Conversatorio «Naturaleza y la práctica de la escucha»
JUAN PABLO RESTREPO
El sábado 24 de marzo tuvimos la oportunidad de reunirnos en nuestro cuarto conversatorio del Laboratorio Ecobudismo (LEB). El LEB busca articular y generar un diálogo entre el buddhadharma y otros registros de práctica y conocimiento, con el fin de ampliar la conversación en el contexto de la crisis ecológica que enfrentamos. En particular, nos interesa el diálogo con perspectivas en las que la naturaleza y la ecología se vuelven temas centrales para explorar en el buddhadharma, en un momento en que atravesamos una crisis ecológica sin precedentes en la historia de la humanidad.
En esta oportunidad, nuestra consigna fue entablar una conversación cuyo tema central fuera la escucha profunda del mundo vivo que habitamos. Partiendo de la premisa de que la crisis ecológica no es solo una crisis relacionada con los niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera o con las condiciones climáticas producto del calentamiento global, sino que es también una crisis en nuestra manera de habitar el mundo o, como dice el filósofo francés Baptiste Morizot, una crisis de nuestra sensibilidad, nos propusimos indagar en otras maneras de escuchar, para que la percepción pueda finalmente sintonizarse con la canción del mundo vivo que nos rodea y del cual somos parte. Para esta exploración invitamos a Juan Manuel Claro y a Leonel Vásquez a pensar y contemplar juntos.
En el Buddhadharma encontramos claros ejemplos de este potencial de la escucha para el despertar de la presencia. El maestro zen Eihei Dōgen comenta sobre las diferentes modalidades en que los maestros chinos despertaron a una comprensión de la realidad última a través de la inmanencia de lo sensible, en particular del sonido. Resalta el episodio narrado por el maestro nipón en Sonidos de valle, montañas de colores, en el cual Xiangyan despierta después de un largo periplo espiritual:
Un día, mientras barría el piso, una piedra viajó y golpeó el bambú. Ante el inesperado sonido, Xiangyan tuvo un súbito despertar[…] entonces escribió un poema:
Un golpe disuelve el conocimiento.
La lucha ya no es necesaria.
Seguiré el camino antiguo,
sin decaer en la quietud.
La conducta noble mas allá del sonido y la forma
sin dejar rastro.
Aquellos que han logrado el camino
lo llaman la actividad insuperable.
Juan Manuel Claro, luthier y practicante del shakuhachi (flauta japonesa), nos compartió su experiencia con este instrumento singular: una simple caña de bambú hueca con cinco orificios que, a primera vista, puede parecer rudimentaria o poco refinada. Sin embargo, es precisamente esa crudeza la que permite una rica variabilidad tonal y una cromaticidad sutil, dando lugar a una exploración sonora que excede los parámetros técnicos de la música convencional. Originario de China y adoptado en Japón durante el período Nara, el shakuhachi encontró su expresión más profunda en el Japón medieval, cuando fue incorporado por los monjes de la Secta Fuke del budismo zen. Estos monjes, conocidos como komusō, utilizaban el instrumento como herramienta de meditación itinerante, desarrollando un repertorio de piezas llamado honkyoku. Juan Manuel explicaba que el honkyoku, más que un género musical, es una forma de práctica espiritual, una experiencia contemplativa enraizada en la respiración y en una escucha abierta. Por eso, se habla más bien de soplar en el bambú que de hacer música: el gesto no busca producir algo externo, sino habitar el instante mismo desde el sonido.
La búsqueda que guía a Juan consiste en alcanzar un modo de escucha inocente, despojado de toda conceptualización o expectativa, y desde ese lugar, establecer una relación íntima y presente con el instrumento. Es en ese fluir entre respiración, sonido y conciencia donde se despliega una práctica de atención radical, una escucha que no apunta a interpretar, sino a acompañar el devenir sonoro con disponibilidad. Durante el conversatorio, Juan nos ofreció, a través del shakuhachi, algunas piezas que evocaban distintos aspectos del mundo vivo que habitamos. Aclaraba, sin embargo, que no se trataba de una representación. Las piezas no buscan imitar los sonidos de la naturaleza. Más bien, tanto las composiciones del honkyoku como los propios sonidos naturales son comprendidos como acontecimientos, manifestaciones que pueden, para un oído atento, convertirse en momentos de despertar compartido. Entre las piezas interpretadas estuvieron Tsuru no Sugomori (el nido de las grullas), Daha (la cascada) y Hon Shirabe (el sonido del vacío), entre otras. La experiencia de la escucha, junto con la interpretación misma, constituyó un momento de contemplación para quienes lo presenciamos: un espacio de recogimiento y apertura, donde se hizo posible otra forma de estar con el mundo.
Por su parte, Leonel Vásques, artista sonoro colombiano, nos invitó a explorar una forma de escucha orientada hacia aquellos seres que la modernidad ha relegado al estatuto de lo inanimado o lo meramente objetual. Entidades como rocas, ríos y montañas son convocadas por Leonel en un ejercicio de escucha extendida, donde se vuelve imaginable —y practicable— una auténtica democracia acústica: una apertura sensible que permita atender las voces del mundo más allá del monopolio humano. El trabajo de Leonel busca ampliar nuestras capacidades de relacionamiento con lo viviente, proponiendo que es a través de la escucha que podemos ensayar modos más justos y sensibles de habitar el mundo.
El proyecto que compartió en esta ocasión se titula Escuchar como una montaña, en alusión explícita a la propuesta del ecologista estadounidense Aldo Leopold, quien nos instaba a pensar como una montaña para captar la complejidad ecológica de nuestras acciones. En este gesto se despliega una pregunta radical: ¿Qué nos dicen las aguas, las piedras, los ríos y las montañas? ¿Cómo pueden hablarnos? ¿Y cómo responder y atender a su llamado? Partiendo de una constelación de pensamiento cercana a quienes se interesan por la obra del maestro zen Eihei Dōgen, Leonel propone la necesidad de escuchar con otros oídos —más allá de las formas humanas de significación— para poder acercarnos al lenguaje de los seres no humanos. Como diría Dōgen, en sintonía con esta propuesta, no podremos escuchar el lenguaje de las piedras mientras creamos que solo lo humano comunica. Citando al maestro japonés: «No debes pensar que los seres no sintientes exponen el Dharma en la manera en que los seres sintientes exponen el Dharma. Si asumes que los seres no sintientes deben ser como los seres sintientes en sus voces y en la manera en que exponen el Dharma, y así, conjeturar las voces de los seres no sintientes en términos de estos seres sintientes, esto es contrario al Dharma.» Se trata, entonces, de una escucha que no traduce, sino que se deja afectar; una práctica ética y poética de apertura hacia lo que usualmente no cuenta como voz legítima.
Las referencias de Leonel a la manera en que el oído es una resonancia de los huesos, y cómo el calcio que los compone forma parte de los estratos geológicos del planeta, nos invitan a encarnar de forma directa las nociones de interdependencia que propone el budadharma. Considero que la propuesta de Leonel, si bien no se enraíza explícitamente en una práctica budista, puede contribuir a nuestro camino en el dharma, ayudándonos a encontrar nuevas formas de entrar en contacto directo con el interser, concepto fundamental en el budismo. En su exposición nos decía:
«El cuerpo es como una montaña, es biósfera, es geósfera. En él fluyen los ríos, las aguas que han circulado desde el inicio de los tiempos; no son más ni son menos. Los órganos blandos funcionan como humedales, intercambian seis litros de aire. Cada vez que respiramos, nuestros huesos se alimentan de los minerales de los suelos. El calcio de los huesos, que forma los tejidos duros, luego se fundirá en sedimentos y así continuará en el ciclo de las rocas. Lo escuchamos gracias a las rocas; escuchar es hacer vibrar los huesos. El oído interno está inscripto en el cráneo; la escucha es resonancia en materiales kársticos.»
Sin embargo, Leonel es consciente del momento que habitamos y de cómo este se compone de múltiples violencias e injusticias. Escuchar el sonido del agua es también escuchar el grito que clama justicia por la manera en que ciertos humanos han tratado este líquido sagrado. Actualmente, en el tiempo que algunos llaman Antropoceno, la mirada contemplativa hacia una naturaleza prístina ha dejado de tener un referente claro. A diferencia de los maestros de antaño, para quienes la naturaleza era un lugar de refugio frente al sucio y polvoriento mundo humano, hoy en día no se percibe una naturaleza prístina. Esto quiere decir que, al habitar la percepción del mundo natural, nos es devuelto, como en un espejo, el reflejo de los desperdicios y despojos de una civilización que no supo cohabitar con las demás presencias vivas del mundo. Es por ello que, en la escucha radical de Leonel, hay un duelo que está compuesto no solo por presencias destructivas del orden y el equilibrio —tales como las sustancias tóxicas que se vierten en las aguas de los ríos—, sino también por ausencias, como la del río que ya no existe en su cauce debido al calentamiento global y otros fenómenos relacionados.
El conversatorio continuó con un intercambio profundo entre Leonel y Juan, donde se hizo evidente la potencia del dispositivo que venimos diseñando y afinando en el LEB. La pregunta que abrió el diálogo fue sencilla en su forma, pero radical en su fondo: ¿Qué escucharon del otro? Esa pregunta, que podría parecer menor, condensa uno de los principios fundamentales tanto del LEB como de los conversatorios que impulsamos: la capacidad de afectarnos mutuamente, de permitir que el encuentro con el otro modifique, conmueva y desplace nuestras certezas. Escuchar, en este contexto, no es simplemente percibir sonidos o contenidos, sino abrirse a una alteración real de nuestras formas de comprender y habitar el mundo. Así como la crisis ecológica contemporánea desestabiliza presupuestos que durante siglos se tuvieron por evidentes, el encuentro con otro registro —otro modo de decir, de pensar, de sentir— permite que nuestras propias coordenadas se vean interpeladas. En esa resonancia y disonancia con lo otro, se vuelve posible esclarecer de manera más honda el lugar desde donde pensamos, sentimos y conocemos.
Juan señaló que la resonancia más clara entre ambos registros se encontraba en el afecto que estas prácticas de escucha logran suscitar hacia el mundo. Un afecto que no se apoya en una visión ingenua o idealizada, sino que emerge incluso —o precisamente— frente a un mundo devastado, ultrajado, herido. Aun así, o tal vez por eso mismo, Leonel evocaba la posibilidad de un aprecio, de una gratitud profunda por el simple estar, por el mero hecho de habitar el mundo con otros. Esta reflexión me recordó la propuesta de la maestra y activista budista Joanna Macy, quien habla de cultivar un amor salvaje por el mundo, un amor que no se retrae frente al sufrimiento o la destrucción, sino que se lanza a abrazar la vida con una ternura radical, capaz de resistir el cinismo y el desprecio en los que algunas tradiciones espirituales —incluidas ciertas formas del propio budismo— han caído.
Leonel, por su parte, destacó en la intervención de Juan Manuel un gesto que le pareció fundamental: la articulación posterior al acontecimiento. En un primer momento, decía, es la experiencia la que guía, la que abre un terreno de práctica sensible, a menudo inefable. Pero es igualmente crucial ese segundo momento, en el que intentamos nombrar, pensar, desplegar las posibilidades conceptuales y filosóficas que se abren en la experiencia. No se trata de fijar o cristalizar lo vivido, sino de buscar modos de transmitirlo, de hacerlo compartible, de construir con ello un mundo común. En esa tensión entre experiencia y pensamiento, entre práctica y elaboración, se juega buena parte del sentido de los conversatorios y del trabajo que venimos sosteniendo en el LEB.
Enlaces:
Dirección web de Leonel Vásquez: https://www.leonelvasquez.com/
Instagram de Juan Manuel Claro : @juanmanuel.claro
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Juan Pablo Restrepo estudió filosofía en la Universidad del Valle, Cali-Colombia. Ha enseñado por más de 15 años yoga y meditación. Es practicante de budismo en las tradiciones indo-tibetana y zen. Es representante para Suramérica de G.P.I.W (Global Peace Initiative for Women), organización que crea diálogos y encuentros entre líderes espirituales y jóvenes ambientalistas. Es doctorando en filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente investiga temas relacionados al Antropoceno, la catástrofe ecológica y la manera en que ésta afecta las narrativas espirituales. Es miembro activo del Núcleo de Etnografías Amerindias (NuetAm) dirigido por Dra. Florencia Tola y del Grupo de Estudios Posthumanos dirigido por Dra. Gabriela Balcarce. Vive en Epuyén, un lugar en la Patagonia Argentina, donde construye junto a su pareja Jade Sívori, un espacio de encuentros, retiros y actividades que aporten a la sanación y liberación del humano y la Tierra llamado Gaia Refugio.
