Reseña de la película Iluminación garantizada de Doris Dörrie

DOUGLAS CALVO GAÍNZA

Este artículo forma parte de nuestra edición especial «El budismo y el cine»

El filme alemán Iluminación garantizada (2000) es una célebre obra de la cineasta Doris Dörrie. Estrenado en el 33 Festival Internacional de Cine de Hof, recibió premios a Mejor Película y Mejor Actor.

Aunque a menudo catalogado de «comedia», la comicidad irresistible no es su fuerte. Esencialmente, es una sabia mezcla entre documental casero y road movie, reproduciendo un peregrinaje iniciático por Japón donde los atribulados protagonistas se van conociendo mejor a sí mismos hasta un apogeo de autoconocimiento. Así, un alto porcentaje de esta película transcurrirá viajando. Somos peregrinos. Vivir es viaje.

Doris Dorrie. Fuente. https://mubi.com/es/cast/doris-dorrie

El esquemático guion original solo esbozaba una trama general, concediendo radical libertad de improvisación a los actores. Incluso al filmar en un monasterio japonés, los caracteres protagónicos eran meramente seguidos documentalmente durante su entrenamiento monástico, pero sin cortapisas. No extraña, pues, que los nombres de los personajes sean idénticos a los de los actores mismos, y que tanto la banda sonora como los efectos especiales brillen por su ausencia. A menor aparataje y parafernalia logística (que el espectador, garantizamos, no extrañará), mayor intimidad natural con los personajes.

La trama, no excesivamente compleja, lidia con dos hermanos. Gustav (Gustav-Peter Wöhler), es un especialista en Feng Shui timorato y místico, cuyo apocamiento es contrarrestado por la energía del egolátrico Uwe (Uwe Ochsenknecht), vendedor enérgico y aparentemente avasallador. El típico dúo dominante/sumiso.

Ambos poseen familias conflictuadas, y carecen de independencia interna. Uwe (tan mordaz con su esposa que esta terminará abandonándolo) es víctima de dependencia emocional hacia la mujer y los chicos, mientras Gustav convive con una compañera excesivamente maternal y que le cuida como a un gordito torpe. A la vez que lo engaña.

La cinta comienza con el aquelarre hogareño de Uwe (agotador disturbio y tensas incomprensiones) y su ruptura familiar. Consolándolo, Gustav le comenta sobre su inminente viaje: irá a Japón a practicar zen en un monasterio. Su hermano es un total escéptico, ajeno al mundo meditativo. Pero su sufrimiento ante el divorcio en ciernes constituye tal muestra de cómo los anhelos engendran dolor, que a la postre, compadecido Gustav lo enrolará.

Apenas llegados a la tierra del sol naciente, se desencadenan las peripecias. Dinero agotado. Tarjetas de crédito canceladas. Y tras un azaroso vagabundeo nocturno por Tokio, extraviados e ignorando el idioma, en bancarrota extra de solidaridad humana, concluirán la noche durmiendo a la intemperie… y al otro día robando sushi y una tienda de campaña. Les salva una compatriota: Anica (Anica Dobra) que les resuelve trabajos como camareros de Oktoberfest y los encamina.

Uwe y Gustav. Fuente. https://www.videobuster.de/dvd-bluray-verleih/69538/erleuchtung-garantiert

Durante toda la película, ambos se aliviarán monologando ante una cámara digital y leyendo bellas sentencias del zen (ocasionalmente algo satíricas). ¡Y por fin llegan al monasterio! Pero allí… cotidianeidad neta, limpiar pisos, seguir rutinas. Empero, el cambio es curativo, mayoritariamente gracias al trato afectuoso (pero no verbal) de los monjes.

Gustav es perfeccionista allí donde Uwe simplemente procura ejecutar, sin cavilaciones ni culpas. Y por eso el segundo progresa más. (Pues toda espiritualidad implica libertad interior, siendo las formalidades un mero recurso instrumental. Nada nos valdrá aprender esnobistas fórmulas de «iluminación garantizada», si por dentro estamos remotos de nosotros mismos) Al final, afortunadamente Gustav superará con mucho su perfeccionismo y adoptará una cosmovisión desenfadada. Y Uwe vencerá su turbulenta pasión para dejar fluir, objetivamente, la impermanencia familiar.

El clímax: yéndose del monasterio, Gustav confiesa «Soy gay» con un rictus de alivio. Es su máxima ruptura con aquel inhumano perfeccionismo. Afortunadamente, ahora le acompaña la nueva compasión budista. Además, entendida la naturaleza impermanente del universo, ¿no se impone una identidad de género igualmente fluida (pues todo lo es)? ¿Una más allá del estereotipo o la imposición?

La conclusión los revelará a ambos como seres flamantemente disciplinados. Hasta su propia relación como hermanos, antes sin mucho que decirse, es ahora más afectuosa y menos antagónica. Cada uno ve al Otro. El Oriente, donde todo es posible, ha metamorfoseado sus corazones solitarios, y así se han convertido en personas renovadas, floreciendo con autoimágenes perfeccionadas.

Hasta aquí la historia: una fructífera experiencia monástica conduciendo al happy end. Pero la cinta (quizás con algunas escenas demasiado prolijas) encierra asimismo otra dimensión más antropológica: no hay iluminación alejada de la vida humana «natural».

Maravilla cómo todo en la trama (personas, escenarios, animales) se interconecta, sin fragmentaciones casuales, con cada recuadro aspirando a erigirse en astuta metáfora visual pregonando la victoria sobre la alienación social, con la colaboración de un sofisticado arsenal de recursos budistas y heterogéneos susurros simbólicos.

La alienación es un fantasma omnipresente en la película.  En Alemania, todo el mundo anda absorto y prisionero de su vida virtual. Hasta un cartel del viaje exhorta «Deséate a ti mismo los buenos días» en medio de un silencio colectivo donde solo el hielo afuera se comunica. Por tanto, el individuo desértico deberá refugiarse en los monólogos ante una cámara como su única compañía y desahogo. Pero no será menor la soledad en Japón (aunque allá sí menudeen las sonrisas, hermoseando a los ubicuos celulares). Ella se intuye en la visión del hormiguero humano obedeciendo automatizadas señales de tránsito. En el esfumarse toda personalidad en la masa amorfa: gran alegoría de la pérdida interior.

Además, en los momentos cuando Gustav y Uwe sufren hambre y mendicidad, la indiferencia circundante resulta olímpica. También otro símbolo: la incapacidad de entenderse entre los idiomas (japonés y alemán) apunta a nuestra incomunicación generalizada. Las sonrisas en las tiendas son robóticamente comerciales; el arte callejero, atormentado. Y cuando Gustav lee en voz alta emocionantes proverbios de la sabiduría oriental antigua, la muchedumbre asiática le pasa por al lado alelada y sorda, o simplemente duerme. ¿Para qué viajaron tan lejos entonces?

Lo peor: en ese entorno donde nadie nota a nadie, a nuestros protagónicos no les extraña su perenne invisibilidad. No, están acostumbrados a la inexistencia social.

Por suerte, en el monasterio junto a la extrema etiqueta y reglamentación, también se confraternizará. Habrá mesa compartida, conatos de amistad con los monjes, bromas y risas espontáneas. Calor humano. Y en una escena conmovedora, Gustav solloza cuando el abad le hace notar SU propia naturaleza, rescatándolo de la impersonalidad. Por ende, de retorno a la deshumanización, nuestros peregrinos ya no serán los mismos. Uwe pregunta extrañado, atisbando confuso la barahúnda citadina: «¿Adónde van todos?» Pero no hay respuesta. No van a ninguna parte, simplemente corren en círculos. Entretanto, las expresiones atentas de nuestros amigos nos transmiten todo un mensaje: ya no son parte integral del rebaño, al que contemplan con estudiosa curiosidad. La antigua alienación normalizada ha terminado.

En el monasterio: fotograma de ‘Iluminación garantizada’. Fuente: https://www.kino.de/film/erleuchtung-garantiert-1999/

Otro elemento recurrente será la dinámica oscuridad/luz. Primera escena: melodías de niños y linternas alumbrando la noche germánica con faroles naranja, parcialmente evocadores del Oriente. A dichas lámparas casi se fusiona el título «Iluminación…», con letras chinescas. Y la primera frase dialogada, nada casual, será: «No tengo luz» en medio de una senda oscura… toda una prolepsis de la futura búsqueda espiritual.

Vendrán más simbolismos luminosos: la reminiscente luz naranja de un taxi en Tokio; las sombras vegetales en la pared blanca del monasterio; una anciana vaticinándole a Uwe que su palma tiene «una línea de la esperanza que apunta hacia la luz». Él mismo, tras arribar al monasterio (significativamente, de noche), dormirá con gafas oscuras pues «tanta iluminación (zu vielle leuchtung) me deslumbra» …  Y es que nuestra directora no permite azares. Así, va jalonando el argumento con «insignificantes» premoniciones ya desde Alemania (un mendigo sobre la nieve; una pareja anciana que le evoca a Gustav su propio matrimonio estancado; su esposa puliendo el suelo en una posición lúbrica…) y sutiles flashbacks en Japón. Cada fotograma se interconecta con todos los demás, casi abrogando la linealidad del tiempo.

Sobre todo, resaltarán los cuervos. Esa ave, que en el sintoísmo (Yatagarasu) es un enviado de los dioses para guiar a extraviados en el camino, aparece ante los viajeros durante su primera noche en Tokio. Tras mendigar. En el monasterio… Esta vez promoverá un competitivo diálogo entre Uwe y Gustav: ¿grazna con este sonido? ¿Con otro? ¿Cómo lo hace aquí o allá? Luego ambos hermanos pasarán a debatir las mutuas evoluciones temperamentales experimentadas durante el retiro y, he aquí el hallazgo: han cambiado. Así que los cuervos-kami los han guiado en su viaje, sí, pero en uno INTERIOR…

No nos extrañe tamaña minuciosidad del símbolo en una película colmada de mensajes subliminales budistas que se insinúan bien temprano. Por ejemplo, cuando uno de los hijitos de Uwe le deja un cartel sobre la puerta («Dormilón»). ¿Exhortación inocente a despertar? Luego, ambos hermanos sostendrán calmosas pláticas espirituales en el tren, mientras por la ventana afuera todo fluirá veloz. ¿Como el samsara? Y en Tokio, ambos buscadores duermen accidentalmente junto a un cementerio. ¿Alusión al peregrinar hacia China del coreano Wonghyo, quien tras despertar en un camposanto intuyó que no le era necesario marcharse rumbo a míticas tierras santificadas, para hallar una iluminación que le era propia?

Este último símbolo es más que plausible cuando se atiende a que, además de hallar el budismo, Gustav y Uwe se reencuentran consigo mismos, e incluso con sus inexorables raíces socioculturales. Miles de detalles demuestran cómo en el extranjero ellos redescubren sus propias identidades, como si Alemania los persiguiera en Japón (su amiga Anica del club teutón; faroles de tonalidad blanquísima que les alumbran conspicuamente; el exacerbado occidentalismo ambiental). ¿Ironía hacia el orientalismo como panacea?

Además, la propia vida «terrenal» será la que más tribute a su autodescubrimiento. No, la iluminación no está «garantizada» por retirarnos a un claustro, y a nuestra liberación coadyuvará sustancialmente el autenticarnos a nosotros mismos, enfrentando viejos fantasmas del ayer y asumiendo realidades propias (nada apolíneas). Conclusión: samsara es nirvana.

En las postrimerías del filme, plena luminosidad solar. En un cielo límpido ¡vuela el cuervo! Sí, el trayecto ha culminado, con la guía de dioses ancestrales. ¿Que con qué sonido grazna? ¿Qué importa? Simplemente, disfrutemos su chillar.

Luego la noche. En derredor, todo sombrío; pero dentro de la carpa la luminiscencia es plena, como una perla. Cerca, entre las sombras, dos jóvenes nipones juegan al tenis occidental, pero uno resulta significativamente invisible, nulo. ¿Signo de la invisibilidad del Otro en nuestra sociedad oscurecida?

Simultáneamente, los peregrinos germanos entonan sutras, bañados de luz… Es que la iluminación no depende de tierras santas. Es nuestra. Siempre radicó en ellos, más que en el exótico Japón.

Esencialmente, este éxodo hacia el propio interior será una redención autónoma. «Uno mismo es su propio refugio» enunció el Buda (de modo que tanto matrimonio como monasterio son simples muletas, útiles, pero para erguirse por esfuerzos propios). Ya Uwe y Gustav lo han intuido.

Y seguramente el/la espectador/a que disfrutará con esa inteligentísima película (la cual recomendamos a [email protected], ¡fehacientemente!), también lo percibirá así.

Douglas Calvo Gaínza (La Habana, 1970).

Investigador, traductor y escritor residente en Cuba. Habiendo culminado tres maestrías en humanidades, filosofía y religiones, así como un doctorado en teología, es estudioso sistemático del budismo desde el 2002, y colaborador de Buddhistdoor desde el 2020.  

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