Nuestras vidas urbanas IV: Los ocho desafíos para una vida con sentido

VENERABLE KARMA TENPA

Pueden leer la tercera parte de este artículo aquí

Este es el último artículo de la serie Nuestras vidas urbanas, y bien sea que el lector haya leído los artículos anteriores, o sea este el primero (puede leer la primera parte de este artículo aquí) creo que para todos es oportuno que nos preguntemos ¿por qué me intereso por el budismo o la espiritualidad? ¿Tal vez compruebo que en la mayoría de mis lugares habituales las cuestiones esenciales referidas al sentido de la vida y la muerte casi nunca se abordan y, por lo tanto, hay una suerte de empobrecimiento de la reflexión? ¿Siento que la reificación, la cosificación del otro, ha capturado lo esencial, una humanidad en común, y vemos a los demás como objetos de competencia, conquista, descarte o desprecio?

El mundo cotidiano nos muestra mucho sobre casi todo, pero nos enseña poco de lo esencial, de cómo podemos vivir en esa humanidad en común, que es uno de los propósitos de Los ocho puntos del entrenamiento de la mente de Gueshe Langri Tampa, el texto en el que me baso para estos artículos.

Del fondo de los tiempos a la actualidad

La necesidad de que los principios de la ética, del bien común y de la armonía vertebren a las comunidades para una vida personal y social justa, está presente desde el fondo de los tiempos a la actualidad. En el pódcast titulado Viajando al futuro que dirige Mario Foncillas, divulgador en innovación y profesor, en el capítulo sobre el trabajo, entrevista, entre otras profesionales, a Liliana Arroyo Moliner, doctora en Sociología y especialista en innovación social digital, quien comenta que el concepto de trabajo está muy vinculado al concepto de sociedad por lo que, en el tipo de sociedad a la que estamos aspirando y tejiendo, esto no puede ser ignorado.

Comenta que «las prospectivas futuristas plantean que, de haber la tecnificación laboral que se prevé, nuestras inteligencias y capacidades se podrán poner en otros aspectos en los que los humanos aportamos mucho más valor, como la creatividad, la empatía y la intuición.» También habla de cómo las humanidades están resurgiendo; estamos en un «momentum» espectacular en que se plantea qué lugar ocupan la ética, la filosofía, el hacerse preguntas, dotar de sentido a las herramientas tecnológicas que estamos desarrollando y el impacto que esto provoca.

Fuente: https://blog.prototypr.io/ethical-principles-for-humane-technology-19f4fb3b0ba2

Nuestro concepto de qué es una vida humana es de tal magnitud que ya no se puede dejar compartimentada a las ciencias humanistas y el desarrollo tecnológico; todas estas disciplinas deben converger porque no se entendería un mundo más tecnificado sin esta vertiente más humanista. Por eso, el auge de corrientes de humanismo tecnológico que puedan contribuir a un trabajo con visión social, filosófica y humanista, y a la innovación tecnológica, no solo impacta en el mundo laboral, sino que es, también, una revolución social con sus implicaciones, con lo cual siempre debe estar por delante cuál es la sociedad que queremos y qué es lo que tenemos que hacer para llegar a ella.

Séptimo desafío. El sufrimiento de los demás, esos delicados jardines 

El legado de la tradición budista dialoga con las voces contemporáneas cuando afirman que «pisar compasivamente» estos delicados jardines nos hace más humanos y solidarios. Se trata de un cambio interno que nos rescata de la insensibilidad y nos acerca al otro colaborando para que recupere la vitalidad física y emocional amenazada por el sufrimiento. Es el poder transformador del amor que enjuga las lágrimas por las pérdidas, las frustraciones, la enfermedad o la muerte. La compasión es el espejo del corazón, donde se refleja el sufrimiento, propio y ajeno, que nos sensibiliza y motiva para aliviarlo. Es el brillo de nuestra amorosa mirada que rescata de la sombra del sufrimiento al otro, iluminando su dignidad y poniéndonos en marcha.

¿Cómo entrenar esa sensible mirada? Estabilizando una profunda y leal amistad con nosotros mismos, para desarrollar nuestra mejor versión. Convirtiéndonos en nuestro mejor amigo. Una auténtica amistad que nos dice una y otra vez lo que hay en nuestro corazón. Que nos lo repite cuando no le escuchamos, nos lo susurra dándonos ánimo cuando estamos abatidos o nos lo dice con autoridad cuando no le creemos.

Una amistad que no pide contrapartidas, solo anima a que descubras la enorme bondad y cualidades que hay en ti y que desde esa bondad reconozcas la bondad que hay en los demás, aunque a veces esté oculta, como lo ha estado en ti. Entonces puedes ser tú quien se lo repita a otros cuando no lo escuchan, que se lo susurres cuando estén abatidos y que se lo digas con autoridad cuando no lo crean.

Convertirnos en acogedores y en acogidos

No habremos de aceptarnos a nosotros mismos, ni recibirnos en nuestro propio corazón si nos envuelve el miedo y la culpa. Podemos acogernos con la ternura incondicional de la compasión cuando estemos pasando por situaciones tan difíciles como un divorcio, temores por la salud de nuestro hijo, hayamos recibido un diagnóstico serio sobre nuestra salud o incluso sabernos ante la muerte.

Todos estamos aprendiendo a afrontar el sufrimiento y a descubrir la compasión que brota de nuestra naturaleza más profunda cuando desmontamos nuestros condicionamientos más arraigados, puestos en marcha para rehuir del dolor. Esa renuncia es una vía de acceso a la compasión. En vez de luchar contra la vida, o de huir de ella, somos capaces de abrazar nuestra vivencia y en ella abrazar a todos los seres con presencia plena y tierna. Con la ternura de la compasión no solo dejamos de huir del sufrimiento, sino que ponemos en él deliberadamente nuestra atención.

“Buscando la amabilidad humana”. Fuente: Unsplash

Las dos alas para volar y dejar atrás nuestro sufrimiento, atravesándolo eso sí, no evitándolo, son la atención plena y la compasión. La primera, la atención plena o el ver con claridad, es la cualidad lúcida de la conciencia que reconoce con exactitud lo que está pasando, sin dejarse llevar por pensamientos especulativos, defensivos u hostiles.

Por ejemplo, cuando la atención plena ilumina el malestar somos conscientes de los pensamientos, y las fantasías, que lo alimentan, de cómo nos sentimos impulsados a combatir o a huir, pero gracias a que el miedo o la esperanza no manipulan nuestra vivencia, la atención plena nos permite ver la vida tal como está siendo. No podemos aceptar sinceramente una vivencia si no estamos viendo con claridad lo que está ocurriendo.

La otra ala, la compasión, nos capacita para relacionarnos con ternura y disponibilidad. En vez de resistirnos, o vernos secuestrados, por nuestros sentimientos de miedo o de pena, podemos abrazar nuestro dolor con la misma fortaleza y bondad que una madre sostiene en brazos a su pequeño enfermo. Así es, entonces que, en vez de criticar nuestros deseos, los que fueran, los observamos con delicadeza y con cariño. La compasión nos ofrece reconocer nuestras vivencias y nos acompaña para mantener una relación íntima con la vida en ese momento tal como es. Gracias a la compasión, nuestra aceptación es todo corazón y completa la acogida.

Todos nuestros pesares y sufrimientos podemos convertirlo en una vía de acceso a la compasión. Nos convertimos en acogedores de nuestras propias penas, dejamos de alimentar nuestros viejos roles de severo juez, de adversario imbatible o de víctima irrecuperable. Pero esta vez no desarrollamos un nuevo rol, sino que una apertura valiente, junto a una ternura intrépida, hacia nosotros y hacia los demás, se despliega derramando amor y comprensión en nuestro dolor.

Octavo desafío. Reconocer lo auténtico donde esté y lo frívolo donde se esconda

¿Qué hay detrás de nuestra búsqueda de lo que parece bueno y placentero, y la evasión de lo que no lo es? ¿Qué buscamos realmente? ¿Qué tipo de paz esperamos obtener?

La dinámica del deseo y la aversión, de la esperanza y del temor, mantiene funcionando nuestra atención en las preocupaciones más superficiales en términos existenciales, empujándonos a perseguir espejismos de felicidad, soslayando lo verdaderamente importante tanto para lo inmediato como para lo trascendente.

En tanto tratemos de que todo se acomode a nuestra idea sobre cómo deben ser las cosas, cómo deben desarrollarse, estamos atrapados. Y siempre falta algo: ¿no lo han notado? El mundo que nos rodea nunca parece estar del todo bien, o solamente lo está por un segundo, hasta que algo más sucede.

Todas las mañanas, cuando despertamos nos preguntamos: ¿el mundo me hará caso? Podemos pasar toda nuestra vida preocupándonos de esta manera, atrapados entre nuestro deseo de que las cosas salgan como queremos y resistiendo la manera en que de todos modos ocurren, o podemos desarrollar la habilidad interior para reconocer que este proceso sucede dentro de nosotros.

Podemos abrirnos a la vida desde una mirada mayor que solo lidiar con las situaciones. Por mucho que queramos lograr reconocimiento, placer, alabanza y reputación, la realidad es que siempre ganamos o perdemos algo. A veces las cosas se tornan complejas y sufrimos o nos critican, hay incomodidad, dolor, nuestras relaciones personales cambian, o llegan su fin, como la salud incluso, porque finalmente también perdemos nuestra preciosa vida.

En vez de dejarnos arrastrar por las frivolidades mundanas, podemos volvernos conscientes de nuestros pensamientos y emociones a medida que surgen, y discernir qué hacer con ellos. Podemos volvernos más abiertos y adaptables en lugar de identificarnos totalmente con nuestras esperanzas y temores, reconociendo lo auténtico, la capacidad extraordinaria de ofrecer y recibir amor.

Los seres humanos somos seres relacionales y nos necesitamos para afrontar las dificultades de la vida, para celebrar los logros, para sentirnos integrados, respetados y queridos. Estas relaciones y necesidades recorren múltiples direcciones, partimos a visitar el corazón de los otros y otros llegan al nuestro. Necesitamos que la mirada del otro testimonie nuestra presencia y podemos, nosotros, confirmar al otro su acogida en nuestro corazón.

Como idea resumen de estos cuatro artículos quiero dejaros esto: compartamos el anhelo y entusiasmo de que nuestras voces sean hebras que tejan el entramado de sabernos partícipes activos en una humanidad en común. Que cada encuentro nos traiga un enriquecimiento mutuo que nos sostenga y anime en la búsqueda de maneras de estar, entender y sentir lo que la vida nos trae y lo que la vida se lleva.

Necesitamos desarrollar la cualidad de la aceptación que es humildad ante la verdad, para poder vivir desde dentro del modo más constructivo posible hasta llegar a reconocer quien auténticamente somos. La compasión contiene, y expresa, estas cualidades, la de la aceptación porque dialoga con lo que sucede, la de la humildad porque se hace disponible hacia el amor con todos y nos hace vivir del modo más constructivo posible, hasta llegar a reconocer auténticamente lo que somos: esa misma compasión.

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Venerable Karma Tenpa es un monje budista, argentino, residente en España. En el año 2007, recibió de parte de S. E. Situ Rimpoche la ordenación de guelong (monje completamente ordenado). Participa en la formación de voluntarios en el acompañamiento espiritual en el proceso de morir en la Fundación Metta Hospice (https://fundacionmetta.org/). También gestiona el programa Creciendo en Nepal, cuya actividad se centra en recaudar fondos para dos hogares de acogida para menores en Katmandú.

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