La música en el budismo temprano

ÓSCAR CARRERa

Poco después del amanecer, frente a la cara principal de la estupa, un grupo de bailarinas muy maquilladas se preparaba para la función. La filigrana de sus coronas y los bordados de sus vestimentas contrastaban con la solidez acampanada del monumento. Aquella es, según tradición, la primera estupa de Tailandia y, por asociación, no pude evitar preguntarme cuán antigua sería esa costumbre de danzar en honor del Buda, ya fuera por cumplir unos votos o un contrato. Unos meses más tarde, en el trigésimo cuarto capítulo del Mahāvaṃsa, la Gran Crónica cingalesa compuesta en torno al siglo V, descubría la misma escena (algo amplificada) ante la Gran Estupa de Anuradhapura:

Con suma devoción, fijó una ceremonia auspiciosa anual para renovar el enyesado, y en honor del árbol bodhi, ritos para bañar dicho árbol. Además, veintiocho grandes festivales de Vesak, ochenta y cuatro mil ceremonias menores y diversas danzas, actuaciones y música de variopintos instrumentos en honor de la Gran Estupa. Tres veces diarias acudía a venerar al Buda, y estableció dos (ofrendas musicales) de «tambores-flor».

Indra inspira al Buda el símil del laúd (con una moderna guitarra); pintura en Wat Puthea, provincia de Kampong Cham, Camboya. (Fotografía: Danielle Guéret)

Es sabido que el budismo cultivó desde muy temprano las artes literarias, escultóricas, decorativas, arquitectónicas, o lo que hoy describiríamos con esos nombres. La música, en cambio, es la gran ausente. Basta pasearse por las fonotecas de la world music para comprobar que en todos los lugares del Asia budista, desde Sri Lanka hasta Japón, existen formas musicales que se presentan como budistas. Sin embargo, esta música ha sido entendida por los eruditos como una concesión a las emociones de las masas, cuando no una degeneración de unas formas de culto más dignificadas.

¿No estamos en una tradición cuyos monjes y monjas juran (séptimo precepto) abstenerse de «cantar, danzar, la música y los entretenimientos»? ¿No se expresan contra la música algunos de sus textos más antiguos conservados? El Ruṇṇa Sutta define la música como «lamentación», la danza como «locura». El célebre Sigālaka Sutta sugiere a los laicos evitar festivales donde hay «danzas… canto… música… recitados… palmadas… tambores…»

La teoría más extendida es que, en origen, el budista comprometido rehuía la excitación sensorial de esta clase de espectáculos, que estaban mal vistos por los sabios. Así lo hacen constar también los textos de los jainas, una orden ascética del mismo tiempo y lugar. Ya fuera en la corte de un rey o en la verbena de un pueblo, la música y la danza eran entendidas como artes mundanas, sensuales, embriagadoras, que, curiosamente, suelen aparecer a cargo de mujeres. La siguiente enumeración las sitúa en su contexto imaginario:

baile, canto, música, espectáculos, recitados, palmadas, címbalos, tambores, galerías, acrobacias; peleas de elefantes, de caballos, de búfalos, de toros, de cabras, de carneros, de gallos, de perdices; luchas con palos, con los puños, cuerpo a cuerpo; batallas simuladas, desfiles y despliegues militares.

En este párrafo encontramos, condensadas, todas las vanidades del mundo. Sería difícil una descripción más gráfica de todo aquello a lo que el buen budista, el hombre que busca la paz, ha decidido dar la espalda. Ni batallas de gallos, ni espectáculos de baile…

Resulta intrigante, entonces, que el Mahāparinibbāṇa Sutta, que recoge los funerales del Buda, mencione siete días de música y danzas en honor del fallecido. Ya en su lecho de muerte, nos cuenta, resonaban música y cantos desde el mismo cielo, y el moribundo Gotama afirmó que así ha de ser venerado. En otra ocasión, muchos años atrás, él, que en teoría prohibía a los demás oír canciones, evaluaba positivamente una canción dedicada al Buda, el Dhamma, el Sangha, los arahants ¡«y el amor sensual»! Lo cual, por cierto, constituye la primera «crítica musical» en los anales de la literatura india.

Buda junto a su bardo (gandhabba) predilecto, Pañcasikha. (Fuente: palisuttas.wordpress.com)

Pues, aparte de acompañar la embriaguez festiva y el cortejo humano, la música tiene otras muchas funciones, y esto parecían saberlo los primeros budistas. Incluso lo sabían los budas anteriores, aquellos que habrían vivido hace muchos eones cósmicos. La colección de los Apadānas nos revela que los budas del pasado también recibían homenajes musicales de hombres, dioses, animales y espíritus. El pájaro Cittapatta cantaba al buda Vipassī cuando se comía un mango que le había ofrendado. El crepitar de la pira funeraria del buda Sikhī fue acompañado de un hilo de música instrumental, al parecer encargado por una deidad arbórea. Los seres del mundo expresan, así, su alegría por la existencia de un buda. Lo animado y lo inanimado se echan a cantar a su paso. Cuando el buda Padumuttara entraba en una ciudad, laúdes y tambores se pusieron a tocar por sí mismos.

Podríamos denominar a esto «música devocional». Los episodios anteriores nos confirman que existe desde lo más cercano que conciben a un principio de los tiempos. Mientras exista algo que merezca ser cantado —parecen decirnos— existirán canciones. Cuando es ejecutada en un espíritu de devoción y respeto, la música no sólo no nubla la mente, sino que reporta méritos y futuras bendiciones. A fin de cuentas, muchos de los textos canónicos son poemas ensalzando al Buda, que en su día quizás fueron entonados.

Pero un budista serio no se conforma con no tener la mente nublada, sino que aspira a su total purificación. Una vez satisfecha su devoción, necesita algunas migajas de sabiduría. Medita y estudia la doctrina más depurada. ¿Podrá la música proporcionar algo más que una emoción placentera?

La pista está enterrada en algunos comentarios. El del Subhāsita sutta presenta una escena de una fuerza narrativa desgarradora: un monje, o un grupo de ellos, alcanza el nirvana tras escuchar una canción. Según este texto, sesenta monjes cingaleses dados a la meditación escucharon una canción de una esclava en un campo cercano, que versaba sobre el nacimiento, la vejez y la muerte. Los sesenta se iluminaron, en bloque. Siguen varias historias semejantes, e incluso se nos facilita la letra de una de estas deslumbrantes canciones: «Así como el loto rojo, que florece en la mañana, es tostado por la luz del sol / así los seres que alcanzan el estado humano son arrollados por la celeridad de la vejez». Casi siempre es una esclava, o una persona de baja condición social, la que canturrea estas conmovedoras composiciones sobre la edad y el sufrimiento: si los afroamericanos inventaron el blues, y el flamenco los gitanos, la «canción dhármica» parece ser patrimonio de los esclavos del antiguo Ceilán.

Danza de tipo kae bon en la estupa Phra Pathom Chedi, Nakhon Pathom, Tailandia. (Fotografía: Rubén Carrera)

El comentarista Buddhaghosa escribió una vez que el Dhamma no se debe plegar a una canción, pero que una canción sí puede adaptarse al Dhamma, y estas nos demuestran que con razonable éxito. He ahí, para el budismo temprano, el mayor potencial de la música. De cierta música, en realidad, pues no olvidemos que la mayoría de la música, entonces como hoy, no se preocupa por estas cuestiones filosóficas, sino más bien al contrario. Para los monjes que estén suficientemente capacitados, una canción puede resultar, literalmente, iluminadora. Sin embargo, sus preceptos contra los entretenimientos juegan en su contra, y los comentarios insisten en que incluso las «canciones virtuosas» o las «canciones de festivales sagrados» les están prohibidas. El hecho de que las prohíban sugiere que existían, esas canciones y esos festivales budistas animados por canciones. Y probablemente existían los monjes que asistían a ellos.

Hablamos de canciones con letra; hablamos, en definitiva, de versos y de estrofas. De ideas y conceptos. Algo muy lejano a la música puramente instrumental; lejano incluso a la moderna «música para meditación», que suele carecer de contenido discursivo. Según la tradición, el Buda formuló su filosofía del Camino Medio tras escuchar un laúd, pero lo decisivo fue la reflexión que le produjo, no la melodía en sí. ¿Existirá, entre las primeras técnicas de meditación budistas, alguna que opere con el puro sonido?

Indagando en la literatura meditativa del canon pali, encontramos al menos un caso donde el samādhi, la concentración meditativa, es compatible con la escucha de ciertos sonidos. El Makkhali Sutta nos presenta un samādhi de los «sonidos divinos», que al parecer es muy valorado entre ciertos meditadores. Suponemos que se trata de sonidos celestiales, y es sabido que los cielos budistas son bastante melodiosos: allí viven los bardos o gandhabbas, allí flores o árboles emiten armonías maravillosas. Aunque nunca se nos aclara en qué consisten exactamente esos sonidos celestiales (quizá sean simplemente indescriptibles), este samādhi sirve de prueba de que, contra lo que se suele pensar, en el budismo temprano la meditación no se reducía a la vista, la imaginación o el tacto del aire con las narinas. Estos sonidos sutiles están muy lejos del estruendo que rodeaba a la gran estupa de Anuradhapura en días señalados, pero de nuevo aquí tenemos que concluir que, pese a las apariencias, hay sitio para el oído.

Óscar Carrera es graduado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y máster en Estudios del Sur de Asia por la Universidad de Leiden, donde escribió una tesis sobre la música y la danza en la literatura pali. Conoce en profundidad las regiones budistas del sur y del sudeste asiático y ha publicado varios títulos sobre música y sobre religiones, que se pueden consultar en: http://leidenuniv.academia.edu/OscarCarrera

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