Un breve recorrido histórico del Dharma en México

Ezer R. May May

Este artículo es parte de nuestra edición especial sobre el budismo en España y América Latina.

Durante gran parte de la historia de la evangelización del hoy llamado México, podían verse a personas vistiendo hábitos monacales estableciendo un contacto cercano con los habitantes mesoamericanos y novohispanos, principalmente eran monjes franciscanos, dominicos y jesuitas. La presencia de este clero regular tuvo una alta presencia pública, que conforme pasaron los años declinó. Actualmente, aunque de manera muy discreta, es posible observar nuevamente a monjes, a monjes budistas. ¿Únicamente monjes asiáticos? No, también estadounidenses, sudamericanos y mexicanos. Pero los monjes son apenas el lado más pequeño de esta moneda.

En las ciudades es posible que durante el día nos hayamos cruzado con un budista sin saberlo, sin percatarnos, sin tener algún indicio, porque es un ciudadano como cualquier otro. Las minorías religiosas se mueven en los extremos, así como pueden ser difícilmente identificados, otros se esmeran por demostrar su pertenencia a través de la vestimenta o de su reclusión en cierto barrio o colonia. El budismo en América Latina se ubica en el primer caso, pues los que practican el Dharma no se identifican a sí mismos como budistas. No obstante, los números censales de México indican un escenario relativamente distinto.

A finales del siglo XIX, la diversidad religiosa en México ya contaba con masones, evangélicos históricos, espiritistas y algunos teósofos; la apertura a nuevas ofertas religiosas se sumaba al espíritu viajero, entre los cuales estuvo el de carácter científico. Francisco Díaz y Francisco Bulnes plasmaron en tinta sus percepciones sobre el “lejano Oriente”, esto como parte de la Comisión Astronómica Mexicana a Japón en 1874. Ambos en sus respectivos libros, Viaje de la Comisión Astronómica Mexicana al Japón (1876) y Sobre el hemisferio norte, once mil lenguas (1875), expresaron opiniones favorables hacia los japoneses y contrariamente hacia los chinos. Irónicamente, la inmigración china a México inició en 1875, en la cual se puede suponer que la pertenencia budista no fue un rasgo representativo, pues en ese periodo el neo-confucianismo recuperó los espacios de poder y el taoísmo comenzaba a predominar entre los sectores populares en China.

La inmigración japonesa en México se ubica en 1897, y en gran medida su buena recepción se debió a las percepciones difundidas por Díaz y Bulnes. Entre 1890-1940, de los 401 registros de entrada de japoneses a México, 343 declararon ser budistas, en su mayoría de la escuela Jodo Shinshu. Aun así, las manifestaciones externas y públicas no se hicieron notar hasta poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Las referencias al budismo en el ámbito público aparecieron desde otras voces.

La Gran Stupa Bon para la Paz Mundia, Valle de Bravo, Mexico. Fuente: facebook.com/lagranstupabon
La Gran Stupa Bon para la Paz Mundia, Valle de Bravo, Mexico. Fuente: facebook.com/lagranstupabon

Estas voces, como la de Francisco Bulnes, venían de una lectura cristiana y en cierta medida teosófica. Bulnes (1875) consideró que las enseñanzas budistas eran ateas y nihilistas. En tanto, el poeta Amado Nervo escribió poemas haciendo alusión al budismo, un budismo que todavía no se sabía distinguir bien del hinduismo y brahmanismo, característico de la visión occidental del momento. En los poemas “Renunciación” y “¡Quién sabe!” del libro Serenidad (1914), expresa pesimismo por el inherente sufrimiento en el deseo y “horror” por la vacilación e incertidumbre que genera en el alma las nociones de transmigración y karma. José Vasconcelos también escribió sobre el budismo sin desprenderlo de su origen indio, haciendo dialogar a éste con el cristianismo. Vasconcelos concluía en sus dos obras El monismo aestético (1918) y Estudios indostánicos (1938), que el cristianismo mejoraría con la adopción del mensaje búdico; mientras que el budismo debería aceptar al cristianismo como esencia de las profecías del Buda histórico. Es así que el Dharma en México adquirió entre finales del siglo XIX y principios del XX una presencia menguada entre los inmigrantes y el círculo selecto de intelectuales.

Estas discusiones parecieron pausarse durante unos años, retomándose a mediados del siglo XX por el incipiente grupo de psicoanalistas mexicanos dirigidos por el renombrado Erich Fromm. Con el auspicio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se realizó en 1957 el primer seminario “Budismo Zen y Psicoanálisis”. Fromm había realizado previamente un acercamiento en torno a la relación entre psicoanálisis y budismo en su libro Psicoanálisis y religión publicado originalmente en 1950, en el que determinó que el budismo es la religión humanista por excelencia, arguyendo que el “Zen-budismo” es la “secta budista posterior” que “expresa una actitud antiautoritaria aún más radical” (1956, página 61). Y es con este bagaje que llega a México, influyendo en el imaginario de los psicoanalistas mexicanos. El principal resultado de este seminario fue la publicación del libro con el mismo título en 1960, autoría de Fromm y Daisetsu T. Suzuki. Tiempo cercano, 1964, el etnólogo alemán Paul Kirchhoff propondría un vínculo casi ontológico entre las cosmovisiones religiosas asiáticas y pre-hispánicas de México, especialmente entre India y China. De esta manera, alimentaba un imaginario en el ámbito intelectual que posiblemente resuene ahora en los distintos movimientos que intentan revitalizar las tradiciones ancestrales desde una matriz interpretativa de la Nueva Era. De algún modo, los intelectuales mexicanos crearon lazos con India, China y Japón, siendo el budismo uno de los nudos más importantes.

Este nudo tomaría forma física a través de un monje que caminó las calles de la Ciudad de México sin aparente rumbo definido en 1967. Era el monje zen Ejo Takata quien había sido identificado por un psicoanalista mexicano de nombre desconocido. Seguramente, a este hombre le parecía un total golpe de suerte haber encontrado a un monje budista, después de haber sabido del budismo zen a través de Fromm. Enseguida, este grupo y Fromm le ayudaron a establecer el primer zendo. Casi la totalidad de los asistentes eran psicoanalistas. Su residencia en México, según Alejandro Jodorowsky, era casi un secreto, pues sólo le fue revelada la ubicación de Takata tras acceder a una donación monetaria. Tan sólo transcurrió un año de su llegada para formar parte de un servicio ecuménico de “Oración por la Paz” realizado en el estadio olímpico el 10 de octubre de 1968, su discurso fue leído en español por una traductora japonesa.

Ejo Takata. Fuente: Fotografía en el libro Zen en México de su autoría

El establecimiento de estos zendos, como las primeras comunidades budistas (sanghas), marcaba el inicio de los cambios del budismo en México; primero de un objeto textual literario a uno psicoanalítico y luego hacia uno que se configuraba dentro del contexto de la práctica meditativa. A partir de este momento, el budismo zen sería importado a México. En 1979, el maestro Taizan Maezumi proveniente de Estados Unidos de América (EUA) llega a México a petición de otros psicoanalistas mexicanos, quienes en 1986 fundaron el Centro Zen de México, liderado desde su establecimiento por el maestro Tesshin Sanderson. Otro psicoanalista mexicano invitó a Philip Kapleau a dar charlas sobre el zen en 1976, logrando aglutinar a 300 asistentes en una segunda conferencia de Kapleau, evento que sería el antecedente de la conformación de Casa Zen en 1985. Ese mismo año, el reverendo Samu Sunim creó la Sociedad Loto Zen, en la que muchos mexicanos han tomado los votos y preceptos monacales, como Toan Sunim, Dharma Kasan y Dharma Kongyi.

Empero, la presencia de migrantes japoneses budistas también estaba floreciendo en otros espacios, como lo evidenciaría la formalización del primer grupo Soka Gakkai de la Nichiren Shoshu en 1960; en tan sólo ocho años alcanzaron integrar a 500 familias, siendo el 90% de origen mexicano. En este sentido, el budismo laico japonés también estaba integrándose en tierras mexicanas, Reiyukai se estableció en 1977 como una asociación civil, habiendo incursionado dos años antes.

En 1985 se funda la Casa de Meditación Vipassana por el Venerable A Jahn Tong Sirimangalo; así también se gesta en 1988, la organización Anumodana a través de Thanat Chindaporn y Kathryn Johnston Chindaporn; ambos dependientes del monasterio tailandés Wat Phradhatu Sri Chom Tong Voravihara.

Una nueva etapa arribaría cuando el 14º Dalai Lama visitó México por primera vez en 1989 para participar en un foro por la paz. Por medio de la invitación del Arzobispo Ernesto Corripio y del Consejo Interreligioso visitó la Basílica de Guadalupe para concurrir en el “Primer Encuentro Ecuménico y Plegaria por la Paz”. Este mismo año inauguró la Casa Tíbet fundada por el mexicano Marco Antonio Karam, quien por iniciativa propia estudió el posgrado en estudios budistas en Estados Unidos, Nepal e India.* Actualmente, muchos mexicanos lo consideran el “Lama mexicano”. Este Primer Encuentro fue uno de los medios principales por el que muchos mexicanos tuvieron un contacto cercano con el budismo, y en algunas ocasiones fue la experiencia que motivó la creación de otras organizaciones. Una mujer miembro de Budismo Camino de Diamante dijo conocer el budismo en el encuentro ecuménico de 1989.** La presidente actual de Buddhismo Theravada México comenzó su transitar budista en los cursos de Casa Tíbet sin pertenecer a la misma, hasta que se encontró con la organización actual constituida como asociación civil en 1992, a cargo de los venerables Nandisena (argentino) y Silananda (birmano).***

Otro de los resultados principales de este evento fue el inicio del recorrido organizacional de la Comunidad Budista de México, la cual tuvo su precedente debido a la participación de representantes budistas en el Consejo Interreligioso de México. De igual forma, de manera independiente se instituiría en 1994 el Centro de Meditación Kadampa de México de Gueshe Kelsang Gyatso Rimpoché.

Venerable Nandisena y Rahula en el 20 Aniversario del monasterio Damma Vihara de Buddhismo Theravada México A. R., 22 de abril de 2019, México. Fuente: Archivo personal, proporcionado por Lucía Delcompare

Respecto al budismo chino, sólo encontramos instituciones que promueven la cultura china en general como el Templo Shaolin de México que enseña Kung Fu, Taichí, Qi Gong y budismo Cha’n.

Entre 2014 y 2019 el registro de la Secretaría de Gobernación no ha variado respecto a grupos budistas, se mantienen las 13 “asociaciones religiosas” y sólo ha aumentado el registro de un ministro de culto, 49 en total. El directorio web de la Comunidad Budista de México resguarda información de más de 150 grupos budistas a nivel nacional. Parecieran números muy reducidos, pero se explica por la reticencia a ser reconocidos e identificados como religiosos. Aunque un rostro un tanto opuesto se divisa en torno a la identificación individual como budistas, si consideramos como tendencia los resultados censales de 2000 y 2010 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

 En tiempos recientes, el budismo ha logrado ampliar su presencia en el sector de la clase media mexicana, manteniendo su vínculo con el sector artístico; por ejemplo, es bien conocida la identificación de Paty Chapoy como budista, una comunicadora de los medios del espectáculo tradicional; el productor de telenovelas mexicanas Pedro Damián realiza pujas cuando estrena sus programas televisivos, estos son rituales tibetanos de petición de ayuda y liberación de los obstáculos del karma negativo por acciones pasadas. Estas adhesiones artísticas son el eco de la identificación pública religiosa de actores famosos como budistas, el caso más conocido es del actor Richard Gere. Igualmente, durante las tres posteriores visitas del 14º Dalai Lama a México en 2004, 2011 y 2013, éste fue bien recibido por la clase política, en el que la más significativa fue la reunión sostenida en el rancho del ex-presidente Vicente Fox en 2013, acaparando la atención de los medios nacionales de comunicación.

El 14º Dalai Lama con el ex-presidente Vicente Fox y su esposa Martha Sahagún, 15 de octubre de 2013, México. Fuente: tibetoffice.org

En este sentido, el budismo tibetano y japonés ha predominado en la imagen pública, y de este mismo modo es percibido por algunos budistas mexicanos. La rama Mahayana sería el budismo mayoritario en este país, que en 2006 se confirmaría con la creación de la Fundación para Preservar la Tradición Mahayana que arropa a otras agrupaciones. Algunas posibles explicaciones se relacionan con lo que se presenta en los medios de comunicación**** y también a la visión que se tuvo años atrás sobre la población china en contraste con la japonesa. En otro momento, compartiré con ustedes el panorama estadístico de la población budista en México y sobre las perspectivas con las que se ha abordado el estudio del budismo en México.

* Entrevista realizada al presidente de Casa Tíbet, Marco Antonio Karam (13 de octubre de 2014).
** Entrevista realizada a la miembro de Camino de Diamante de México, Cecilia Blázquez (14 de octubre de 2014).
*** Entrevista a la presidente de Buddhismo Theravada México, Alina Morales (03 de octubre de 2014).
**** Podríamos mencionar la película Siete Años en el Tíbet o Escape del Tíbet que han impactado en la cultura general de los mexicanos como formas simbólicas e ideológicas de producciones religiosas.

Ezer R. May May é antropólogo social e historiador. El área de especialización son las ciencias sociales de la religión y las creencias. Ha realizado investigaciones sobre el protestantismo y el budismo mexicano; y en su corta carrera académica ha publicado los resultados de sus pesquisas en distintas revistas académicas nacionales e internacionales, y también es autor en la Encyclopedia of Latin American Religions y en el Diccionario de las religiones en América Latina. Actualmente es miembro de la Red de Investigadores del Fenómeno Religioso en México (RIFREM), de la Asociación de Cientistas Sociales de la Religión del Mercosur (ACSRM) y de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC-Yucatán).

Otra área de trabajo profesional ha sido el activismo en materia de derechos indígenas, específicamente del pueblo maya. Ha escrito columnas para la plataforma periodística Contralínea sobre ecología política, derechos indígenas, megaproyectos de desarrollo e historia de los pueblos mayas.

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