Interdependencia y virtudes: la ética ambiental desde el budismo

KATHERINE V. MASÍS-IVERSON

Este artículo forma parte de nuestra edición especial: « Budismo, ecología y cambio climático »

Este artículo es una versión resumida de un capítulo del libro Estudios budistas en América Latina y España , el cual será coeditado por Publicacions Universitat Rovira i Virgili (URV) y la Fundación Dharma-Gaia (FDG).

La ética ecológica en el budismo

Al tenor de las preocupaciones surgidas en la comunidad científica y el público en general, la ética ambiental nació en el siglo veinte como rama de la ética aplicada. Desde el punto de vista de un budismo contemporáneo con características compartidas entre las grandes escuelas theravāda y mahāyāna, se pueden detectar temas comunes en el manejo y la divulgación de los temas ecológicos y sus impresiones éticas, los cuales se comentan a continuación.

La Red de Indra. Obra de Alan Winter, tomada de https://winterboy.net/product/indras-net/

cosmología budista

Comprender la cosmología budista es crucial para contrarrestar la ignorancia ( avidyā ) acerca de la posición de los seres humanos como agentes morales en el universo infinito en todas las direcciones y eterno en todos los sentidos y cuya estructura es un complejo entramado de fenómenos interrelacionados y que depende entre sí. La Red de Indra es una metáfora conocida que describe el universo como una malla infinita de cristales o gemas en la que cada uno de sus nudos refleja, a manera de espejo, a todos los demás cristales o gemas. Todo cuanto ocurre en el universo es parte de un conjunto de causas y condiciones que generan efectos que a su vez se definirán en otras causas y condiciones que desembocarán en futuros efectos. Todos los fenómenos en el universo son efímeros;están en cambio constante y carecen de sustancia propia y autónoma.

El universo alberga sistemas incontables que contienen otros mundos con sus propios budas apropiados para las necesidades de sus habitantes y que, al igual que el Buda histórico de nuestro mundo, les han proporcionado las enseñanzas necesarias para conducirlos hacia el nirvāṇa es decir, la iluminación o liberación final de tener que volver a nacer en forma física.

En el nuestro sistema, hay una Rueda de la Vida y de la Muerte llamada bhavacakra en sánscrito, que representa las maneras en el que habitan los seres sintientes o seres con la conciencia suficiente para poder sufrir. Todos los habitantes del bhavacakra pertenecen al mundo de saṃsāra , es decir, el escenario en el cual los seres sintientes nacen, viven, mueren y renacen una y otra vez en ciclos transitorios hasta alcanzar el nirvāṇa . El bhavacakra tiene seis reinos que albergan seis tipos distintos de existencia que pueden durar mucho o poco según su respectivo karma o los resultados de sus acciones en pasados recientes y remotos:

 (1) Los devas o dioses viven millas de años en su reino y llegaron a ese estatus debido a que acumularon buen karma en Vidas previas. Llevan vidas fáciles y placenteras que duran millas de años pero tarde o temprano se les agota su buen karma y han de renacer en otro reino cuyas circunstancias no serán tan agradables, ya que aún queda karma no tan favorable sin agotar.

(2) Los asuras o semidioses viven atormentados porque envidian obsesivamente a los dioses; luchan violenta e infructuosamente por obtener lo que los dioses tienen y por invadir su reino, ya que creen que esa es la verdadera felicidad.

(3) Los pretas o espíritus hambrientos viven en un reino de carencia continua, ya que padecen de hambre y sed constantes que no pueden aplacar: tienen estómagos enormes que no pueden llenar, bocas diminutas y gargantas estrechas que solo dejan pasar cantidades mínimas de alimento y liquido.

(4) Los narakas o seres infernales pasan por todo tipo de torturas y dolores imaginables en su reino. Sin embargo, al igual que sucede en los demás reinos, su estancia en la dimensión infernal no es eterna, ya que tarde o temprano, se le agotará a cada habitante el mal karma que lo llevó ahí.

(5) El reino de los tiryagyoni o animales implica una vida de ignorancia y lucha. En el ámbito silvestre existe el peligro de ser cazados por seres humanos u otros animales o bien, pueden ser víctimas de explotación y maltrato de parte de seres humanos en entornos domésticos, de trabajo agrícola, de transporte o de cuidado de bienes.

(6) Los manuṣya o seres humanos habitan en su propio reino, generalmente con raciocinio y con vidas en las que hay diversos grados de duḥkha , es decir, sufrimiento o insatisfacción. Este reino tiene las mejores condiciones de ofrecer una dosis justa de sufrimiento como para despertar el deseo de liberarse del saṃsāra y alcanzar el nirvāṇa .

Bhavacakra. Los Seis Reinos componen el círculo penúltimo de adentro hacia afuera. https://realizationalstudies.com/bhavachakra-wheel-of-life-death/

Comunidad moral y agentes morales en el budismo

Todo sistema ético se refiere a una comunidad moral cuyos miembros están vinculados por sentimientos de compasión, responsabilidad u obligación. Una comunidad moral puede ser una familia, las personas que comparten un lugar de trabajo, quienes estudian y trabajan en una institución educativa, vecinos de regiones de tamaño diverso, los habitantes de un país, etc. La ética ambiental puede extender la comunidad moral más alla de los seres humanos para incluir a los animales, plantas y otros componentes del ecosistema.

Puesto que la preocupación central en la ética budista no es maximizar el placer sino reducir el sufrimiento, la comunidad moral en una ética ambiental budista comprendería a aquellos seres vivos sintientes, es decir, aquellos seres capaces de sufrir, aunque con diferentes experiencias de conciencia del sufrimiento. Los animales no humanos son parte de la comunidad moral porque son seres sintientes. El estatus de la vida vegetal es menos claro, no obstante que, desde el budismo contemporáneo, se defiende la integridad de los bosques y la protección de la vida vegetal de la destrucción necesaria.

Todo agente moral es capaz de distinguir entre el bien y el mal; es decir, de prevenir y remediar el sufrimiento o de provocarlo y atizarlo y, por ende, de responsabilizarse de sus actos. Cuanto más clara sea la percepción de la interconexión de todo cuanto existe y cuanto mayor sea el deseo de cultivar el carácter, tanto mejor será la eficacia de los comportamientos proambientales.

Percibir la conexión con el ecosistema

La consideración moral por los demás miembros del ecosistema llegó en gran parte a una transformación radical de la manera en que el individuo se percibe a sí mismo. Aunque los seres humanos sean biológicamente naturales, lo cierto es que el sentimiento de separación del mundo natural parece prevalecer en el mundo urbanizado de hoy, producto de una ignorancia profunda que nace de la carencia de una percepción directa y sentida de la interdependencia, insustancialidad y transitoriedad de las cosas.

Un acercamiento puramente intelectual y una acumulación de información sobre los nexos reales que existen entre los seres humanos y los ecosistemas no garantizan dicha percepción directa y sentida. Son comunes los divorcios entre el conocimiento teórico y la práctica cotidiana. Una actividad común en todas las líneas del budismo y que se propone hoy día como remedio (pero no instantáneo) para la sensación de separación del resto del ecosistema es la meditación. 

El término «meditación» es una traducción imperfecta del término sánscrito bhāvana que significa «cultivo», lo cual, según el tipo de meditación, hace referencia al proceso de entrenar la mente para adquirir destrezas de concentración y de atención plena así como desarrollar cualidades deseadas para la armonía propia y con los demás como la compasión, la benevolencia, la ecuanimidad y otras que se comentarán más adelante. Existen muchas formas de meditación y el acceso a ellas hoy día por medio de instructores calificados, libros, vídeos, archivos en audio y otras presentaciones no tiene precedentes en la historia mundial, aunque que su calidad sea diversa y cada enseñanza deba valorarse con prudencia. Uno de los objetivos principales en el cultivo de las destrezas y cualidades que fomenta la meditación es el de, tarde o temprano, llegar a percibir directamente, aunque sea de manera momentánea.

Fotografía cortesía de Jade Sívori.

No obstante lo anterior, la meditación no es un remedio instantáneo y alguna vislumbre de la interdependencia no pudo soportar una mayor conciencia psicológica o moral de manera inmediata. No obstante, la ayuda que pueda brindar la meditación, queda pendiente el trabajo de transformar el carácter, es decir, cultivar las virtudes o cualidades que tienen pertinencia ambiental.

Virtudes y comportamientos proambientales desde el budismo 

El budismo se inclina más por las recomendaciones y la ejemplaridad que por los mandatos morales. Dichas recomendaciones son completamente voluntarias y es responsabilidad de  budista cada cumplir con ellas si así lo desea. La ética de virtudes ofrece un enfoque compatible con la ética ambiental budista, ya que el énfasis está en el carácter del agente moral y no en el seguimiento de mandatos y deberes, ni en la maximización del placer. Así, el agente moral tiene la potestad de moldear su carácter según la clase de persona en la que quiere convertirse. 

Hay algunas virtudes específicas en el budismo con pertinencia ambiental que se describen a continuación.

(1) La sabiduría ( prajñā ) es un antídoto de la ignorancia básica que aqueja a los seres sintientes, ya que permitiría acercamientos a percepciones directas del entramado de la interdependencia universal.

(2) La compasión ( karuṇā ) es la capacidad para ponerse en el lugar de otro ser sufriente ya la vez una motivación para brindar ayuda y aliviar el dolor. Aunque en grado diverso, es una cualidad innata de todos los seres sintientes y es un antídoto del egoísmo.

(3) El amor benevolente ( maitrī en sánscrito, pero más conocido en el mundo occidental como metta en pali) que motiva a ofrecer amistad y buena voluntad a todos los seres sintientes. Restaurar un paisaje natural erosionado por una tormenta o dañado por la acción humana y, en lo posible, reutilizar y reciclar materiales que duran mucho en degradarse son acciones que pueden obedecer, al menos en parte, a sentimientos de compasión y amor benevolente para los seres sintientes humanos y no-humanos.

(4) La paciencia ( kṣānti ) se refleja en el respeto de los ciclos naturales de crecimiento del reino vegetal y animal sin intentar acelerarlos o repetirlos fuera de sus temporadas originales ni interrumpirlos. Igualmente, se respetarían los tiempos de siembra y cosecha en la agricultura y las temporadas de celo, apareamiento, maternidad, lactancia e incubación en aves, mamíferos y otras especies con intervalos adecuados.

(5) La generosidad ( dāna ) es otro antídoto del egoísmo y ayuda a la expresión de la paciencia, ya que implica generosidad con el tiempo y la presencia propias.

(6) La ahiṃsā o no-violencia está asociada con un precepto budista de abstenerse de matar a los seres vivos, lo cual incluye a los seres sintientes no humanos. Es discutible hasta dónde se incluirían seres del ecosistema que se salen de las proporciones fácilmente detectables, por ejemplo, insectos muy pequeños y microorganismos. En los casos de investigación científica, se limitaría el sacrificio y el dolor necesario en animales no humanos y se evitarían pesquisas que tendrían poco o ningún valor para mejorar el bienestar humano y animal. Por otro lado, hay insectos, reptiles, anfibios y mamíferos no humanos que pueden causar la muerte o enfermedades en seres humanos, en otras especies de animales silvestres o domésticos o bien pueden destruir árboles, pastizales y cultivos agrícolas. El deseo de proteger esas vidas humanas,  animales y vegetales que podrían verse mermadas o eliminadas sería la principal motivación para acabar con las vidas de dichas especies destructivas.

Existe una jerarquía en el entramado del universo y ello incluye a los ecosistemas cuyos componentes no son igualmente valiosos. Puesto que las causas y condiciones de cada caso serían distintas, las fronteras entre lo apropiado y lo inapropiado para cada situación y entre las acciones virtuosas y no virtuosas pueden volverse borrosas. Al igual que ocurre con otras ramas de la ética, la ética ambiental cuenta con dilemas que son de difícil resolución.

(7) Un camino medio (madhyama-patipadā) que evita los extremos en un contexto proambiental puede traducirse en un consumo más moderado de los recursos del planeta para quienes se han excedido y en la procura social de un consumo más adecuado a las necesidades de quienes carecen de recursos. La frugalidad en el consumo puede incluir abstenciones respetuosas, por ejemplo, el uso de productos que contaminan el medio ambiente; cazar, comer y vestirse con las pieles o plumas de ciertos seres sintientes que comparten el ecosistema; capturar y mantener especies silvestres en el hogar como diversión y exhibición exótica; etc. Por otro lado, se consideran comportamientos proambientales sembrar árboles y otros tipos de vegetación; hacer compost en el jardín de haber espacio disponible; limpiar las orillas y las aguas de ríos, lagos y mares; reciclar o reutilizar objetos materiales; restaurar los suelos con métodos y productos naturales; consumir productos orgánicos en lo posible; proteger, en general, a los animales no humanos del maltrato; diseñar y construir espacios verdes en ambientes urbanos; construir y utilizar infraestructuras y productos tecnológicos que requieren cantidades mínimas de recursos naturales (por ejemplo, petróleo y gas natural) o que las aprovechan al máximo (por ejemplo, viento y luz natural); utilizar el transporte público en lo posible; educar a la ciudadanía sobre temas ambientales; legislar a favor de energías limpias; etc. 

(8) La virtud de la ecuanimidad (upekṣā) ayuda a limitar las expectativas y apegos excesivos a los resultados de las acciones proambientales, lo cual no disminuye la gratificación de ejecutarlas. Por ejemplo, puede haber proyectos proambientales que no siempre resulten exitosos debido a situaciones inesperadas. Los fuegos controlados en bosques y la reintroducción de depredadores naturales en los hábitats donde se han vuelto escasos ocasionalmente pueden propiciar un nuevo desequilibrio desfavorable para algunas especies. La ecuanimidad, lejos de traducirse en indiferencia, ofrece la calma y flexibilidad necesarias para repensar estrategias futuras. Además, la ecuanimidad equilibra otras virtudes, ya que evita que la compasión se convierta en agobio, que el amor benevolente se convierta en intromisión, que la paciencia se convierta en inacción y que la generosidad se convierta en derroche. 

Conclusiones

La ética de virtudes ofrece un enfoque viable para poner en práctica comportamientos proambientales. La práctica del budismo implica emprender adiestramientos para potenciar la percepción y cultivar virtudes, lo cual facilitaría, eventualmente, una captación directa de la interdependencia universal sin importar cuánto pequeña o momentánea, y la transformación del carácter sin importar cuánto tiempo se requiere para ello. Estos adiestramientos se enriquecen y pueden ser orientados hacia el bienestar ecosistémico. 

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Katherine V. Masís-Iverson

La autora es profesora jubilada de la Universidad de Costa Rica en San José, Costa Rica. Durante varios años como docente activa, impartió cursos introductorios de filosofía en la Escuela de Estudios Generales, así como cursos de ética y de pensamiento hindú y budista en la Escuela de Filosofía de dicha institución. Algunos de sus trabajos se pueden encontrar en https://ucr.academia.edu/KatherineMas%C3%ADsIversonmetromadas