Los pulgares se encuentran
DENKŌ MESA
El mudrā en la experiencia de zazen no es algo accesorio, sino que es la meditación misma encarnada en las manos. El maestro Kōdō Sawaki solía decir: «zazen no es pensar en el Buda, es sentarse como el Buda». El gesto conecta al practicante con una tradición milenaria que nació en la India en el siglo V a. C. con Siddhartha Gautama y se ha ido transmitiendo ininterrumpidamente a lo largo de los siglos. De esta forma, el budismo se ha expresado a través de un rico lenguaje que emplea imágenes, posturas y rituales para comunicar profundas enseñanzas. En particular, las posiciones de las manos, que son parte de la práctica meditativa, se ven representadas en la amplia iconografía y sirven de apoyo en el acto ceremonial.
Cuando el budismo se expandió hacia Asia Central, China, Corea y Japón, los mudrās adquirieron nuevas dimensiones. En el budismo Mahāyāna se desarrolló un elaborado sistema asociado a mantras y visualizaciones. En el zen, corriente que floreció en China bajo el nombre de chan y se consolidó luego en Japón, el énfasis se desplazó hacia la práctica directa de la meditación sentada; Sin embargo, el gesto de las manos siguió siendo crucial. La disposición de estas en la meditación no se considera un mero detalle técnico, sino que es parte integral del acto contemplativo. La tradición zen señala que el cuerpo y la mente no están separados. La manera de sentarse al meditar invita a cuidar la verticalidad de la columna, fluir con la respiración y disponer adecuadamente las manos, ya sea en la posición sedente o mientras se camina.
De forma concreta, en la meditación zen, los practicantes adoptan el llamado mudrā cósmico o Hokkaijō-in , en el que las manos reposan sobre el bajo vientre. Los pulgares se encuentran y se tocan sutilmente, activando la energía que permanece protegida y recogida bajo el cuidado del sacro (lugar sagrado). La respiración fluye de forma natural y todo el cuerpo se unifica en una expansión de movimiento y quietud que mantiene al observador en una toma permanente de conciencia. Este gesto, aparentemente sencillo, encierra una visión integral de la persona que armoniza el cuerpo, la mente y el corazón. Por eso, el mudrā de zazen es objeto de una transmisión íntima y cuidadosa. La descripción clásica es la siguiente:
- El practicante se sienta en loto, medio loto o una postura estable.
- Las manos reposan en el regazo, manteniendo el contacto permanente.
- La mano izquierda descansa sobre la derecha y con las palmas hacia arriba.
- Los pulgares se elevan levemente y se tocan en sus puntas, formando una línea horizontal.
- El gesto entero descansa contra el bajo vientre, a la altura del hara (centro energético situado unos centímetros debajo del ombligo).
El nombre Hokkaijō-in significa literalmente ‘sello del océano de la ley’. Las manos no son solo del practicante, representan la totalidad del Dharma. Al sentarse en meditación con este mudrā, se vibra en resonancia con el universo entero. En cada sesión de zazen, al colocar las manos de ese modo, el meditador se inscribe en una cadena de transmisión viva. Además, funciona como espejo del estado mental. Si los pulgares se desvían, el practicante advierte que su atención se dispersa. Es un termómetro y un recordatorio constante de la plena presencia. Así pues, el mudrā estabiliza la meditación en el cuerpo que permanece noble y entero más allá de las turbulencias de los pensamientos. La colocación de las manos en la postura de meditación aporta efectos tangibles en el cuerpo y la mente, pues lejos de ser simples ornamentos visuales o movimientos carentes de contenido, facilitan el acceso a los distintos estados de consciencia y son la expresión de verdades fundamentales. Por ello, en el budismo, el gesto es inseparable de la enseñanza, pues el modo en que se disponen las manos durante la meditación transmite silenciosamente la vivencia del despertar.
Para comprender los mudrās budistas es necesario retroceder a la matriz cultural de la India antigua, donde el gesto ritual tenía un papel central en la vida religiosa. En el contexto védico y posteriormente en el hinduismo ya existían como formas simbólicas de invocación y de expresión meditativa. El vocablo sánscrito mudrā apareció por primera vez en textos hinduistas del período Gupta (entre el 320 y el 550 d. C.), como el Dasha-kumara-charita, el Sarva-dárshana-samgraja y el Karanda-viuja. Usada como adjetivo nos lleva a la acepción ‘alegre’ y se menciona por primera vez en el Atharva-veda. Por otra parte, atendiendo al significado amplio de la palabra mudrā, encontramos ‘sello’ o ‘marca’, ya que se usaba para designar tanto el empleo de los sellos reales en los documentos institucionales como para los gestos manuales durante las prácticas meditativas. Así como una estampilla deja grabada una marca en el papel, el mudrā imprime en la consciencia del meditador una determinada disposición interior.
En las tradiciones tántricas del hinduismo, los mudrās se vinculaban al trabajo con la energía corporal y al despertar de fuerzas latentes. Son actos integrados en la fisiología sutil del ser humano, tales como el flujo del prāṇa, las corrientes energéticas (nāḍīs) y los centros de consciencia (chakras). Cuando el budismo surge en el norte de la India, hereda y reelabora este lenguaje gestual. El Buddha histórico no solo predicaba con palabras; según la tradición, también enseñaba a través de su actitud corporal y de sus gestos. De esta forma, observamos que los mudrās en el budismo cumplen varias funciones que se entrelazan:
- Función pedagógica: cada mudrā encarna una enseñanza. Por ejemplo, el Abhaya mudrā —la mano levantada en señal de no miedo— expresa la confianza interna y la fuerza de la paciencia, esto es, la ausencia de temor y la realización que brinda el despertar.
- Función ritual: en ceremonias y prácticas devocionales, actúan como sellos que refuerzan la intención de la mente, orientando la atención y la energía hacia un propósito espiritual concreto.
- Función meditativa: durante la práctica, ayudan a unificar el cuerpo y la mente, ofreciendo un soporte físico para estabilizar el estado de presencia. Con ella se observa en ecuanimidad y apertura receptiva.
- Función iconográfica: en estatuas y pinturas permite identificar la actitud o enseñanza que representa la figura del Buddha o de un bodhisattva. Así, el gesto no es meramente decorativo, es un vehículo que toma forma y transmite un mensaje espiritual. Por ejemplo, una imagen con las manos en Dhyāna mudrā no solo representa la meditación, sino que transmite y despierta en el observador la experiencia de la calma interior.
Centrando la atención en este mudrā, vemos que cada uno de sus elementos encierra un sentido profundo que puede abordarse desde varias perspectivas. El contacto sutil de los pulgares representa la unión de opuestos: masculino y femenino, cielo y tierra, sabiduría y compasión. No se trata de fusionarlos de manera forzada, sino de mostrar que ya están en equilibrio. Si los dedos caen, la mente se hunde en la somnolencia; si se elevan con tensión, la mente se agita. El justo punto medio refleja la mente equilibrada del zazen. Asimismo, el óvalo natural que forman las manos recuerda un espacio vacío en el centro. Ese vacío no es ausencia, sino apertura y potencialidad. Es la imagen de śūnyatā, la vacuidad que no niega la existencia, sino que revela su interdependencia. Es una maestría silenciosa que armoniza la totalidad del ser. Quien lo practica de manera constante suele manifestar:
- Una sensación de recogimiento y calma al reunir las manos en el regazo.
- Una estabilidad física, ya que el peso de las manos equilibra el centro de gravedad.
- Una respiración larga, profunda, silenciosa y tranquila al apoyar el mudrā sobre el bajo vientre.
- Una delicada tensión en los pulgares que mantiene viva la atención, evitando caer en el sopor o la agitación.
Si bien el dhyāna mudrā es común en muchas tradiciones budistas, el zen le da una centralidad única. En otras escuelas, la meditación puede practicarse con las manos simplemente en las rodillas o en gestos variados. En cambio, en zazen, la posición de estas sobre el hara es invariable. Esto revela una diferencia de enfoque. Mientras en otros contextos los mudrās son Múltiples y se adaptan a distintos rituales, en el zen la práctica se concentra en este hermoso y sutil gesto que se repetirá incansablemente. Esa repetición templada refleja el espíritu del zen donde la simplificación y la profundidad acontecen al mismo tiempo.
El aprendizaje del mudrā en zazen no se limita al cojín de meditación. Muchos practicantes descubren que su forma se traslada a la vida diaria. La unión de los pulgares, la atención al centro vital, el equilibrio entre firmeza y suavidad. Todo esto resulta en la manera de caminar, de hablar, de sostener objetos o de relacionarse con los demás. En este sentido, el Hokkaijō-in se convierte en un maestro silencioso que acompaña en cada gesto cotidiano. La práctica ya no es solo sentarse a meditar, sino vivir con las manos —y con todo el cuerpo— impregnadas de presencia.
Como hemos visto, los mudrās en el budismo son mucho más que un lenguaje estético. Son huellas vivas de la enseñanza del Buda, sellos que encarnan estados de conciencia y transmiten la experiencia del despertar. Entre todos ellos, el mudrā de zazen ocupa un lugar especial, porque condensa la esencia del zen: la unión de simplicidad y profundidad, de cuerpo y mente, de vacío y plenitud, favoreciendo que caiga lo accesorio. Al reposar las manos sobre el bajo vientre y permitir que los pulgares se toquen suavemente, el practicante no solo adopta una postura, entra en resonancia con la vibración del universo. El Hokkaijō-in es la puerta a lo ilimitado, es el Dharma mismo manifestándose en las manos, expresando el lenguaje del asombro y revelando la unidad de todo lo existente.
Denkō Mesa es maestro zen, fundador y presidente de la Comunidad Budista Zen Luz del Dharma, licenciado en Filología Hispánica por la ULL, catedrático de Lengua Castellana y Literatura. Comenzó a estudiar y practicar el budismo zen en 1989. Recibió la transmisión del Dharma (shihô) en Francia de manos de Jiun Eric Rommeluere. Como escritor, ha publicado varios libros de poesía y otros sobre budismo e interioridad: Presencia invisible, Quietud, El viejo arte de darse cuenta, Zen aroma eterno, Entrega y confianza, La mirada interior, Quimeras del ego. Como conferenciante, participa en congresos internacionales relacionados con el desarrollo integral humano y la aplicación de la atención consciente. Dirige retiros de meditación, facilita cursos y talleres sobre las prácticas meditativas, acercando el conocimiento del budismo con un lenguaje claro, directo y sencillo.
