al enojo, acusación o desprecio: intento ver la imagen que provoco en los demás, ¿me señalan un aspecto difícil de mí? Para mí la derrota es, en estos términos, no crear más polaridad, por lo tanto, menos sufrimiento. Tal vez, como dice Gilbert «tengamos que aprender a romper nuestro condicionamiento, a cuestionar nuestros valores y reacciones emocionales, a ser conscientes de nuestra mente, a aprender sobre ella, a buscar una solución compasiva y a practicar la creación de la compasión como patrón cerebral preferido. Esto requiere valentía para abandonar un pasado de certezas, abrir nuestros corazones, desafiar nuestras propias reacciones emocionales, estudiar, explorar, descubrir, cambiar, responsabilizarnos y practicar. Debemos tener en mente que la dirección del viaje es hacia un cambio en nuestra mente». * Necesitamos reconocer nuestras guerras internas y el sentirnos perseguidos por las circunstancias externas no es la solu­ción.

Necesitamos ejercitarnos en este doble acercamiento, los dos extremos de la cuerda: lo convencional y lo trascendental, hasta ir saboreando que podemos amarnos tal como estamos, y que podemos aprender a estar con lo que nos está sucediendo sin perdernos en cavilaciones que despiertan amenazadores fantasmas y horizontes desiertos, podemos vivir en el vergel del presente confiando en nuestro corazón, haciéndonos diestros para desmontar los funcionamientos destructivos y para crecer desde dentro, desde lo mejor de nosotros mismos para vivir las dificultades y las circunstancias dolorosas, como oportunidades de maduración. Solo haciéndonos amigos de aquello que más nos asusta podemos llegar a una sabiduría plena. La resolución del conflicto interno también reduce el mal producido por el inconsciente que contribuye a peligrosos movimientos colectivos.

Desafío 6: Aprender de la desilusión

Cuando alguien a quien haya ayudado

y en quien haya depositado grandes esperanzas

me dañe profundamente y sin motivos,

que pueda considerarlo como mi supremo maestro.

Podemos aplicar esta idea a todas las relaciones personales, se trata de la expectativa y el desengaño, de los desencuentros, de la frustración, del enojo y del perdón. Lo primero a tener en cuenta en este contexto es que no se trata del otro, no se trata de nadie más que de nosotros, de cómo estamos con lo que sucede, de qué podemos aprender de todo desastre. No se trata de aplaudir ni de consentir actitudes nocivas, censurables, se trata de cómo recibimos al dolor que no hemos invitado a nuestra vida. Se trata de esa inquietud que nos quema y que está preñada del deseo de escapar y de encontrar a algo o alguien a quien culpar o que nos rescate.

Nada sucede al gusto de nuestros sueños. El hecho de sentirse fuera de sitio, con el corazón roto, con el estómago revuelto, con el sentimiento de estar des­validos, descentrados y queriendo venganza, podemos convertirlo en una situación donde no permane­cemos atrapados en una conflictividad mayor y podemos abrir nuestros corazones y mentes más allá de sus anteriores límites. Es un estado muy sensible, no agresivo y de final abierto.

Navegar en esa incertidumbre, pillarle el truco a rela­jarse en medio del caos, desarrollar la habilidad de pillarnos a nosotros mismos cuando se ponen en evidencia la sensación de fraude y decepción. Acompañarnos bondadosa y compasivamente mirando los barrancos por los que caemos es parte de la senda cruda y honesta de la espiritualidad. Pillarnos una y otra vez, nos guste o no, cada vez que estemos aferrándonos al resentimiento, a la amar­gura o a la indignación, cada vez que estemos aferrándo­nos a lo que dañe.

Que todo se nos venga abajo es una prueba y también una especie de curación. Las cosas se caen a pedazos y después éstos se vuelven a juntar. Simplemente sucede así. La curación proviene del he­cho de dejar espacio para que todo esto ocurra: espacio para la pena, para el alivio, para la aflicción y para la alegría. Parafraseando a Pema Chodron, en la medida en que nos exponemos a la aniqui­lación una y otra vez podemos hallar en nosotros aquello que es indestructible, la naturaleza primordial y amorosa. El amor a la verdad que ve lo que ocurre, no lo que «elegimos» ver, nos pone en nuestro sitio. Cuando seamos leales amigos de esa verdad nuestras situaciones también se volverán más amistosas.

¿A quién cuidamos más, le ofrecemos tanto y en un momento nos defrauda? No cuidamos a nadie más tanto como a nosotros mismos, y a veces nos sentimos decepcionados, defraudados o dañados por nosotros mismos.

Javier Melloni nos dice: «cuando nos enjuiciamos despiadadamente sometemos la realidad a nuestras estrechas categorías de bien y mal, correcto e incorrecto, tonto, listo, etc. Al juzgarnos y sentenciarnos nos condenamos a nosotros mismos privándonos de que la realidad nos sorprenda y nos bendiga con todo aquello que no sabemos ver en nosotros y en los demás. El juicio surge de nuestra rigidez, de todo aquello que hemos reprimido de nosotros mismos. El juicio, que no el discernimiento, despersonaliza, me anula, anula al otro y nos arrastra al exterminio de uno mismo y del otro. Todos perdemos. El discernimiento no justifica ni condena a las personas, sino que identifica los actos y los abarca desde una visión más amplia, percibiendo de dónde proceden y adonde conducen. El discernimiento da contexto vital a cada actuación a partir de ella misma, mientras que el juicio se aleja y elimina el reconocimiento del rostro de cada uno en nombre de la abstracción de lo que “debe ser”». **

La autoafirmación rígida y endurecida del yo no deja espacio para ser, no nos deja ser y nos impide ver el ser en el otro. Somos seres relacionales y nuestras mutuas miradas nos pueden recrear o destruir. Todos estamos necesitados de ser reconocidos en lo que realmente somos. Un reconocimiento recíproco es la base de relaciones sanas y maduras. Pero reconocer al otro no significa confundirse con él, porque eso lleva a la alienación. Reconocer implica reconocerse en la diferencia y ser capaces de celebrarla y sostenerla. Liberarnos de nuestros propios tribunales internos, dejar de exiliarnos de nosotros mismos y de desterrar a los demás lugares inhóspitos sin rostros.

La mayoría de nosotros no solemos considerar que estas si­tuaciones tienen algo que enseñarnos; las detestamos automática­mente y huimos de ellas como locos, empleando todo tipo de vías de escape: muchas neurosis surgen de ese momento en el que llegamos al límite y no podemos soportarlo. Sentimos que tenemos que suavizarlo, acolcharlo de alguna manera, y nos ha­cemos adictos a cualquier cosa que parezca aliviar nuestro dolor.

Soñamos con muchas formas de dis­traernos de este momento, de suavizar la dureza de su filo, de amortiguarlo para no sentir el pleno impacto del dolor que senti­mos cuando no podemos manipular la situación para mantener nuestra mejor apariencia. La meditación es una invitación a notar el momento en el que llegamos al límite y a no dejarnos arrastrar por la esperanza o por el miedo. A través de la meditación podemos ver con clari­dad lo que está ocurriendo con nuestros pensamientos y emocio­nes, y también podemos dejarlos ir.

Lo bueno de la meditación es que, aunque nos cerremos, ya no podemos cerrarnos de ma­nera ignorante, porque vemos claramente que lo estamos hacien­do y este mismo hecho empieza a iluminar la oscuridad de la ig­norancia. Podemos ver cómo corremos, nos ocultamos y nos mantenemos ocupados para no tener que dejar que nos penetren el corazón. Por otra parte, la meditación también nos permite encontrar la forma de abrirnos y relajarnos.

Desplegar una actitud de humildad y sencillez nos permite, tanto, asumir con determinación nuestras opiniones y pareceres como al mismo tiempo, renunciar a toda identificación rígida y egocéntrica. Nos invita a residir en la apertura de la no-conclusión desde donde puede emerger una solución mayor al conflicto y a la parcialidad impuesta.

* Paul Gilbert. La mente compasiva una nueva forma de enfrentarse a los desafíos vitales, Editorial Elephteria, 2020.

** Javier Melloni. De aquí a Aquí: Doce umbrales en el camino espiritual, Editorial Kairós, 2022.


Venerable Karma Tenpa es un monje budista, argentino, residente en España. En el año 2007, recibió de parte de S. E. Situ Rimpoche la ordenación de guelong (monje completamente ordenado). Participa en la formación de voluntarios en el acompañamiento espiritual en el proceso de morir en la Fundación Metta Hospice (https://fundacionmetta.org/). También gestiona el programa Creciendo en Nepal, cuya actividad se centra en recaudar fondos para dos hogares de acogida para menores en Katmandú.

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