Sarnath, el Benarés del Buda

ÓSCAR CARRERA

Dhammacakkappavattana-sutta. Palabro que se suele traducir en español como «El Sutra de Benarés», originalmente Discurso de la puesta en marcha de la rueda del Dhamma (el primer discurso del Buda). La traducción es perdonable, pues Benarés es una de las ciudades indias más conocidas para el gran público, con sus majestuosas escalinatas que descienden al Ganges y albergan toda una fauna de ascetas, devotos, pillastres y bovinos. Pero la idea de un «Sutra de Benarés» puede traer a la mente a un Buda sentado en algún rincón de los fotogénicos ghats, quizá con un té al limón en la mano, predicando su nuevo evangelio entre yoguis y santones de diversas escuelas. En realidad, todo sucedió bastante lejos de allí.

Benarés existen muchos, pero en sentido geográfico hay dos: el de los hindúes y el de los budistas. El primero es el de los ghats, los crematorios al aire libre, los santones cubiertos de ceniza, por el que pasa casi todo el mundo, incluidos los que se dirigen al segundo, situado en la pequeña ciudad de Sarnath, a más de diez kilómetros de distancia.

En realidad, hay muchos otros pequeños Benarés: la ciudad santa de los sijs ravidassis o la de los jainistas, varios de cuyos maestros iluminados (tīrthaṅkaras) nacieron en la eterna urbe, incluyendo el popular Parshva. Pero esto suele pasar por debajo del radar del visitante e incluso de algunos que no lo son…

La importancia del modesto Sarnath es que allí se predicó por primera vez la doctrina búdica: los dos primeros discursos de Gotama. Tras su Iluminación en Uruvela (actual Bodhgaya), el Buda rastreó el mundo mediante poderes psíquicos en busca de oyentes. Sus dos maestros habían fallecido, así que escogió a sus antiguos compañeros de vida espiritual, que se desencantaron con él cuando abandonó la vía ascética. Por ellos recorrió los más de 200 kilómetros que separan Bodhgaya de Sarnath. Los localizó, aún recelosos, en un punto marcado actualmente por la estupa Chaukhandi. Practicantes de un estricto ascetismo, estos cinco monjes habían optado por un parquecillo muy alejado de la metrópolis y sus ritmos.

Las excavaciones de 1904–1905 revelaron obras maestras como el capitel de Ashoka y la estatua de Buda del siglo V. Dominio público.

La radiante apariencia del Buda disolvió rápidamente los recelos, y los seis viejos compañeros se dirigieron a lo que hoy es el parque arqueológico, donde Gotama expuso el famoso sermón «de Benarés». El nombre específico del enclave es «parque de los ciervos» (migadāya) y no deja de ser intrigante que, pese al abandono (y probable destrucción intencionada) al que los siglos condenaron a la mayoría de las estructuras budistas, el actual nombre de la ciudad, derivado de su principal templo hindú, venga a significar «Señor de los ciervos» (Sarangnath), en referencia al dios Shiva, que a veces sostiene uno en la mano. Hoy los únicos cérvidos del lugar se encuentran en un plácido minizoo, en la presunta ubicación de aquel parque donde otrora vagaban libres.

Como los otros «lugares sagrados» del circuito de peregrinaje budista en India y Nepal, Sarnath resucitó en la época moderna. Y, como en aquellos, la mayoría de los nativos cultivan ahora el hinduismo (como prueba un templo anexado a la estupa Chaukhandi), aunque no es tan raro ver a un aldeano entrar en uno de los templos (descalzo ya de casa) y mostrar respetos ante una imagen del Buda o del dalái lama. A lo largo del siglo XX crecieron como setas los templos y monasterios de países budistas, aunque en Sarnath pocos —los tibetanos, el japonés, Mulagandhakuti…— se libran de una estética kitsch con ocasionales retazos de cómoda de abuela. El estilo «nacional» de cada templo interactúa escasamente con el terreno local, salvo por las reproducciones de sus restos arqueológicos y el recordatorio, en uno de los templos cingaleses, de que el próximo Buda nacerá en Benarés (Ketumati). Más frecuente es la combinación de estilos «nacionales» budistas, como la lograda amalgama de motivos birmanos y tibetanos del principal árbol bodhi.

La asociación de la actual Sarnath con los orígenes del budismo se remonta como mínimo a la época del emperador Ashoka (s. III a. C.), que erigió en el lugar un pilar con un magnífico capitel de cuatro leones. Aunque se ha discutido hasta qué punto la imaginería de Ashoka es distintivamente budista, el de Sarnath, enclave donde se puso en marcha la rueda del Dhamma, es su único capitel con ruedas. Se encuentra hoy en el Museo Arqueológico local, junto a esculturas de la escuela local de Sarnath y otras importadas desde Mathura, uno de los primeros núcleos en desarrollar imágenes del Buda. Aunque la mayoría de las estructuras arqueológicas visibles son del periodo Gupta (siglos IV-VI d. C.), incluida la prominente estupa Dhamek («atenuada» para parecer más grande de lo que es), es quizá indicativo de la antigua tradición sacral del lugar que también sufíes y jainas (digambara) construyeran santuarios en las inmediaciones del recinto, los segundos conmemorando al maestro iluminado Shreyansanath.

Según la tradición budista, el culto en Sarnath se remonta a la noche de los tiempos, pues sería uno de los «lugares no abandonados» (avijahitaṭṭhānāni), adonde todos los budas se dirigen para dar su primer discurso. Aunque esta dimensión cósmica no es favorecida por las presentaciones modernas, que se ciñen al buda «histórico», Sarnath resurge en épocas y lugares distantes. Tras su independencia, la India moderna secular escogió como emblema de la nueva nación el capitel de los leones, y como bandera la rueda del Dhamma que un día se erigía sobre él: su mayor símbolo, quizá, de unos «comienzos» (1). Varias décadas antes, cuando el escritor estadounidense H. P. Lovecraft quiso relatar la fundación de una antiquísima ciudad, le vino misteriosamente a la mente el nombre de Sarnath, al parecer sin haber oído hablar de la ciudad india recientemente excavada.

Posible representación temprana del Buda haciendo girar la rueda del Dharma, encontrada en el actual Afganistán (siglo I a. C. o I d. C.) y destruida durante el primer gobierno talibán. Fuente: Ismoon (Wikimedia Commons).

El Dhammacakkappavattana-sutta deja claro que Gotama predicó por vez primera «en Benarés, en Isipatana [‘donde descienden los rishis’], en el Parque de los Ciervos». Que esos topónimos en efecto se correspondan con el lugar identificado históricamente resulta imposible de determinar hoy. En cualquier caso, los textos budistas tempranos muestran una gran preocupación por ubicar geográficamente sus narrativas, quizá por primera vez en los anales de la literatura india. El detalle en la descripción es aquí decisivo: no se trata de atraer peregrinos al centro urbano y religioso de Benarés, sino a una periferia carente de historia previa. Todos los dioses hasta el más alto cielo (de cuantos tienen ubicación y voz) proclaman que el Buda ha pronunciado su primer discurso en esta diminuta localidad. El cosmos entero centra sus ojos en un pueblecito que no ha dejado de serlo del todo (pese a recientes amagos desarrollistas). El sutta en cuestión parecería una sucesión de fórmulas preexistentes, y algunos lo consideran tardío en virtud de sus doctrinas. ¿Se introdujo una leyenda local en un texto compuesto, grabándola en la piedra del Canon para la posteridad (y atrayendo desde antiguo a un buen número de «turistas»)?

Emblema nacional de la República de India, con el capitel de los leones de Sarnath.

La cosa no parece tan sencilla. La estructuración del contenido, una vez hechos a las repeticiones del género, es impecable, y el sutta supone la principal fuente canónica para la doctrina de las Cuatro Nobles Verdades y el contexto en que se sitúa el Camino Medio. Sería un discurso de referencia —al menos para la porción de los primeros budistas que consideraban centrales estos conceptos— aun si no se empleara para nutrir un peregrinaje milenario. Sin embargo, la elegancia atañe a la parte principal del texto, que concluye de manera un tanto más extraña:

el Buda termina su discurso; los monjes se alegran por lo que han oído;

uno de ellos, el venerable Koṇḍañña, tiene una percepción del Dhamma. Parafraseando: «Todo lo que surge tiene que cesar»;

justo entonces se desencadenan: un coro de todos los dioses, cielo tras cielo; un temblor de diez mil mundos y un radiante destello universal;

pasado esto, al Buda sólo se le ocurre hacer un comentario, como si no hubiera sucedido nada, sobre la experiencia del venerable Koṇḍañña muchas líneas atrás. El texto culmina con un dudoso juego de palabras: Koṇḍañña será conocido en el futuro como añña koṇḍañña (‘Koṇḍañña el que entiende’).

Es en la tremenda sucesión de fenómenos «sobrenaturales», que parecerían intercalados en el affaire Koṇḍañña, donde se insiste en que todo esto ha tenido lugar en lo que hoy llamamos Sarnath. ¡Todos los dioses lo repiten! Pero que esos pasajes (y la línea introductoria del sutta) fueran en efecto una interpolación no desmentiría una tradición oral previa sobre un origen histórico del budismo en Sarnath, de la que bebiera esa interpolación. En algún sitio tenía que empezar. Y tanto el emperador Ashoka como la moderna República de India y, quizá, el buda Gotama encontraron sus inicios en un parque de ciervos a las afueras de Benarés.

  1. El célebre capitel, construido en torno al 250 a. C., sigue generando titulares: el año pasado hubo una controversia por el aspecto agresivo de los leones en la reproducción que corona el edificio del nuevo parlamento en Delhi. Los detractores argumentan que han dejado de ser «leones protectores», quizá reflejando el talante del actual gobierno nacionalista hindú.