¿Tendría el Buda Facebook?

SATYA ROBYN

La semana pasada abandoné las redes sociales. He participado en Facebook y Twitter durante más de una década, lo que me ha dado muchas alegrías. Me ha permitido establecer contactos nuevos con personas encantadoras, enterarme de actividades interesantes en mi zona y gozar de muchas horas de entretenimiento ligero. Me ha ayudado a encontrar lectores para mis libros y escritos, y ha sido un lugar donde compartir mi pasión por el activismo ecológico con miles de personas y, ojalá, inspirar a algunas a pasar a la acción. Con tantas cosas buenas, ¿por qué lo he dejado?

Como un experto en vinos que reconoce que tiene una dependencia insana del alcohol, hace yo hace mucho tiempo que sé que mi relación con las redes sociales estaba regida por la compulsión. En lugar de ser ellas una herramienta para mí, yo lo era para ellas, y cada vez pasaba más y más tiempo en sus manos. Los efectos de mi uso de las redes sociales sobre el resto de mi vida eran tan obvios como insidiosos.

Me absorbían tiempo y energía de forma notoria y me veía deslizando verticalmente la pantalla, consumiendo cotilleos de personas a las que apenas conocía. También atacó a mi capacidad de concentración. Todo es tan instantáneo y hay tantas imágenes e información que yo no dejaba de saltar de publicación en publicación como una mariposa incansable. He notado que me cuesta más concentrarme en un libro o en la meditación, porque mi cerebro se ha acostumbrado al goteo constante de descargas de dopamina.

También hay efectos que son más difíciles de cuantificar, pero igual de dañinos. Estar en redes sociales me aparta del mundo material y me lleva a uno online sin cuerpos donde las cosas son, de alguna manera, más sencillas, pero también menos satisfactorias. Puedo distraerme y no prestar atención a mis emociones, o quedarme sentada en lugar de salir a cultivar mi pequeño huerto. También alimenta las partes de mí que están siempre hambrientas de «palmaditas en la espalda» por parte de los demás. Estas partes se atracaban a notificaciones y comentarios, pero siempre se quedaban vacías, porque la sensación de saciedad desaparecía demasiado rápido. Esto me expuso a un mundo polarizado, especialmente en Twitter, donde las personas con las opiniones más duras son las que más atención reciben. Ese extremismo me empujaba a forjar mis propias creencias extremas. Estos entornos no son adecuados para los matices, pero ser capaz de apreciarlos, de reconocer la ambivalencia y tolerar el desconocimiento son cualidades esenciales para quienes practican el camino medio del Buda.

Fuente: livescience.com

Así que, por primera vez en mucho tiempo, estoy fuera de las redes sociales, y siento una mezcla de profundo alivio, emoción y algo de ansiedad por si nadie vuelve a ponerse en contacto conmigo nunca más. A lo mejor desaparezco en la nada. Claro que siempre me quedará WhatsApp. Y Telegram. Y, hablando de compulsiones, ¿he mencionado lo mucho que me gusta el azúcar, cómo me trago un episodio tras otro de RuPaul: reinas del drag o mi problemita con la adicción al trabajo?

Las compulsiones forman parte de la vida. El budismo de la tierra pura nos dice que somos seres bombu, arrastrados como un tapón de corcho en aguas bravas por nuestra avaricia, nuestro odio y nuestro autoengaño. La primera vez que oí esto, me encantó, porque sentí que era muy cierto. Combinado con la enseñanza ubicua de la tierra pura de que el buda Amitabha nos acepta tal y como somos, me sentí profundamente comprendida y aceptada. En mi escuela de budismo, empezamos por ahí: reconociendo la naturaleza inexorable de nuestras compulsiones y flaquezas, y buscando refugio en las tres joyas. Mediante esta relación con «algo más grande» nos permitimos ser queridos y, como consecuencia, nos transformamos poco a poco.  

Y volviendo a la pregunta juguetona del título: ¿estaría el Buda en Facebook, o Instagram o incluso Tik Tok? Por supuesto, el Buda no se vería arrastrado por sus compulsiones igual que yo. Él no se preocuparía por verse absorbido por las notificaciones o los cotilleos; él podría elegir si prestarles atención o no. Aunque puedo imaginarlo cansándose un poco de los comentarios de la gente en sus publicaciones o, tal vez, discutiendo con Ananda sobre si los troles deberían ser o no aceptados en su grupo de Facebook. No, esto no suena bien. Tendría un equipo de comunicación que se encargaría de esto. Que escribiría frases pegadizas y crearía imágenes bonitas susceptibles de ser compartidas, le haría ganar suscriptores a su boletín de noticias y le programaría sesiones de Zoom con otros maestros famosos. Las redes sociales aumentarían el número de personas a las que llegaría su mensaje, pero se convertirían al mismo tiempo en bestias con vida propia, ya que no siempre reflejarían sus opiniones de un modo que él considerara adecuado y no proporcionarían a las personas la experiencia encarnada e idiosincrática de la auténtica transmisión del dharma.    

No creo que Facebook, Twitter, Instagram o cualquier otra red social sean entornos malos en o por sí mismos. Están diseñados para ser adictivos, y algunos de nosotros sucumbimos, del mismo modo que sucumbimos en mayor o menor grado a las tentaciones de las compras, el alcohol, el juego o los negocios. Algunas personas usan las redes para ver fotos de sus nietos o para conectar con el grupo local de reciclaje sin más problema. La mayoría tenemos una relación más complicada y algunos, como yo, es mejor que nos abstengamos de ellas por completo. El Buda conocía los peligros de las ferias y nos avisó de que tuviéramos cuidado con ellas.

También sabemos que hay un Buda en cada reino infernal. Como Ksitigarbha, algunos somos llamados a entornos peligrosos o complicados para convertirnos en una fuerza del bien. Nos arriesgamos a sufrir los peligros de la guerra o las enfermedades para ayudar a quienes lo necesitan, o regresamos a los bares como alcohólicos en recuperación para comunicar el mensaje a los demás. Muchas personas pasan mucho tiempo en los mundos alternativos de las redes sociales y ahí se dan muchas oportunidades para comunicar el dharma.

¿Regresaré yo algún día? Quién sabe, ¡nunca digas nunca! Ahora mismo me hace feliz conectar con las personas de forma diferente y estoy agradecida por haber recuperado una parte de mi tiempo y mi capacidad de concentración. También doy gracias por la gran cantidad de maneras que tengo de conectar con las enseñanzas del Buda tanto en Internet como fuera de él, mediante Zoom y las sesiones de práctica que llevamos a cabo en el jardín del templo, mediante la sabiduría de la Tierra. Para el Buda todo es lo mismo: seres bombu que se esfuerzan al máximo, algunos con polvo en los ojos, ansiando escuchar el dharma. Estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos, solo tenemos que abrir el corazón y el dharma nos inundará. 

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