Ética solo hay una

MAESTRO DENKÔ MESA

El modelo de conducta que plantea el budismo está recogido en el óctuple sendero, la cuarta de las Nobles Verdades, donde se habla del modo de vida correcto. Siguiendo las indicaciones de Siddhartha Gautama, observamos que los tres aspectos fundamentales para vivir en un estado de presencia, se establecen al mantener el equilibrio entre śīla —comportamiento, disciplina—, samādhi —meditación— y prajnā —sabiduría. Por otro lado, con la consolidación del Mahāyāna y la irrupción de la vía del bodhisattva, encontraremos referencias para el desarrollo de la ética en las denominadas pāramitā, perfecciones que conducen a los meditadores hasta la orilla del despertar.

Imagen cortesía del autor.

Cabe formular abiertamente las siguientes preguntas: ¿desde qué punto de vista o criterios se plantea lo que es correcto y adecuado? ¿Quién o quiénes son los que nos marcan y dictaminan sobre la manera de estar y proceder en el mundo? Shakyamuni descubrió un estado de consciencia, situado más allá de los conceptos aprendidos sobre el bien o el mal que son producto de una mente limitada y dualista. Cuando vivimos en presencia, este estado atencional se expresa naturalmente en nosotros y toda relación es respetuosa, correcta, amable y en íntima correspondencia con todas las existencias. Por esta razón, en la tradición budista es tan importante atender a lo que se emite, ya sea por medio de las palabras, en la realización de los actos, así como en las formas del pensamiento. Buddha planteaba con acierto la siguiente cuestión: «¿Quién mueve tu lengua cuando hablas?».

Cuando hemos atendido en exceso al ego, creyendo que somos eso, el ego coge el control. A esto lo llamamos vivir dormidos o en un estado repetitivo de inconsciencia. Ahora bien, en el momento en que despertamos, es decir recuperamos la estabilidad, el tono y el centramiento, surge internamente un atisbo de sabiduría que va más allá de la moral convencional, habituada a dictaminar lo que es correcto y lo que no lo es. El ego quiere hacerse con el mando todo el tiempo, impidiendo que te deshagas de las ideas y los traumas que te tienen atrapado en una constante repetición de dolor y sufrimiento innecesarios (sasāra). La meditación, incorporada como un hábito constante en nuestras vidas, nos lleva a desidentificarnos del personaje, esto es, distinguirnos de las máscaras, nos permite integrar el reconocimiento de quienes somos y nutrir así nuestras cualidades para que brillen, se expresen y soltemos todo lo que nos sobra. Por eso, a la hora de realizar la práctica meditativa es importante que te mantengas en una apertura receptiva.

La ética es tan sencilla como atender aquello que te hace bien, descubriendo en el camino lo que te conduce al despertar. Cuando la ética es tergiversada por intereses personales o institucionales, la convierten en moralina, corrompiendo la forma de caminar en este mundo. Ética solo hay una, la que es reconocible por nuestra sabiduría. Es aquella que nos hace bien a nosotros y a los demás. La ética del ahora te hace estar en la autenticidad de quien tú eres, dejar partir lo limitante y avanzar inexorablemente hacia el despertar.

El budismo expone que no hay dogmas ni leyes que creer o pautas restrictivas de conducta que seguir, salvo aquellas que nacen desde el conocimiento de la verdad. El discernimiento es una cualidad de la mente pura. A través de ella, la persona sabia ve la realidad sin perturbaciones. Esto le permite ser un testigo de la vida al tiempo que se liberan en ella los bloqueos emocionales y físicos.

Si oscilamos entre el mundo del deseo y el impulso ciego del rechazo, podemos vernos guiados hacia aquello que consideramos como agradable o bueno, nos movemos bajo las directrices del apego, la avidez, la compulsividad y la avaricia. Por el contrario, todo aquello que suponga una pérdida de lo mío es teñido con el juicio insano, la animadversión y el rechazo, lo cargamos con injurias, dando entrada incluso a la violencia en sus más variadas formas.

Los seres humanos tenemos la posibilidad de elegir conscientemente antes de actuar, es decir, podemos no reaccionar de manera automática, mecanizada, compulsiva y ciega. Cuando se elige conscientemente, estás interaccionando, comunicando de forma íntima y respetuosa mediante un hermoso vínculo con los demás y contigo mismo. Por el contrario, en un estado de ausencia, te ves arrastrado por los programas. Eres una marioneta de tus debilidades, ideas falsas, creencias limitantes, etc., desde las que solo generas, una y otra vez, los mismos resultados de malestar y sufrimiento. Una cosa es elegir y otra es reaccionar de manera automatizada.

Imagen cortesía del autor.

Al meditar, al detener el flujo repetitivo de pensamientos y emociones sin control, estabilizamos la atención, observamos y descubrimos lo que es sí y lo que es no. Podemos elegir qué es lo más correcto y adecuado para cada caso o situación. Todo acto genera un resultado. Así pues, como seres con capacidad de autoconciencia, podemos y somos responsables de dirigir nuestro comportamiento y formas de relacionarnos. Cabe citar las palabras del poeta chino Sotoba: «en el verdadero yo, están los demás.»

El Buddha dejó expresado que es el hombre el que crea su propia prisión. Esta se basa en los engaños, en la ciega creencia de sentirnos diferentes, en caer en el yo frente a los demás. Cuando un ser humano se experimenta a sí mismo como alguien alejado del resto, vive en una suerte de ilusión óptica. Esta percepción equivocada nace del conflicto y se nutre de la separación. Gran parte de la infelicidad que padecemos los seres humanos es debido a nuestra inmadurez espiritual. En general, aquellos individuos cuyo comportamiento es ético son más felices y están más satisfechos. Están en contacto consigo mismos y van hacia lo que realmente quieren hacer y esto resuena con ellos.

Las leyes que gobiernan las relaciones sabias en nuestras vidas, llámense política, familia, negocios o educación, por ejemplo, son las mismas leyes que las de la vida interior. Toda práctica espiritual es un asunto de relaciones, con nosotros mismos, con los demás, con todas las situaciones de la vida. El respeto, la honestidad, la franqueza y la certeza son valores comunes en todas las vías del autoconocimiento. Por esto, comparamos la madurez espiritual con la figura y el trabajo del artesano. Cuanto menor sea nuestra calma y sabiduría interior, más probable es que reaccionemos negativamente con palabras ásperas, acciones violentas y pensamientos dañinos y tanto más seguro será que digamos o hagamos cosas que lamentaremos amargamente. Por el contrario, cuando el impulso que inspira nuestras acciones es íntegro, les da sentido y coherencia a todos nuestros movimientos y estos contribuyen al bienestar de los demás. He aquí el sentido profundo de la benevolencia que fue desarrollado ampliamente en el Mettābhāvanāsutta.

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Venerar la vida en cada encuentro, instante tras instante, de persona a persona, de ser a ser, no es una práctica idealista; es una vivencia inmediata e inevitable. No es algo que tienes que esforzarte en ser. Aparece cuando quitas lo que está impidiendo expresarlo. El poeta inglés William Blake lo expresaba del siguiente modo: «Si hemos de hacer el bien, hagámoslo en los detalles». Si pones atención a lo que haces, dices y piensas, es el ser que se comunica. Todos seguimos un camino nuevo en cada momento. Nadie ha vivido antes nuestra vida. No existe un plan o modelo exacto y común. La preciosa existencia humana es un río sin cartografiar que necesita tenacidad, constancia, disposición atenta a cada instante y caminar con el corazón bien abierto. ¡Sé valiente y atrévete a ser, desplegar la grandiosidad de lo que eres! De forma realmente hermosa lo expresó la poetisa Marianne Williamson:

Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta. No hay nada iluminador en encogerte, para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras. Nacemos para poner de manifiesto la gloria del universo que está dentro de nosotros, como lo hacen los niños. Has nacido para manifestar la gloria divina que existe en nuestro interior. No está solamente en algunos de nosotros: Está dentro de todos y cada uno.Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás.

En nuestro recorrido vital es preciso confrontar e ir soltando las partes poco sabias de nosotros mismos, ampliándose de esta forma la virtud de la compasión y expresándose hacia el mundo que nos rodea mediante nuevas formas. Por ello, toda tradición espiritual reconoce y enseña normas básicas de conducta humana sabia y consciente. Ya las llamemos virtudes, ética, perfecciones, conducta moral o preceptos, se trata únicamente de guías y referentes para que vivamos sin hacer daño; proporcionan salud y luz al mundo.

Cada ser humano tiene la capacidad de disfrutar de acuerdo a la integridad y rectitud del corazón. Los siguientes principios que cito a continuación son universales: fortalecer el bien, disolver la ilusión del mal y acompañar con sabiduría a todos los seres. Estos son los votos y el compromiso de la vía del bodhisattva, un ser humano que vive plenamente en la certitud de la presencia. Hace de esta verdad su propósito de vida. Este es el sentido del compromiso y la madurez espiritual. He aquí la ética del ahora.

Denkô Mesa nació en 1967 en la isla de Tenerife, España. Es maestro zen, director espiritual de la Comunidad Budista Zen Luz del Dharma. Cursó estudios superiores en la Universidad de La Laguna donde obtuvo la licenciatura en Filología Hispánica en el año 1990. Asimismo, es profesor del prestigioso Máster en Mindfulness de la Universidad de Zaragoza. Comenzó a estudiar y practicar el budismo zen en 1989. En el año 2005 es reconocido como maestro zen. Junto a su dedicación como maestro zen, ejerce docencia como profesor de Lengua Castellana y Literatura en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, Tenerife. Ha publicado dos libros de poesía, así como otros relacionados con la tradición budista.