El budismo y los nuevos paradigmas de la inclusión

SERGIO STERN NICOLAYEVSKY

Cuando en zazen tomamos la postura de meditación formamos un mudra con las manos llamado el «mudra cósmico» —colocamos palma izquierda sobre palma derecha con los pulgares ligeramente tocándose, creando así un óvalo que apoyamos sobre nuestro regazo. Mucha gente pregunta, ¿qué significa este mudra? ¿Tendrá alguna connotación esotérica? Pero el mudra, aunque lleve en su interior la palabra «cósmico», la cual no deja de ser extravagante, simplemente quiere decir: «todo está incluido». Todo está incluido en ese óvalo que sostenemos con tanto cariño y tanto cuidado como el punto de apoyo de nuestra práctica de sentarnos. Todo está contenido. Es lo que intentamos significar. Se dice que cuando el Buddha histórico, Siddhartha Gautama, hace más de 2,500 años tuvo su gran despertar debajo del árbol bodhi logró algo magnánimo, indescriptible: alcanzó la iluminación. Sin embargo, en realidad, él no logró nada. Sería más correcto decir que pudo olvidarse finalmente de todo logro, de toda meta, de la necesidad de tener algo que alcanzar. El futuro Buddha contempló la estrella del amanecer y simplemente pudo ser él mismo —pudo serestar completamente presente— y sentir con todo su ser; compartir su sentir con el sentir de todos los seres en un momento de gran intimidad, de insondable compenetración. Emitió estas famosas palabras: «Yo y todos los seres despertamos juntos». Despertar con todo quiere decir que no hay interrupción. Nada queda fuera. Todo está incluido. Todo es bienvenido. Reparamos el mundo a través de nuestra atención amorosa. Todo ya está despierto cuando nos relacionamos de esta manera, cuando olvidamos nuestro yo. El rabino Ben Zoma preguntó, «¿quién es sabio?» Y contestó: «Aquella persona que aprende de todo»; mientras que el maestro Unmon afirmó: «El mundo entero es medicina». El mundo entero. No hay interrupciones. Cuando nos sentamos en meditación podemos intentar concentrarnos en un objeto en particular creyendo que de eso se trata la práctica y que todo lo demás constituye una distracción. Pero el verdadero espíritu del zazen es comprender que no hay distracciones. La concentración se define no como la capacidad de no desviarse de un objeto sino como la capacidad de armonizar con todo, ser parte de una danza compartida. Todo viene a enseñarnos algo. Es en este sentido que Dogen Zenji definió la iluminación como «intimidad con todas las cosas».

El primero de los Cuatro Grandes Votos en el zen dice así: «Los seres son innumerables, nuestro voto es liberarlos». La práctica imposible de salvar a todos los seres es el camino del bodhisattva. Todos los seres quiere decir todos los seres; no sólo aquellos que corresponden a nuestro clan, a nuestra tribu, o que son nuestros correligionarios. De igual forma entonces: inclusión. El esfuerzo es el de incluir. El esfuerzo interminable e imposible de incluir. Aquí un ejemplo de ello. Me entero a través de uno de mis maestros zen que un viejo amigo suyo está desarrollando en Israel/Palestina un proyecto para trabajar con niños israelíes y palestinos y promover que se conozcan entre sí, que se relacionen en un espacio compartido, que descubran, con suerte, que ambos son una manifestación de la naturaleza de Buddha. A mí me interesa mucho porque viví un año en Israel y tengo la intención de regresar a pasar un tiempo más prolongado ahí. Me sería increíblemente significativo participar en una iniciativa como ésta. La Fiesta de la Naturaleza Búdica, describió Jerry así su proyecto: el lugar donde podamos descubrir que todos los seres, sin excepción, estamos hechos a imagen y semejanza de D-os y compartimos la naturaleza de Buddha. El Becker Children of Abraham Project tiene como objetivo crear una escuela en la frontera entre Israel y Palestina donde puedan aprender juntos algunos niños provenientes de ambos pueblos, ambos orígenes, y hacerlo a manos de maestros tanto árabes como judíos. Juntos. Unos y otros. No o sino y. Inclusión. Lugar para todos. Dice Mohamad, uno de los participantes de este proyecto: «Quiero crear el mundo en el que quiero existir —un mundo donde musulmanes y judíos vivan juntos en amor, percibiendo la santidad del otro». Estas personas piensan que el paradigma dominante tiene que ser desafiado, un paradigma que dice que los judíos y los musulmanes están en un conflicto inherente y que el conflicto solo puede resolverse mediante el poder. La mera existencia del proyecto envía un mensaje poderoso: que la gente está cansada del odio. La existencia de propuestas como ésta da a las personas silenciosas y asustadas el coraje de presentarse. Musulmanes y judíos, israelíes y palestinos, que tal vez nunca pasaron mucho tiempo juntos, trabajarán juntos y tendrán la oportunidad de abrir sus corazones. La situación actual en Israel/Palestina es una vergüenza para la gente decente. Podemos hacerlo mejor. Darse cuenta de que los judíos y musulmanes son hermanos y hermanas es la única base para un mundo nuevo y mejor.

Esto y lo otro. Los seres humanos vivimos en una paradoja de dimensiones francamente monumentales y sin fácil solución: somos solos con otros. Lo cual constituye nuestro predicamento. Hemos de vivir en este mundo como es, en una condición en la que simultáneamente tenemos que atender nuestras propias necesidades y deseos, luchar por una vida auténtica y genuina, llevar a cabo nuestro proyecto hasta las últimas consecuencias, con convicción y sinceridad. Simultáneamente debemos entender que vivimos con otros y que compartimos este planeta. Nuestras relaciones con ellos y con ellas deben ser valoradas, así como nuestro vínculo con todos los demás seres —animales, plantas y minerales—. Todo esto debe de ser tomado en cuenta. No podemos hacer nada solos desde el momento en que nacemos. Necesitamos de los demás. Dependemos totalmente de nuestro entorno. Al mismo tiempo, hemos de encontrar una fidelidad hacia nosotros mismos, tenemos ese deber inapelable que cumplir con la propia singularidad. El rabino Hillel enuncia así esta paradoja:

Si no soy para mí, ¿quién lo será? Si no soy para el otro, ¿de qué se trata? Y si no es ahora, ¿cuándo?

Becker Children of Abraham Project. Fuente https://www.childrenofabraham.info/

¿Cómo encontrar un camino que le dé cabida a ambos lados de la cuestión? Vivimos en un mundo cada vez más fragmentado, polarizado, fanatizado. De aquí se desprende la urgencia de construir nuevos paradigmas que nos permitan pasar de una versión donde prima el esto o aquello a una donde prime el esto y aquello. Partir el mundo por la mitad sólo nos lleva a medias verdades. Se requiere de una perspectiva novedosa. La premisa del capítulo al que fui invitado con tanta generosidad a escribir por parte de la Universitat Rovira i Virgili y la Fundación Dharma-Gaia para la obra colectiva Estudios budistas en América Latina y España y que lleva el título El budismo y los nuevos paradigmas de la inclusión es ésta: el espíritu de nuestra práctica radica en la visión de que todo está incluido y de que en realidad no existen las interrupciones. Esta es la práctica imposible de cuidar de todos los seres: aunque imposible, no por ello ha de ser abandonada. Y este es el regalo que el budismo le ha brindado a la humanidad: visión recta —recordar siempre el punto de vista que se abre desde la experiencia de la vacuidad y de transitar por el camino de en medio. Parafraseando a la feminista y crítica social bell hooks: «La vida espiritual es primordialmente el compromiso con una forma de pensar y de comportarse que tenga en cuenta los principios de interdependencia e interconexión entre los seres». Esta es justamente la visión que se desprende a partir de un paradigma de inclusión. Después de todo, los psicoanalistas también lo han dicho (a su manera). Freud habló del Eros o las fuerzas de la vida como aquellas que operan del lado de la complejidad y de la creación unificadora. Wilfred Bion también definió la cura en un psicoanálisis como la capacidad de tolerar la complejidad y Donald Winnicott como la capacidad de tolerar la ambivalencia dentro de nuestras relaciones, el amor/odio que las caracteriza, sobre todo cuando se trata de nuestros seres más queridos. Construir un recipiente espacioso, un contenedor tan vasto que pueda incluirlo todo. La cura gira en torno a la oportunidad que tenemos de pasar verdaderamente a una perspectiva más incluyente, abarcativa, fundamento primario de la compasión. Escribe el estudioso del Talmud Marc-Alain Ouaknin en su libro Elogio de la caricia: el sendero que nos conduce a un vivir verdadero está marcado por la urgencia de rehusar «toda lectura ‘por decreto’ que venga a seleccionar, podar, escoger y apartar la imprevisible turbulencia y la complejidad incalculable de los fenómenos». Para nosotros, este es el sentido de la frase «todo está incluido».

En este capítulo hago justicia a esta propuesta que parecería ser nada más teórica, pero que no lo es. Atravieso algunos de mis propios escritos, como el recién publicado El cuenco vacío, donde exploro muchos de estos temas; hablo de las ideas del Rabino Avraham Itzhak Kook, gran partidario de los paradigmas de inclusión en la lucha que caracterizó su época a principios del siglo XX; hago referencia a mi tripié (budismo, judaísmo y psicoanálisis), ese que me ha sostenido para no volverme loco en este mundo enajenado y enajenante; a las yuxtaposiciones benjaminianas; al significado más profundo y verdadero de la palabra shalom o paz; al lugar que también debe ocupar la disputa, la discusión y las diferencias —la «guerra» de las palabras—; las imposibilidades intrínsecas a esta búsqueda, a esta lucha en aras de la inclusión. Mi interés es contribuir al desarrollo de un zeitgeist donde puedan privilegiarse el buen trato, la bondad y el amor. Inclusión no quiere decir abolición de diferencias. Es el arte de tejer entre diferencias, el salto de una rana que lleva a cuestas la consigna de dejar atrás la espada de las dicotomías inconmensurables y se decide a viajar libremente impulsada por el soplo generado por el esto y el aquello. Como mencioné anteriormente, en la historia de su despertar, el Buddha como persona no ha de ser encontrado. Esta reflexión sirve como una meditación importante sobre la insustancialidad de toda identidad, del rígido aferramiento a cualquier cúmulo de identificaciones que nos obliguen a tomar posturas monolíticas e inamovibles.

En el poema «La armonía entre lo diferente y lo igual» del maestro zen Sekito Kisen está escrito: «La luz y la oscuridad se oponen la una a la otra como el pie derecho y el izquierdo al caminar. Cada uno de la miríada de fenómenos tiene su propio mérito, expresado de acuerdo con su función y lugar».

Esta es la idea que nos inspira y nos concierne. Ojalá disfruten del Compendio y de los trazos juguetones que se despliegan en este capítulo.

Acerca del autor

Sergio Stern es psicoanalista en práctica privada desde 1989. Hizo su licenciatura en la Universidad de California, en Berkeley, y realizó estudios de posgrado en la Asociación Psicoanalítica Mexicana, en el Instituto de Psiquiatría, King’s College London, Reino Unido, y en la Universidad de Duquesne en Pittsburgh, Pennsylvania, donde cursó una maestría en existencialismo y fenomenología.

Nacido en la ciudad de México, en una familia de emigrantes judíos que llegaron a México escapando del antisemitismo y de las condiciones precarias de vida en Europa del Este en la década de los veinte.

A lo largo de su trayectoria, ha impartido numerosas pláticas sobre budismo y psicoanálisis en distintos centros de meditación, como Budismo Libre en la Ciudad de México y Yoga del Mar en el Puerto de Veracruz; y publicados artículos académicos y de divulgación sobre el tema. Vive en la Ciudad de Xalapa, Veracruz, México, y es fundador de Montaña Despierta, un espacio para la práctica de la meditación inspirada en el budismo zen, ubicado desde el 2008 en dicha ciudad. Montaña Despierta es miembro de Branching Streams, una red de centros de práctica en la tradición del maestro Suzuki Roshi y perteneciente al Centro Zen de San Francisco, donde Sergio se ha entrenado y aprendido de sus maravillosos maestros y maestras durante muchos años.

En el último año, Sergio estuvo viviendo en Israel, en la ciudad de Jerusalén, donde ha profundizado en sus estudios de judaísmo, filosofía judía y la cultura hebrea. Se sigue preguntando quién es y qué es esta vida tan extraña, condición itinerante de aquellos que comprenden que la vida es un viaje o proyecto inacabado.

Enlaces:

Enlace para Montaña Despierta, Espacio para la Práctica de la Meditación Inspirada en el Zen www.mdzen.com