Los culíes y el abad. Una crónica-comentario sobre la más temprana y la actual presencia del budismo chino en Cuba.

DOUGLAS CALVO GAÍNZA

El 7 de enero del 2020, y quizás por vez primera en la historia de Cuba, un abad budista visitó el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Era Shifu Zhihan, quien deseaba que yo le explicara, a él y a su asistente Li Chien Chuang, cuál era la relación de una de las inscripciones latinas del recinto académico con el budismo.

Se trataba de un texto bien conocido en círculos latinistas, el de la epístola LXXVIII. 28 de Séneca: «Un solo día en la vida de los hombres eruditos vale más que la larguísima edad de un hombre sin erudición.»  Aforismo este derivado del esclarecido filósofo griego Posidonio de Apamea, uno de los mayores sabios del Occidente grecolatino.

Durante un buen rato deliberamos los tres sobre la similitud obvia entre esta frase y—como pude detectar investigando sobre inscripciones habaneras hacia el 2002—el Dhammapada. Pues este afirma en 8.111-113, que «un solo día de la vida de una persona» que «se esfuerza» y «comprende cómo todas las cosas surgen y se desvanecen», «vale más que los cien años de la vida de una persona» que es «perezosa e indolente.»

Dialogué con el Maestro sobre las posibles raíces comunes entre Grecia y la India, patria del budismo. Por ejemplo, acerca de Pirrón, el escéptico helenístico que afirmaba que todas las cosas son indiferenciadas, sin conocimiento cierto, e inestables, y que uno debe permanecer desconfiando de la ilusoria información que procede de los sentidos, con el objetivo de lograr la ausencia de pasiones. Todas estas, maneras helenizadas de hablar sobre tri-laksanamaya y nirvana.

Un abad budista en el Aula Magna de la Universidad de La Habana Fuente: fotografía cortesía del autor.

Obviamente, el Shifu se interesó en contextualizar la aparición de aquel letrero latino dentro del campus habanero. Me tocó entonces comentar sobre el origen de aquel epígrafe, que, durante el coloniaje español, adornara los vetustos muros de la Universidad de San Gerónimo. Y, colateralmente, expliqué cómo en Cuba hubo desde muy temprano varias personas que se dedicaron a estudios de orientalismo. Como, por ejemplo, el patriota matancero Mateo Fiol, un intelectual con interés en las ideas budistas durante el siglo XIX cubano, y estudioso de Jean-Louis Burnouf (padre de la Indología europea, cuyo hijo Eugéne fue el primer investigador occidental del pali, y un pionero budólogo).

Pero, hágase la debida justicia histórica—añadí—los muchos culíes traídos acá desde China (a título de braceros libres, pero, en la práctica, para fungir como esclavos), fueron los verdaderos primeros budistas cubanos.

Aquí pudo haber concluido aquella charla, académica y áridamente informativa. De no ser por el hecho de que la mágica presencia de aquel abad mahayana chino en el núcleo mismo, tan neoclásico y barroco, del claustro instaurado en 1728 por los dominicos hispanos como toda una universidad pontificia (solo para blancos católicos de buena familia), me hizo reflexionar en lo enormemente místico y significativo de aquel evento.

¡Cuán justa esa visita! No pude evitar que a mi memoria acudieran las tristes sombras de aquellos chinos humildes, que anegaron los campos cubanos con su sudor y, muchas veces también, con su sangre. Pero hoy, en pleno siglo XXI, un respetabilísimo líder espiritual de aquella misma religión maravillosa, que debió animar las mentes entristecidas y nostálgicas de los culíes con la noble esperanza del Buda, arribaba mansamente al corazón de aquella Universidad fundada por ese mismo colonialismo español que estafó y explotó tan arteramente a sus compatriotas de dos siglos atrás. Pero no llegaba el Shifu Zhihan con ansias de venganza, sino para derramar una lluvia de compasión sobre toda aquella Isla, donde tantos asiáticos enterraron sus sueños, pero también erigieron tradiciones y familias, que aún perduran. Salimos del Aula Magna, y de pronto los cimientos de mi alma trepidaron, conmovidos por la energía real-maravillosa de aquel instante.

Sí, aquel mediodía estremecedor, la brisa sobre la célebre escalinata habanera parecía traer consigo el hálito de los «Cuatro Reyes Celestiales». Hasta se diría que aquella vasta gradería, era recorrida por vigilantes leones/perros de Fu. Junto a la acogedora estatua de la Alma Mater, la imaginación despierta bien podría divisar a un rollizo y optimista Budai, riente, mientras una legión de mitológicas criaturas del folklor asiático descendía desde remotísimas montañas encantadas, para admirar cómo, en la misma asamblea caribeña, se reunían armónicamente los inmemoriales «Tres Augustos y Cinco Emperadores», inventores de la civilización china, con los respetados héroes fundacionales de la intelectualidad criolla, don Félix Varela, Felipe Poey, José de La Luz… Y entonces se escribió automáticamente, en mi corazón, el primer capítulo de la Historia del Budismo en Cuba.

Herencia. Cuadro y fotografía cortesía del pintor, Alexander Chang.

Esta Isla preciosa, que asemeja a un reptil flotante sobre el azul marino, se dio a conocer para el resto del orbe cuando, primero, llegó a sus blancas playas el genovés Cristóbal Colón, y tras él las armaduras, los perros, látigos y arcabuces del Imperio ibérico. Pero el budismo cubano nacería siglos después, cuando también arribaran, cruzando la mar como los ocho inmortales, nuestros chinos. Pero esta vez, con una ofrenda de laboriosidad y mansedumbre. Y con la fe budista.

Acudieron en masa, cautivados y traicionados. Y, apenas llegar ellos, el Dharma cubano empieza su infancia. Por ejemplo: el (casi seguramente) más antiguo cementerio chino en Latinoamérica, es uno ubicado en la zona del Mariel y edificado hacia los 1860s. Y esta oscura y austera necrópolis fue, quizás, la sede del primer «templo budista» en la Isla; pues los arqueólogos locales han detectado, en el sitio, «el piso donde pudo residir una capilla.»*

Sea que allí se efectuaran o no algunos ritos confucianos, taoístas o budistas, lo cierto es que las duras condiciones de servidumbre en esta suerte de Gulag imperial español en el Caribe, no aniquiló la tradición del budismo entre los expatriados. Hay múltiples indicios de esto. Como el hecho de que, cuando hacia 1880 un chino contemplara una aparición de Guanyin en la costa matancera, surgieran las devociones a la clemente bodhisattva entre los inmigrantes asiáticos, y en el área Cimarrones-Jovellanos se le rindiera a la excelsa un culto festivo. ** Y décadas después, aún se practicaba el ritual funerario budista, a cielo abierto, en el Cementerio Chino de La Habana (construido en 1893). ***

Cementerio Chino de La Habana. Fotografía cortesía del autor.

Es este un camposanto digno de sus constructores. Permanece impávido y apacible ante la muerte, libre de ese patético y lacrimoso barroquismo que anega a la arquitectura y estatuaria fúnebre hispánica. En él se entremezclan, hieráticas, la grulla y el dragón con la cruz y el ángel europeo. Es una necrópolis más que singular, la cual osó reclamar, en plena Cuba católica, los humanos derechos a enterrar al suicida y a la cremación de los restos. Y hoy constituye un Monumento Nacional de la República, y un recordatorio de la resiliencia e indestructibilidad de aquella vetustísima cultura que nutriera a tantas figuras indelebles del budismo mundial (el docto peregrino Fa Xian, el reformista e integrador Zhiyi, el mordaz poeta Han Shan…).

Y aún hoy, más de 170 años después del arribo a Cuba de esos culíes (quienes, por igual, combatirían en las guerras por la independencia de su tierra adoptiva, o engendrarían descendientes activísimos en el envío de fondos hacia la remota madre patria ancestral, invadida por el imperio nipón), hemos oído de chino-cubanos que perpetúan la tradición de sus ancestros, y son aún cultores de Buda y Guanyin.**** Aunque, sin lugar a dudas, entre los herederos de esa arcana ascendencia oriental, resalta una de las más promisorias figuras jóvenes de las artes plásticas en la Isla: Alexander Hernández Chang (1987).

Este nieto de criolla con inmigrante de Guandong, muy orgulloso de su linaje y esmerado en captar, de lo chino y lo cubano, qué es «lo esencial de ambos sistemas» en su síntesis caribeña, es el más perfeccionista y fértil creador de «Budas» en las artes visuales de la Cuba contemporánea.

Sobre esta tendencia suya, nos comenta gentilmente: «La figura de Buda y el budismo como práctica, despiertan en mí una motivación especial para discursar. Me interesa el estudio de su psicología, su carácter, sus lecciones y los códigos de los mudras como lenguaje visual. Interpreto y contextualizo mis Budas desde la herencia legada (…) para componer una obra que muestra la identidad, mediante la hibridación cultural». *****

Buda balsero. Cuadro y fotografía cortesía del pintor, Alexander H. Chang.

Nadie aventaja al presente en inspiración a esa vivaz promesa de la plástica en Cuba, a la hora de ilustrar el ya hibridado patrimonio asiático-budista de ésta. Habiendo reflexionado un buen rato sobre estos temas, volví en mí. Era tarde ya, y al día siguiente ocurriría una de las—por decirlo modestamente —primeras ceremonias de budismo chino bajo supervisión monástica y efectuada para cubanos, que recuerde la historia del país.

Toma de refugio con el Venerable Maestro Zhihan, Habana, 8 de enero 2020. Fotografía cortesía Li Chien Chuang.

Y no pude evitar sonreír para mis adentros, al percibir mi imaginación despierta cómo, en torno nuestro, los afligidos espectros de los culíes estafados y abusados en aquella ominosa colonia, ahora se iluminaban de gozo al contemplar a los hijos de aquella tierra extraña que les robó la ilusión y los alienó perpetuamente de sus hogares y familias originales, convirtiéndose a la espiritualidad budista.

La atmósfera matinal se tornó aún más límpida, fecunda en promesas. Cuba ha sufrido mucho, durante siglos, víctima de formidables avatares políticos. El alma del cubano actual se siente a menudo desgarrada por un estrés visceral, inherente casi, y que la traspasa como puñal de acero cuando aquélla se animaliza en las infinitas colas para comprar, tal vez, un paquetito de pollo; o al fenecer a diario, ante la indefectible ausencia de las más elementales medicinas. Y de pronto, irrumpía en ella el budismo…

Llegaban con éste la imperturbabilidad, la penetración, la sabiduría; la aceptación sosegada de la realidad, la paz interior en medio de las más perturbadoras turbulencias exteriores, la esperanza de una liberación definitiva del dolor… Todo lo que necesita una población bajo constante crisis económica, emocional y espiritual. No, no había una dádiva más perfecta para este atribulado pueblo (del cual formo una orgullosa parte) que la del Dharma.

Así que, culminando mi evocación, regresé adonde el Maestro, para seguir recorriendo juntos esa Habana de emociones y fábulas, en la cual África, Europa, toda Latinoamérica, y también Asia, se reúnen para solearse y sonreír juntas. Para edificar una ensoñación colectiva, una que rompa las cadenas de la raza y la religión, y nos haga despertar a todos iluminados por un arcoíris de fraternidad.

Nos marchamos, a fin de prepararnos, todos, para el gran día venidero.

En resumen, para proseguir en esta andanza maravillosa, novel, y prometedora, que es la de enseñarle a todo el digno y agobiado pueblo de Cuba, cómo calmar sus ya largos desánimos, mientras contempla, absorto, la serena y calmosa sonrisa, eterna, del Buda.

NOTAS:

* Cementerio chino de Mariel: de mito a realidad. En CubaSi, 8 abril 2014. https://cubasi.cu/es/cubasi-noticias-cuba-mundo-ultima-hora/item/27075-cementerio- chino-de-mariel-de-mito-a-realidad

** Mercedes Crespo Villate. Los chinos en La Habana. La Habana: Gente Nueva, 2016, p. 63.

*** Federación Casino Chung Wah, El cementerio chino en el Vedado. En Boletín Barrio Chino, La Habana: Chung Wah, 2018. http://barriochinocuba.com/federacion/cementerio.php p. 1-2.

**** Miriam Castro Caso. China en Cuba. Herederos del Celeste Imperio. La Habana: Ciencias Sociales, 2018, p. 12, 39, 107, 124, 144, 150, 168, 179, 194.

*****Alexander Hernández Chang. Fragmento de entrevista para Buddhistdoor en Español (21/10/2020).

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Douglas Calvo Gaínza (La Habana 1970). Escritor e investigador cubano. Máster latinista y con dos maestrías sobre Ciencias de las Religiones; es, además, Doctor en Teología por la Graduate Theological Foundation de EEUU. Estudia sobre budismo desde el año 2000.

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