«Zen Noir» – Una reseña

JOHN SHANNON

Este artículo forma parte de nuestra edición especial «El budismo y el cine»

¿Qué significa «Zen Noir»? No lo sé ¿Qué es «Zen»? ¡Simplemente eso! ¿Qué es «Noir»? Solo noir. Experiméntelo. Zen Noir, película producida, escrita y dirigida por Marc Rosenbush y estrenada en el 2006, trata sobre un detective privado que investiga una muerte en un monasterio. Pero la cinta, además, versa sobre la muerte y la vida mismas. Y sobre duhkha y sukha. Y sobre té y naranjas. La película es surrealista, y a la vez muy real. ¿Trata de asesinato o de misterios existenciales? ¿De ninguna de las dos cosas o de ambas a la vez? ¿Es cine negro o bien colorido?, ¿es verdaderamente zen? Yo, el crítico, un practicante de zen ya secularizado, antiguo estudiante del budismo seoncoreano, influenciado por las enseñanzas de Thich Nhat Hahn, experimento esa película como zen. Como filme, es una original obra de arte. Y, ¿será un koan cinematográfico? Véala y decídalo por usted mismo. Pero atención: ¡esta reseña y resumen es un espóiler!

Durante la película siempre habla un narrador masculino, y recurren imágenes simbólicas como, por ejemplo, naranjas—con o sin llamas—, alusiones al té, y círculos enso, típicos del zen. Al principio se muestra la imagen de un rostro femenino de color púrpura, con el carácter chino de «muerte» pintado sobre él (imagen que se reiterará en el filme). Pero al carácter le falta un trazo y por tanto no significa verdaderamente la muerte. Un simple error de los cineastas, pero que conlleva a reflexionar sobre el significado de morir.

Entonces aparece un anónimo detective privado estadounidense (a quien llamaremos convencionalmente «Dick»), protagonista principal de la película y su narrador. Dick se despierta de su sopor etílico, sentado en una silla, vestido con camiseta y sombrero fedora de fieltro, aferrando un vaso de whisky semivacío y soñando con su difunta esposa embarazada, Nora (la mujer del carácter chino incompleto). Es despertado por la llamada telefónica de un individuo con acento japonés, informándole que vaya «al templo» porque alguien va a morir. Cero detalles, ni ubicación. Nuestro hombre, despeinado y sin afeitar, se viste, toma su revólver y deduciendo que el «templo» no debe ser una sinagoga (¡no habrá demasiados judíos japoneses cerca!), se marcha en misión como todo un Mike Hammer o un Sam Spade.

Fotograma de Zen Noir

Lo reencontramos en el zendo de un templo budista, donde meditan cuatro personas con túnicas negras y cabezas rapadas. Son dos asiáticos (el anciano maestro y un viejo monje campanero) y dos caucásicos (Ed y Jane). Mientras toca la campana, el veterano tañedor se desploma y muere. Ed y Jane se miran con curiosidad. El maestro continúa meditando.

Dick, revólver en mano, se abalanza gritando: «¡Nadie se mueva!» Luego pregunta quién está a cargo. Ed y Jane señalan a Dick. Dick pregunta quién lo hizo. Ed y Jane señalan el cuerpo del monje muerto. Y así comienza a desarrollarse la historia.

La voz de Dick, en off, describe al cadáver (con una tarjeta blanca adherida a la mortaja, exhibiendo el carácter chino incompleto). Para él el difunto era «una especie de budista». El entorno sacro le lleva a considerar esa muerte como inusual, ¡especulando que quizás haya algún culto involucrado! ¿Conque un culto? Pues, definitivamente, habrá que investigar.

Dick les orienta a los tres interrogados lo mismo: «Mantengamos las cosas simples». Ed responde con una desconcertante pregunta basada en un koan tradicional: «¿Té?». Jane lo observa seductoramente (¡anuncio de problemas!), y ante su interrogante de si ella es «una especie de monja», ella solo sonríe. En cuanto al maestro, pues responde mostrando una naranja. Les pregunta ahora a los tres sus nombres. Ed da primero otra respuesta a la zen, para al final identificarse. Eso mismo hará Jane (la cual le ofrece té al detective…). El maestro, una vez más, levanta una naranja.

En la escena que sigue, se alternarán por un lado la trama (donde las frustrantes respuestas tipo zen eludirán clarificar las preguntas del detective) y por el otro las reiterativas naranjas (inscritas con signos interrogativos, convertidas en jugo, etc.). Ed aclara que en el templo él es ahora el nuevo encendedor de velas y tañedor de campanas (las cuales golpea con su propio cráneo). Dick sospecha que este «ascenso» puede ser el motivo para el asesinato del viejo campanero. Pero Ed lo niega. Jane afirma no haber visto nada del fallecimiento pues tenía los ojos cerrados, al meditar sobre la muerte. Y en cuanto al maestro, pues, al ser interrogado, ¿qué hará? Obvio: acude a sus naranjas, a las que alza o sostiene ante sus ojos. Dick decide arrestarlo, pero se descubre sin su arma.

A medianoche, dialogan Dick y Ed. Súbitamente, el segundo extrae el revólver del investigador y se suicida. (Imagen de una naranja llameante y de un enso). Desconsolado, Dick dormita y sueña llorando con Nora. Luego reflexiona en la muerte, la pérdida, el sufrimiento, y en su propia persona y en este gran misterio: ¿quién es él mismo? Jane lo visita y medita con él.

Fotograma de Zen Noir

Dick va entonces al maestro para averiguar por qué Ed podría querer suicidarse. El maestro le ofrece té y juntos meditan un poco sobre esa bebida. Más tarde, observa como el maestro dirige la meditación con su palo keisaku. El nuevo interrogatorio policial del sensei tampoco conducirá a ninguna parte. Al final sobrevendrá una escena surrealista, donde el detective enloquece temporalmente y abundan las ya esperables imágenes de naranjas (sangrando, cayendo, devoradas por cerdos) y otros símbolos de vacuidad. Dick detecta que ya ni siquiera puede salir del templo.

Cuando Dick se recupera, topa con Jane quien le asegura que no es monja, sino una laica que todavía puede tener relaciones sexuales. Lo cual, de hecho, sucede entre ambos. Asombrosamente, el detective ha olvidado su nombre. De modo que acude, confundido, al maestro y le pregunta: «¿Quién soy yo?» Naturalmente, este sostiene una naranja… Dick, desorientado, le ruega al maestro que lo ayude a calmar su mente. El sensei le pide que le entregue su mente, y lo golpea en la cabeza con… una naranja. (Aparece entonces la imagen de dicho fruto con un enso pintado. ¿La naranja es el enso? ¿El enso es la naranja?). Sigue un diálogo donde el maestro guía a Dick en sus averiguaciones sobre su propia identidad (quién es o se cree ser). Y cuando el detective la pregunta al sensei qué sucede cuando uno muere, el guía espiritual responde que lo ignora, porque todavía no está muerto. (Entra la imagen de una naranja con moho, con insectos arrastrándose sobre ella. Decadencia… Muerte…)

Fotograma de Zen Noir

Más tarde, Jane aparecerá una vez más, para confesarle a Dick que está muriendo. El detective golpea la campana del templo con su cabeza, igual que Ed. Y le pregunta al maestro (con quien comparte los sempiternos cítricos) por qué todos aquellos que él ama tienen que morir. El sensei departe con Dick, sentado junto a él en un zafu, acerca del cambio y la muerte, y le asegura que Jane también morirá. Y entonces aclara el profundo y oculto simbolismo espiritual de las naranjas, tan ubicuas a lo largo de la cinta.

Según el maestro, una naranja es el mundo entero. Y no solo el fruto, con su cáscara y su jugo. No; mire usted profundamente en ella, y podrá ver árboles, huertos, granjeros, lluvia… Mire aún más profundamente, y podrá divisar a la muerte. Naranja muerta, insectos muertos, gente muerta. Todos han muerto; pero todos siguen aquí. Cada bocado, cada sabor no es solo una naranja, sino el universo entero. Incluso si se desencadenara el fuego, la naranja sobrevivirá.

Fotograma de Zen Noir

El maestro le cuenta a Dick sobre su difunto maestro, sobre naranjas y sobre su muerte. Dick solloza. Luego el investigador y el sensei hacen juntos el gesto gassho. Y entonces el maestro se desploma de lado, lentamente, cae de su zafu al suelo y muere. Justo como el viejo monje campanero. ¿Por qué? No hay respuesta. Solo se ve a Dick sentado en un zafu solo, llorando. E imágenes fantasmales de sudarios, de Nora y Jane. Y un trozo de naranja.

A continuación, aparece Dick sentado en un zafu, ahora vestido con una túnica negra de tipo zen, pero con su sombrero de fieltro, como al principio de la película. Aunque se le nota mucho más tranquilo. Jane se halla junto a él, en otro cojín. Dick le pregunta si le gustaría un poco de té, pero Jane se niega. Él le pregunta si le apetecería un trozo de naranja, y ella responde «no ahora mismo». Entonces Dick inquiere cuánto tiempo le queda a ella de vida. Jane le replica que no lo sabe. Dick, dice «ok». Ambos se dan la mano. Y así termina el film.

Dick, quien al comienzo de la cinta era un típico detective de cine negro, duro y cínico, al final ha sido transformado en, quizás, «una especie de budista». Y Jane, una atípica femme fatal del cine negro, también cambiará, pero de vivir a morir. Empero, también Dick morirá en algún momento. Todo muere. Impermanencia. Cambio. Muerte.

Grandes preguntas. Gran Duda. Gran película. ¿Hablamos de un asesinato? ¿De un misterio? ¿O ni de una cosa ni otra? ¿O de ambas? ¿Quién hizo la llamada telefónica inicial? ¿Es la película un koan cinematográfico? Bien, vea la cinta. Experiméntela. Y usted mismo decidirá sobre ella y su esencia.

Pero, sea lo que sea, sí es excelente, a veces divertida, a veces triste, y siempre estimulante. Y la evocadora banda sonora de Steven Chesne es magnífica, ya que combina sonoridades asiáticas y occidentales, como instrumentos budistas (campanas, gongs y tambores, un shakuhachi, un cuerno dungchen tibetano), con contrabajos, jazz y música electrónica. Siempre la melodía más adecuada para cada circunstancia, en la medida en que estas se van sucediendo. Como también ocurre con los silencios. Y la excelente actuación, la fotografía, la iluminación tenue, el decorado minimalista y la edición, obrando a una, añaden significativamente al estado de ánimo zen y al efecto noirde esta película de cine de autor, filosófica y psicológica. Muy recomendable para los futuros espectadores.

This Post Has 2 Comments

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