Viaje a una sesshin tropical en Cuba. Primera parte.

BELÉN BOVILLE

La sangha del Kosen Shin-ji de Cuba. Fotografía cortesía de la autora.

Salimos de Madrid con maletas atestadas de alimentos que habíamos reunido para llevar a nuestros compañeros de la sangha de Cuba. No hacía ni un año desde que se había concretado el proyecto de un templo Zen en Cuba. En octubre de 2022 habíamos firmado las escrituras de compra y ahora llegábamos con kilos de alimentos y objetos que no se podían encontrar en la isla caribeña. Las noticias en la primavera de 2023 eran que la gente pasaba hambre y había colas de hasta tres días para conseguir algo de gasolina.

Estábamos a mediados de junio, comenzaba el verano y nuestro vuelo iba a tope de cubanos que llevaban a sus familiares todo tipo de productos del mundo libre o más bien de la orgía de consumo de ese mundo libre.

En el aeropuerto de Barajas había unas colas enormes. Los cubanos hacen hatillos con la ropa y los enseres que llevan a sus compatriotas, los envuelven en plástico de cocina y luego en plástico de embalaje y así pueden llevar más cosas sin que pese la maleta. Cada viajero podía traer dos bultos, cada uno de veinticinco kilos más otro de diez en cabina, además del bolso de mano.

Al llegar al aeropuerto de La Habana nos esperaba el maestro Michel Tei Hei, un cubano alto y delgado y de sonrisa amplia. En mitad del alboroto del aeropuerto se confundía entre los viajeros y los residentes, y pronto nos encontró. Había conseguido un vehículo tipo «haiga» de los cincuenta, los viejos trastos americanos abandonados por sus dueños, que allí les llaman almendrones. Nos recogió con un almendrón extenso y repintado de verde quirófano, y colocamos las grandes maletas en la cabina y el maletero.

Fotografía cortesía de la autora.

En la carretera, de viaje hacia el nuevo templo, adelantamos a varios carromatos tirados por caballos saltarines, una alternativa a la escasez de petróleo. Algunas personas caminaban por los bordes de una carretera llena de baches o esperaban pacientemente en paradas cochambrosas. Era como regresar al pasado, al tiempo de mi niñez en la España de los setenta cuando todavía quedaban en los pueblos y el campo la tracción animal y gentes andando por los caminos y carreteras.

El templo de Kosen Shin-ji se encuentra a veinte kilómetros de La Habana, en una zona rural que me recordaba a Tamaulipas, en el trópico de cáncer mexicano, donde viví unos cuantos años. Todo era verde, con una vegetación frondosa y árboles enormes llenos de mangos, guanábanos, aguacates, anones, ciruelas; había también cocoteros, granados, chirimoyas, bananos, naranjos y limas. Árboles altos y verdes, redondos y achaparrados, en palmera o arbusto, toda una vegetación que daba frescor a las altas temperaturas del día.

Huerto y vista general. Fotografía cortesía de la autora.

El nombre del templo Kosen-shin-ji es un homenaje a la sangha Kosen, a los maestros Stefan y Bárbara, y en japonés significa «la sabiduría del ermitaño».

El templo está en el término conocido por «La lechuga» con numerosas casitas en torno a la calle y la carretera, ranchitos con huerta, gallinas, vacas y cerdos. Cuando paseas por esta colonia los perritos son libres, no están atados ni pasean con correa ni con vestiditos ridículos. Se recuestan en la carretera o en el camino tranquilamente, observándote, moviendo el rabo y espantando a las moscas. Los niños juegan sobre la calzada y sonríen, no están con su atención en un móvil o en una tableta, sino en el perrillo, el cachorrillo que se llama «Nube». Todo es como un salto en el vacío, se detuvo el tiempo. Un tiempo lleno de vida.

La propiedad que adquirió la sangha Zen de Michel Tei Hei pertenecía a un albañil que emigró a los Estados Unidos intentando mejorar su vida y sus posibilidades. A los pocos meses de venderla, el hombre volvió para recomprarla; se arrepentía de haberla vendido, era su «paraíso» y había llegado a una vida que era su «infierno».

Fotografía cortesía de la autora.

Muchos se marchan, sobre todo los jóvenes, contemplando un futuro con más posibilidades en otros países; en el mundo «libre» del consumo. Michel se queja de que algunas personas que se comprometen y ordenan, terminan por marcharse a Europa o a Canadá, Estados Unidos y México, buscando más posibilidades, un futuro.

Para los que quedan, el dojo, la práctica de zazen y la Vía, son un refugio, un apoyo en los momentos difíciles; una comunidad de ayuda mutua en donde la interdependencia se hace más valiosa para sobrevivir en el día a día. Al menos en las sesshines comerán bien, dice Michel mientras abre las maletas y descubre su contenido.

La parcela es un vergel, además de los árboles originales, han plantado una huerta con zanahorias, calabazas, cebollas, chiles, batatas… prácticamente son autosuficientes. Nosotros les hemos traído muchos paquetes de semillas y alimentos que no se estropean y que tienen mucha proteína vegetal como alubias, lentejas, garbanzos y soja, además de aceite de oliva y tomate concentrado.

Fotografía cortesía de la autora.

Poco a poco van llegando otros miembros de la sangha. El viaje es largo y complicado, aunque solo estén a 20 km de La Habana. El monje Gustavo ha contratado un minibús, y llegan todos en tropel, mayores y pequeños, pues también vienen las dos niñas de Andrés, que es monje, y su esposa. Son mujeres y hombres jóvenes, el mayor tendrá unos 40 años. Todos con una gran sonrisa por conocer a los miembros de la sangha española, aunque Gustavo es un viejo conocido y el promotor de este nuevo templo en Cuba. Los que vienen de Matanzas (a solo 120 kms) o de otras partes de la Isla, no llegarán hasta el día siguiente, tras un viaje de 15 horas combinando varios autobuses y horas muertas.

Los vecinos cuidan unas vacas, son las vacas de la Revolución, bueno, del gobierno. Yoni sabe todo de vacas, pero solo comen hierba y no las apoyan con pienso porque ahora está muy caro (viene de Ucrania). Las vacas están reflacas, muriéndose de hambre, y casi todas con anemia. También en Cuba, como en otras partes del mundo, están sufriendo periodos prolongados de sequía, y aunque ahora llueve por las tardes, ha habido meses sin que cayera una sola gota.

Fotografía cortesía de la autora.

En el campo no se pasa hambre; cerca hay gente con gallinas y cerdos, aunque está todo muy controlado por la comunidad, pues en todas partes hay «comisarios políticos» que informan sobre los animales que crían y todas las actividades que hay en el campo (y en la ciudad). Los cubanos no tienen costumbre ni tradición de hortelanos, de tan fértil que era su isla, pocos cultivan una huerta, nosotros somos la excepción. La huerta es vida, son insectos, y pájaros, y flores, y mucha fruta a cualquier hora, mangos deliciosos en pleno verano, jugosos y dulces, y guayabas o ciruelas. Comer la fruta de los árboles es volver a entrar en contacto con todo, con la naturaleza y con el ser primitivo que todavía llevamos dentro; un gran placer y un privilegio.

El sueño es profundo. En cada habitación hay un potente ventilador que te refresca por las noches. Las habitaciones son austeras, pero dormimos en camas, con sábanas limpias, o sobre colchonetas; y tenemos un baño completo para asearnos, con agua corriente, duchas y sanitarios. Claro que aquí, como en casi todas las casas, uno se lava mediante la ducha cubana: a cacillos de agua (templada o caliente) desde la cubeta que hemos llenado. Es una forma de vida sencilla, sin excesos, volver a lo elemental, sin deseos más allá de lo estrictamente necesario, una buena práctica para los europeos y norteamericanos que venimos de los países de la opulencia.

En la mañana durante zazen se escucha el kikiriki de los gallos. La naturaleza está totalmente presente.  Al amanecer, mientras estamos sentados en zazen se van escuchando los sonidos de esta comunidad: los gallos y todo tipo de aves y el croar de las ranas. Cuando te quedas en silencio en zazen, surgen todos estos sonidos, las conversaciones que tienen las gentes por la calle, que se van apagando a medida que se alejan.

La sangha del Kosen Shin-ji de Cuba. Fotografía cortesía de la autora.

Hoy hemos tenido un nuevo practicante: la ranita que ha saltado desde un caño de agua, se ha incorporado al dojo y luego al altar. Ha estado durante más de dos horas bajo la estatuilla del Buda, tan tranquila; luego se ha posado junto a la foto del maestro Deshimaru, y allí se ha quedado hasta el final.

Pueden leer la segunda parte de este artículo aquí