Budismo en la literatura mexicana: exploraciones diversas y consolidación

DAVID SALDAÑA

Este artículo forma parte de nuestra edición especial «El budismo y la literatura iberoamericana»

En un artículo anterior expuse algunas de las primeras menciones y apariciones del budismo en la literatura mexicana, contactos iniciales fuertemente mediados por la información y sesgos europeos que dieron forma al «orientalismo periférico» del fin de siglo XIX. La influencia de las fuentes europeas se extiende con distintos matices y variaciones en las letras mexicanas hasta la primera mitad del siglo XX, pero, con el fin de la Segunda Guerra Mundial y ante las tensiones de la Guerra Fría y el desastre humano, se reformuló la vieja búsqueda del Asia espiritual.

En este sentido, se debe tener en cuenta que el interés por el budismo en Europa es de larga data: las primeras alusiones a la «religión de la nada» se registran en el siglo XVI, en las plumas de los primeros misioneros portugueses y españoles en China y Japón. Ya en el siglo XIX, el surgimiento e institucionalización de los estudios budistas fue uno de los pilares del orientalismo decimonónico, pero no será sino hasta mediados del siglo XX cuando se difundirá de manera masiva, como una verdadera alternativa a una crisis espiritual en Occidente, anunciada por filósofos como Nietzsche, esoteristas como René Guenon o estudiosos de la religión como Mircea Eliade.

Este estado espiritual «incierto» coincide con la publicación de obras de difusión del budismo bien conocidas, como los libros Conze, Zimmer o Rockwell Lanman y voces que emergían de los propios países asiáticos, por ejemplo, las de Ananda Coomaraswamy o Daisetzu T. Suzuki. Estos últimos no estuvieron exentos de polémicas, ya sea por su cercanía a círculos de estudios esotéricos que modificaban la enseñanza de las doctrinas budistas, o porque caían en un comparativismo tendiente a equiparar con el marco teológico cristiano, con el fin de hacerlas más «digeribles».

Además de estas fuentes del budismo, en el ambiente intelectual mexicano se generó una apertura hacia la influencia de múltiples raíces culturales y diversas situaciones políticas de los países asiáticos. Por ejemplo, ya en la década de los 60 se fundaron algunos centros budistas zen, sobre todo cerca de la ciudad de Cuernavaca y derivados de la labor de difusión de Suzuki. Por otro lado, el exilio del Dalái Lama del Tibet en 1959 trae consigo la fundación de una Casa Tíbet en México, desde la que surge una actividad importante de reflexión y difusión del budismo en sus vertientes tibetanas.

Es justo en esta década cuando las enseñanzas del Buda fueron objeto de «extrapolaciones» espirituales: si ya durante la formación del orientalismo se habían tomado algunas nociones budistas para reinterpretar antiguas corrientes del esoterismo europeo —la más activa y evidente quizás sea la teosofía—, nuevas formas de espiritualidad sincrética retoman al budismo, sobre el zen y su visión de la práctica meditativa, para difundirla a expensas del contexto de la sangha (por ejemplo, en prácticas más laicas, como el mindfulness).

Uno de los autores angloparlantes más abocados a esta difusión fue Alan Watts, quien desde muy joven se acercó a una institución de tradición teosófica en la que comenzó sus estudios de budismo. A mediados de los 60, viajó a Japón, el sureste asiático y la India junto con estudiantes de la Academia Americana y, si bien trató de transmitir algunas cuestiones comunitarias del budismo, en sus libros tendía a mezclar nociones de religiones o prácticas concomitantes, como el hinduismo o el taoísmo.

En este contexto, las letras mexicanas contaban con la obra de Octavio Paz, quien en 1957 tradujo del japonés el clásico del haikú Sendas de Oku, había viajado como embajador a la India y a Japón, y además ya había experimentado poéticamente con algunos conceptos del budismo (ver el articulo «Budismo en la literatura mexicana: orientalismo y apertura», publicado en esta revista). Con la llegada de nuevos movimientos espirituales y literarios que mezclaron las viejas inquisiciones esoteristas con el creciente uso de drogas para inducir estados alterados de la conciencia, nuevos y nuevas poetas en México se acercaron al budismo en medio de este frenesí de influencias heterogéneas —entre las más famosas quizás, el New Age y la generación beat.

Sergio Mondragón. Fuente: Wikimedia Commons

El más longevo de esos autores es Sergio Mondragón (1935), quizás también el más cercano al movimiento beatnik. Editor de la cosmopolita revista El corno emplumado, desde el inicio de su carrera como escritor se dedicó a indagar e incluir nociones relevantes del budismo indio en su poesía. En su primer poemario, Yo soy el otro (1964), ya aparecen poemas titulados con términos como «Kundalini», en el que explora esta noción, cara a las distintas espiritualidades de la India, con la intención de establecer una primera fase de exploraciones trascendentales.

Dichas inquietudes se concretaron con mayor firmeza en el poemario El aprendiz de brujo (1969), con tres poemas titulados «Padmasana», «Ruptura de la disciplina» y «¿Qué es?», en los que se invocan la meditación, el karma y lo inefable como puentes de origen budista hacia las laderas occidentales, entre referencias hippies a la liberación sexual y el uso de drogas. Tras los hechos de octubre del 68 en México, Mondragón visitó Japón y se dice que vivió en un monasterio budista. A este viaje sigue una pausa en su obra hasta la publicación de Pasión por el oxígeno y la luna (1982), poemario en el que se nota una mayor soltura al referirse al budismo, sus prácticas y nociones. Uno de los poemas ejemplares en este sentido es «Distancia»:

Entre el buda y yo pasa una muchacha

callado pasa un río

pasa otra muchacha

el mar que no ceja y el silencio:

equivocación, pasa rugiendo un tren

y dispersa las palabras.

 

yo les tengo fe a estas palabras

no las voy a abandonar

así nos quedemos solos contra el mundo

no las voy a abandonar

el mar que pasa cantando

aquellas muchachas transpiran en algún lugar

 

pero entre el buda y yo una muchacha seria

un barco pasa lento por el mar

pero entre el buda y yo una muchacha seria

sólo la eterna soledad inmóvil me separa del buda.

El silencio, una percepción de las cosas que con el tiempo se aclara, así como la relación con el lenguaje —distancia enunciativa— ponen de manifiesto un proceso de meditación en plena cotidianeidad, ya sin las solemnes visitas a templos o contemplación de estatuas búdicas típicas del primer orientalismo. La presencia del budismo en Mondragón se extenderá hasta su último poemario, Hojarasca (2007), y aunque es uno de los poetas mexicanos más prolíficos en este interés por Asia, es también uno de los más versátiles y no se le puede encasillar en ninguna espiritualidad concreta.

Por otro lado, entre las autoras que tuvieron contacto de primera mano con el budismo destaca Esther Seligson (1941-2010), poeta judíomexicana que combina sus raíces hebreas con una indagación puntual en el budismo tibetano. Seligson viajó al «Techo del mundo» y a partir de su regreso comenzó a escribir y procesar sus experiencias como viajera en el breve «Diario de un viaje al Tíbet». Cabe mencionar que este texto se publicó en un libro postmortem que lleva por título Escritos a mano (2010), aunque de manera aislada, Seligson ya había indicado su interés por el budismo al publicar poemas sueltos en espacios como la Revista de la Universidad Mexicana.

Esther Seligson. Fuente: Google Images

Uno de esos poemas es «A los pies de un Buda sonriente», obra relativamente larga dividida en tres partes. En la primera, la voz lírica se apropia de su experiencia, la legitima y le da valor a sus pérdidas y travesías. Y es así, en un «trayecto de abandonos», que en la segunda parte, el monólogo de la poeta entra en diálogo con alguien más:

Una voz me había dicho

«prosigue

derrama la semilla sin mirar

detrás los surcos donde caiga

si será árbol o matojo

no te importe

también los vientos tropiezan

el mar encalla»

Creí, sí, a pie juntillas

y proseguí y todo se fue

para siempre

A diferencia de otros poetas que afirman el contacto con el budismo, la duda sobre la posibilidad de transmitir la experiencia trascendental es un elemento notable de la obra de Seligson: la duda es su samsara personal, como un karma que hay que confrontar y que se empeña en regresar continuamente en esta vida, a pesar de las señales y aprendizajes trascendentales.

Por último, es necesario aludir a Alberto Blanco (1951), pues no sólo es uno de los poetas más reconocidos y consistentes en el ámbito mexicano, sino uno de los pocos que ha realizado una traducción de un texto budista, a saber, el Dhammapada (1997). Como poeta, Blanco presenta este compendio de sabiduría basándose en la conocida fascinación de la filosofía por la belleza y el arte, medio material útil en la dilucidación de las verdades trascendentales expuestas por el Buda. Por lo tanto, es pertinente rescatar las afirmaciones de Blanco en la introducción a su edición del Dhammapada:

«A diferencia de lo verdadero, lo bello se encuentra en el mundo de las formas cambiantes y su percepción es viable y descriptible a través de la meditación, la cual, inherentemente nos lleva a la poesía, ejemplo es el mismo Dhammapada: un discurso poético producto de la constante meditación del Buda. Siddhartha estructuró su pensamiento a manera de verso. Como una analogía de nuestras vidas, la brevedad es su esencia. En cada estrofa, e incluso en cada verso, las ideas cambian sin dejar de entrelazarse.»

Alberto Blanco. Fuente:Wikimedia Commons

En unas cuantas líneas, Blanco demuestra que conoce y puede exponer al lector el recorrido de las letras mexicanas en torno al budismo, corroborando la travesía que he tratado de resumir aquí: la exploración de diversas fuentes en las que la poesía encuentra ecos significativos, caminos paralelos en la expresión de una verdad multiforme ligada al misterio de la vida.

Los ejemplos citados aquí no son exhaustivos de ninguna manera. Quedan otros poetas cuya impronta budista es un poco más compleja, como José Vicente Anaya, cuya obra está a caballo entre el budismo ch’an, el taoísmo y los estados alterados de conciencia propios de la tradición indígena mexicana, en el emblemático poema Híkuri (1987); otros, nacidos ya después de los 60 y cuyas publicaciones se encuentran en la transición del cambio de siglo, como León Plascencia Ñol y Aurelio Asian, se centran en la noción de satori desde las culturas coreana y japonesa, ampliando y corroborando los horizontes y puntos de apoyo en el diálogo mexicano con las culturas asiáticas y las distintas manifestaciones del budismo. Con estas puntualizaciones finales, es posible decir que, si algo ha encontrado la literatura mexicana en las enseñanzas del Buda, es una forma de ver el mundo más allá de la ortodoxia cristiana; el budismo representa un camino paralelo que se adapta a los tiempos, a cada autora y autor, ligándose de manera íntima con sus expectativas trascendentales en torno al vacío, el silencio y el cese del yo.

Licenciado, maestro y doctor en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor de Teoría literaria en el Colegio de Letras hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel I). En 2015 realizó un intercambio académico en la Friedrich Schiller Universität Jena, y de 2019 a 2021, llevó a cabo una estancia posdoctoral con el proyecto Visiones de Japón y lo trascendente en la narrativa mexicana contemporánea, adscrito al Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, de la UNAM. Sus principales líneas de investigación son el orientalismo en la literatura hispanoamericana, así como la ironía y la metaficción en la narrativa latinoamericana. Ha participado en reuniones académicas nacionales e internacionales. Es autor del libro La permanencia del vacío: ficciones y símbolos japonistas en la narrativa mexicana contemporánea (1980-2015) (2023). Otras publicaciones relevantes son: «La mirada hacia el sol naciente: vínculos entre las estéticas de Juan García Ponce y Jun’ichirō Tanizaki, Estudios de Asia y África, 57 (1), 2022»; «La paz del vacío y la bola de la Revolución: aproximaciones a El samurái de la Graflex», Acta Poética, 43 (1), 2022; «El lejano referente: ficciones de Japón en Shiki Nagaoka: una nariz de ficción», La colmena, No 110, abril-junio de 2021.