Meditaciones de un “jardín interior del que nadie está privado”:  budismo, feminismo y ecología en Alicia Jurado. Segunda parte

SONIA BETANCORT

Puede leer la primera parte del artículo aquí

Alicia Jurado muestra que las bisabuelas hispanas hicieron posible la emancipación nacional y el voto de las primeras sufragistas. Reúne la experiencia de la universitaria que era ella misma en los años cuarenta y relata las revueltas estudiantiles como llave para que más mujeres, también como ella, integraran instituciones y clubes culturales porteños. No pierde de vista lo embates de una política cambiante, de la urbanización desmedida, de la televisión y el atontamiento de los jóvenes, de la alienación masificada. A problemas de la política exterior, propone el diálogo y la compasión, buscar el silencio, la espiritualidad y la vuelta a la naturaleza y al campo, fueran cuales fueran las coordenadas, con la esperanza de una convivencia global: “Estoy acariciando mi patria: no La Rioja, no la Argentina, sino el campo”.  

Los obstáculos fueron constantes, pues bajo su observación, “las mujeres argentinas reciben más censura que comprensión en una sociedad mal preparada para el feminismo”. Estos límites, sin embargo, son piedra de toque, con el referente de su admirada amiga y editora de Sur Victoria Ocampo, determina con rotundidad: “la emancipación de la mujer es el acontecimiento más importante del siglo XX”. Políglota, revisa con pasión bibliografías feministas inglesas, francesas, alemanas e hispanas: Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft, la mencionada Virginia Woolf,  Simone de Beauvoir, George Simmel y Emilia Pardo Bázan, entre otras. Las citas y referencias son constantes, en contextos de la realidad de su país, ligadas a acontecimientos anotados en prensa, vinculadas con su experiencia personal y cotidiana. Puede decirse que, con esta intensa reflexión acerca del “punto de vista de la mujer”, recorre buena parte de la historia hispanoamericana del siglo XX.

Alicia Jurado en 1965.

En ese marco, resplandecen los conceptos del budismo, proyecciones de sentido que edifican un sistema de pensamiento en el que las mujeres son las portadoras de una primigenia disposición al pacifismo y a la compasión. Jurado recrea así una actitud intelectual original y valiente que espera el diálogo con otras representantes de la esfera cultural argentina. Propone, entre otras alternativas, la “creación del Sindicado de Creadoras de la vida”, una modalidad del feminismo dirigida, bajo su perspectiva, por la concordia: “no consiste en adoptar los vicios de los hombres ni en competir con ellos en cualquier terreno; consiste en no dejarnos atrapar por sus juegos siniestros”, comenta en el artículo “El punto de vista de la mujer” (1980).

Por tanto, la no-violencia es una de los grandes retos de la mujer que la autora analiza bajo el prisma de la ética budista: “ponerse de acuerdo de manera pacífica”. Estamos ante un elemento clave en los entresijos del ensayo de esta singular pensadora, un punto de encuentro con Borges, que probablemente este desarrolló en sus últimas décadas de vida gracias a ella y a Ocampo, y que advierte en el budismo una oportunidad de resolución de conflictos. Unos meses después de su colaboración con el escritor, Alicia Jurado publica un breve artículo titulado “El buda y los dos ejércitos” (1976). El texto recorre la parábola que da término a Qué es el budismo y que –así lo sabemos— fue una propuesta suya:

Un río separaba dos reinos; los agricultores lo utilizaban para regar sus campos, pero un año sobrevino una sequía y el agua no alcanzó para todos. Primero se pelearon a golpes y luego los reyes enviaron ejércitos para proteger a sus súbditos. La guerra era inminente; el Buddha se encaminó a la frontera donde acampaban ambos ejércitos.

 “Decidme”, dijo, dirigiéndose a los reyes: “¿qué vale más, el agua del río o la sangre de vuestros pueblos?”

 “No hay duda”, contestaron los reyes, “la sangre de estos hombres vale más que el agua del río”.

 “¡Oh, reyes insensatos”, dijo el Buddha, “derramar lo más precioso por obtener aquello que vale mucho menos! Si emprendéis esta batalla, derramaréis la sangre de vuestra gente y no habréis aumentado el caudal del río en una sola gota”.

Los reyes, avergonzados, resolvieron ponerse de acuerdo de manera pacífica y repartir el agua. Poco después llegaron las lluvias y hubo riego para todos.

La leyenda, lo confiesa en el artículo, está en “el Dhammapada” y el mensaje –lejos de quedarse en Asia— parece involucrar la política exterior de Argentina [i]:

Los occidentales no solemos ser de religión budista, pero cinco siglos más tarde, nació otro Maestro que habría aprobado, sin lugar a dudas, las palabras de su predecesor. […] No necesito nombrarlo, su imagen está edificada sobre la Cordillera de los Andes y un día no lejano hubo dos pueblos que le hicieron una promesa y la inscribieron a sus pies.

Todo parece indicar que nuestra autora buscaba una reflexión pacifista que encontrara un lugar significativo en las mentes argentinas de la época, tanto por la convulsa situación de la política interna como por las relaciones internacionales de su país a finales de los setenta. Finalmente, la sección titulada “Pacifismo” en su libro Revisión del pasado, reproduce siete ensayos en los que defiende el diálogo y la paz bajo la inspiración de fuentes budistas. Allí, su dictamen con respecto al feminismo es tajante:  “una alianza de las mujeres sería el modo más eficaz para impedir las guerras” (“Lisístrata”, 1979).

De este modo, la euforia de la victoria y la fatalidad de la derrota interesan cuando sus límites son difusos y desafían la lógica: “como si el éxito y el fracaso –esos dos impostores, como los llama Kipling—, fueran la única vara para medir las acciones”, afirmaba con ironía en “La guerra y la paz” (1982). Estas palabras apuntan a que todo conflicto bélico es “infructuoso e inútil”, pues como asevera el Dhammapada, “los pacíficos viven felices, porque renuncian a la victoria y a la derrota”. Con ello, Jurado concluye que “no es necesario luchar con las armas de la violencia”,  ya que “no solo en la tribuna o en la barricada se ayuda a la patria; se la ayuda […] cada vez que alguien lee una tragedia de Shakespeare o una lira de San Juan de la Cruz”, comenta en su “Mensaje de Navidad” de 1977 para Canal 7. En definitiva, el budismo la provee del razonamiento que buscaba: “el odio nunca pudo detener el odio en este mundo; solo la ausencia de odio es capaz de detener el odio. Tal es la Antigua Ley, dice el Buda”, puede leerse en su “Retorno de Lanza del Vasto” (1964).

En el ámbito de un pensamiento construido en las bases del diálogo y la ausencia de violencia, la reflexión acerca de la naturaleza y el medio ambiente transcurre, en esta escritora, también al amparo del budismo, de manera orgánica. A través de sus memorias o de artículos como “Los estudiantes de 1945” conocemos que Jurado se doctoró en Ciencias Naturales por la Universidad de Buenos Aires. Presidenta del centro de estudiantes que recibía el apelativo de “yuyo [ii]-bichólogos”, esta “naturalista de campaña”, materializaba su pasión por la naturaleza desde dos perspectivas. Una, experiencial y a pie de campo, fruto de su orígenes –se había criado en la Estancia el Retiro y pertenecía a una familia estanciera pudiente y de mucho renombre— que avivó con numerosos viajes por Argentina y por todo el Cono Sur. Y, otra, fruto de sus estudios académicos y de sus becas –La Fulbright y la Guggenheim— que alimentaba con reseñas profundas y actualizadas de W. H. Hudson, Karl von Linneo, Konrad Lorenz o S. P. R. Charter, padres de las ciencias naturales, estudiosos de botánica, etología y ecología. Itinerarios, bibliografías e ideas compartidos con profesores de la Universidad de Buenos Aires –

como el reputado botánico Alberto Castellanos— o con compañeros de facultad –como José Santos Gollán, profesor de biogeografía y técnico en el Zoológico de Buenos Aires y en la Dirección de Parques Nacionales.

Ficha biográfica y foto de Alicia Jurado en Revisión del pasado (Elefante Blanco, 2001).

El emplazamiento académico, sin embargo, no era suficiente. Jurado no se conforma con el plano estricto de las ciencias sino que interpela la mirada cultural y artística, el apunte que conecta con la estampa literaria del campo argentino. Fiel al interés por las espiritualidades orientales que indagaba en paralelo, se pregunta, incansable, por la naturaleza humana. Pretende concretar en qué medida la agresividad es una conducta aprendida y buscar soluciones para un mundo intempestivo y en decadencia. Las conclusiones, sustanciosas, recurren a anécdotas vividas en sus viajes. En el zoo de Honolulu o en la Isla Victoria, en Bolivia o en Perú, en Ginebra o en París, en la ciudad o en la pampa, sus meditaciones afirman: “ningún animal es más peligroso que el hombre”, “El mono con armas” (1974).

Con todo ello, puede decirse que Jurado despliega una mirada crítica y lúcida acerca de la relación de los seres humanos con los recursos naturales, materializada, por poner un ejemplo, en artículos como “La destrucción de la naturaleza” (1980). Esta dedicación la llevó a consagrar buena parte de su vida al cuidado del campo y los jardines, al estudio de las plantas y las flores, a la ponderación constante de la ecología. Tal lugar ocupan estas actividades que, incluso, llegará a anteponerlas a su vida literaria: “muchas personas supondrán que mi mayor satisfacción consiste en escribir; sin embargo, están equivocadas […], nada me dará más alegría que la que siento al ver entreabrirse los pétalos de una rosa”, escribió en “Alegrías y amarguras del jardín” (1983).

Esta faceta tan original es, sin duda, una de las aristas más interesantes del temperamento de Alicia Jurado. Si bien no parece que haya utilizado el término “ecofemismo” –que surge a la par de la publicación de buena parte de su artículos acerca del tema— parece que desarrolla un pensamiento afín a Françoise d’Eaubonne. A este entrelaza, además, algunas ideas del budismo que indagaba. Adelantada y valiente, sus textos la proclaman, sin proponérselo, como activista de este movimiento social que ocupa buena parte de las reflexiones de nuestro presente. Bajo esta perspectiva, algunos preceptos del budismo, allanados y alivianados, actúan como eje conector. Por una parte, se describe la naturaleza como fracción de los seres humanos, fuente portadora de amor universal, de compasión y no-violencia. Y, por otra, se invocan e implican valores que conectan con la maternidad, el respeto y el cuidado de los otros. En 1974, en “El hombre y la ecología”, con preocupación, nuestra literata escribió:

Los monocultivos nos privan de oxígeno, llenando el planeta de animales domésticos, granos comestibles y fibras de uso industrial, agotando la tierra y dilapidándola […] Insecticidas y plaguicidas causan estragos en aves y mamíferos pequeños y dañan a los consumidores humanos.

Esta lúcida reflexión –que podríamos traer a la realidad pandémica actual o a investigaciones recientes como Big Farms Make Big Flu (Wallace, 2016)— le sirve para comentar la publicación Man on Earth (1970), libro de S.P.R. Charter con prólogo de Aldous Huxley. En esta disertación de 1974, la escritora brinda un perspicaz análisis de la calamidad medioambiental: “se destruye el equilibrio biológico, a veces de modo irreversible”, afirma, “este cáncer lento que va avanzando sobre el mundo, cubriéndolo de asfalto hasta sofocarlo”. La “explosión demográfica, la contaminación, el hambre, el agotamiento del suelo, la escasez de petróleo” llevan a esta amante del campo a resaltar el destino fatal avistado por Charter:

La lucha de la especie humana por sobrevivir no se plantea hoy entre Oriente y Occidente, ni entre el capitalismo y el socialismo, […] sino, de una manera harto más dramática, entre el hombre y su medio. […] nuestra especie puede desaparecer por completo […].

Habremos tenido que matarnos no ya por países ni por doctrinas sino por el agua y el aire.

Sin embargo, el amargo futuro no es un destino inquebrantable. Para Jurado caben acciones, decisiones y modos de convivencia que presentan soluciones. El mensaje, de nuevo, descubre mimbres budistas. No es ajeno a que la cultura, el arte y la ciencia puedan cultivar una disrupción de “la moral de masas” y envuelve, sobre todo, la reflexión ética. Todo, con el objeto de abrir la perspectiva a una esfera más amplia, la de las personas como “especie biológica”.

Defensora a ultranza de una instrucción cultural nacional y universal que debía arrancar en la Educación Primaria, según Jurado, al igual que el conocimiento de la naturaleza nos hace más sensibles a su cuidado, las expresiones de otras culturas nos hacen más proclives a la solidaridad global. Con esta perspectiva, escribe: “difundir la ciencia y el arte que no separan sino que unen a los hombres, y tratar de que conozcamos la mayor cantidad posible de manifestaciones culturales de otro pueblos”, pues “es difícil odiar a un enemigo con el que tengamos algún valor cultural común”. En otras palabras, lo local no debe confrontar lo universal. Disfrutar de las expresiones artísticas y culturales foráneas hacen a los seres humanos más sensibles a la diversidad y, por tanto, menos propensos a la agresión.

Con el fin de revelar que las fronteras nos devoran, la autora invoca la conservación de nuestro primigenio carácter colaborativo. En este plano, conceptos budistas como la disolución del sujeto, “la impermanencia” o “la irrealidad que prevalece en todas las cosas” son llevados a un plano cívico. Por consiguiente, la dualidad del “dominio y destrucción del Yo” que “500 años antes de Cristo, ya enseñó el Buda, ese camino que él llamó el Óctuple Sendero”, vacía a los occidentales de su narcisismo tendente a grupos cerrados, a concebir la naturaleza en propiedad y a la especie como algo ajeno: “anteponiendo sus mezquinos intereses de grupo a los de su especie”.

En última instancia, denuncia la invasión de la política en la esfera privada y la arrogancia de los líderes. Actitudes que, según la autora, apartan a los seres humanos de un paradigma más responsable, transformador y luminoso. En consonancia con algunas ideas de Huxley, comenta:

Si nos volvemos a los valores espirituales, el panorama es desalentador. El más alto de ellos es sin duda el amor, atributo humano e individual; pero cuando se masifica, se corrompe porque conlleva la contraparte del odio. El amor a la patria que mueve a asesinar a los otros, el amor a una religión que lleva a la guerra santa, tal vez sea juzgado en la historia futura como ejemplo de la inhumanidad e inmadurez de nuestra especie.

La transformación, por tanto, vendría de la mano de una libertad cuya naturaleza primera descansa en la sabiduría, “acaso la verdaderamente única forma de liberación que existe”, una experiencia intransferible que solo cada cual puede lograr: “Es necesario recordar que, aunque la humanidad como conjunto tenga pocas posibilidades de transformarse para bien, hay alguien que sí puede hacerlo y ese alguien es el individuo humano: usted y usted y yo, cada uno de nosotros si nos lo proponemos”.

A la luz de estas sentencias, afirma que la autonomía y la responsabilidad individual podrán, tal vez, generar una existencia más colaborativa, pacífica y armónica. Este pensamiento recuerda la máxima del budismo que espera en el practicante más una experiencia propia que la aceptación de la doctrina. Con el sabor de su interpretación de las filosofías budistas, sin perder de vista su condición de mujer y con base en la profunda preocupación que sentía por el trato humano hacia la naturaleza, asevera que “en última instancia nuestra conducta depende de nuestra condición metafísica”. Su mensaje, por tanto, se abre con fuerza en nuestro presente saturado de información, distracciones e incitaciones a vivir en el afuera. Esta refinada, original y valiente intelectual invita a una indagación íntima del “misterio que cada uno lleva en sí”. Y no hay pérdida, por suerte, al alcance está “el jardín interior del que nadie está privado”, afirmó en 1983.


[i] Entre otras diferencias, en 1976 comienzan las tensiones entre Chile y Argentina por la soberanía del Beagle, lo que ponía en disputa las islas ubicadas en el canal. En 1977, la tensión se dispara y el conflicto alcanzó su mayor enfrentamiento el 22 de diciembre de 1978, fecha en la que Argentina ordenó la ocupación de las islas. La intervención del papa evitó la guerra y promovió la firma del Tratado de Paz de 1984 que puso fin a un conflicto abierto desde 1888.

[ii]Hierbas medicinales.


Sonia Betancort es Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En la actualidad, profesora en la Universidad Camilo José Cela (Madrid). Centra sus investigaciones en las literaturas hispanas contemporáneas: orientalismo, hipertexto literario y transmedia, ecocrítica y ecofeminismo, didáctica de lengua y literatura.  Autora de Oriente no es una pieza de museo. Jorge Luis Borges, la clave orientalista y el manuscrito de ‘Qué es el budismo’ (Ediciones Universidad de Salamanca, 2019), Premio a la Excelencia en Investigación UCJC 2020. Ha desarrollado estancias de investigación en América Latina y EE. UU. Poeta, ha publicado varios libros en España e Hispanoamérica, destaca La sonrisa de Audrey Hepburn, entre los diez mejores poemarios publicados en 2015 según, entre otros, El Cultural (El Mundo) y la revista Ínsula.

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